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viernes, 15 de julio de 2011

Imbert burló cacería de un enjambre de calieses


http://www.listindiario.com/la-republica/2011/5/30/190255/Imbert-Barrera-y-Amiama-Tio-seis-meses-en-narices-de-calieses

CRÓNICA 1 de 2
Imbert burló cacería de un enjambre de calieses
DESPÚES DE TRES NOCHES DE ANGUSTIA, IMBERT BARRERA ENCONTRÓ ESCONDITE




Hazaña. Antonio Imbert Barrera, Héroe Nacional y único sobreviviente del grupo de conjurados que ajustició al dictador Trujillo, burló el poder del espionaje de los remanentes del régimen en decadencia.
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Ningún otro lugar parecía peor para esconderse. Pero Francisco Rainieri, cónsul honorario de Italia y medio pariente de Antonio Imbert, tenía razones para creerlo de otro modo. Por eso no vaciló en llamar a los esposos Mario y Dirse Cavagliano, funcionarios de la embajada italiana, para que acogieran al hombre intensamente perseguido por los servicios de seguridad. Rainieri había llamado a los Cavagliano el día anterior, jueves 1? de junio, para preguntarles si podían dar refugio a dos de los tres hijos de Imbert -Oscar y Leslie- y a cuatro de Estrella Sadhalá.

La pareja italiana vivía desde hacía meses en una amplia vivienda de la calle Mahatma Ghandi esquina Juan Sánchez Rampírez, pocas casas más debajo de donde residía Estrella Sadhalá. Todo el sector se había convertido en un enjambre de calieses (agentes del SIM), que registraban numerosas casas de los alrededores.

Por funcionar allí una oficina de una misión europea, la residencia de los Cavagliano no había sido objeto de ninguna requisa. Pero eso hacía más arriesgado ocultarse en la misma. En cualquier momento podían llegar allí los siniestros agentes de la policía secreta. Mario y Dirse dijeron a Rainieri que seis niños planteaban un problema de seguridad difícil de solucionar. Rainieri asintió y llamó al día siguiente, 2 de junio, con una nueva propuesta. Quería saber si estaban dispuestos a recibir a Imbert solamente. La pareja italiana no conocía personalmente al miembro del grupo que había dado muerte a Trujillo, pero no vaciló en dar su consentimiento.

La residencia estaba dividida en dos sectores, independientes uno del otro. A un lado estaban las oficinas de la cancillería de la embajada. Del otro la residencia de la familia. En ella vivían solamente tres personas, el matrimonio y su hija Liliana, de 17 años. Gianni, de 19, el hijo mayor del matrimonio, estudiaba en Italia y no regresaría en mucho tiempo. Una lavandera que trabajaba para ellos desde hacía meses había logrado viajar a Puerto Rico. Mario era un veterano de la Segunda Guerra Mundial, perteneciente al ejército de montaña. Nacido en 1913 era un ferviente antifacista que se alistó, como muchos italianos de su época, por obligación. Después de la guerra, buscando un lugar tranquilo para reiniciar su vida, llegó a la República Dominicana con su esposa Dirse, nacida irónicamente el 30 de mayo de 1919.

Poco después del anochecer del viernes 2 de junio, fiesta nacional de Italia, el automóvil placa diplomática de Rainieri entró furtivamente a la marquesina de la residencia de los Cavagliano y penetró hasta el fondo. La puerta trasera de la derecha se abrió rápidamente y un hombre se lanzó al suelo, al tiempo que el automóvil daba marcha atrás a gran velocidad. Mario y Dirse ayudaron a levantar a Imbert, quien llevaba gafas oscuras y un enorme sombrero, y penetraron a la residencia a través de una puerta que comunicaba directamente con la habitación de su hija Liliana.

Después de tres noches de angustia, Imbert había por fin encontrado un escondite aparentemente seguro. Permanecería en él hasta el 3 de diciembre, curiosamente la fecha de su cumpleaños, exactamente durante seis meses.

Amiama
Más o menos a un kilómetro al oeste, Luis Amiama Tió cruzaba esa noche una puerta en la pared de la casa de Andrés Freites, donde se había refugiado la madrugada del 31 de mayo, para esconderse de nuevo, esta vez en la residencia contigua de la familia Álvarez Pereyra-Gautier. El doctor Tabaré Álvarez, y su esposa Josefina, acudieron a recibirle personalmente. Bajo el intenso calor de aquella noche estrellada, Josefina creyó estar viviendo “el más emocionante y peligroso momento” de sus 32 años.

Freites había pedido a sus vecinos ese mediodía que ocultaran a su amigo por unos días, en vista de la posibilidad de que su casa fuera objeto de una requisa, dado sus fuertes y conocidos vínculos con Imbert. La tarde anterior la residencia cercana de Antonio Najri, un empresario, fue registrada por los agentes de la seguridad mientras las sospechas oficiales parecían extenderse al general Román Fernández, secretario de las Fuerzas Armadas, y a su hermano Bibin. La idea era mantener allí a Amiama mientras se le encontraba un nuevo y más seguro refugio. Amiama permanecería en ese lugar hasta el 2 de diciembre.

Los esposos Álvarez esperaron que sus cuatro hijas pequeñasóMaría José, Alejandra, Teresa y Virginia, de 9, 8, 6 y 5 años, respectivamenteóy los dos de Freites, así como el personal de servicio de ambas residencias estuvieran acostados, para proceder al traslado de Amiama. Entonces apagaron todas las luces de ambos inmuebles y entraron con el prófugo por el patio. A sus oídos llegaba, como un lejano rumor, el sonido peculiar y temido de los pequeños automóviles del SIM recorriendo a escasa velocidad los alrededores.

Tabaré entró él primero para abrir la portezuela de la terraza media descubierta que daba acceso a las escaleras interiores que llevaban a la habitación matrimonial, en cuyo vestidor fue acomodado Amiama.

Freites y su esposa Antonia entraron luego y Josefina los escoltó tomada del brazo de Amiama, para que no tropezaran en vista de la oscuridad. Freites y su esposa regresaron a su residencia sin más pérdida de tiempo por el mismo lugar.

A pesar de la similitud en cuanto al tiempo en que permanecerían escondidos, no hubo muchas otras coincidencias en los prolongados refugios de los dos conjurados. Amiama estuvo la mayor parte del tiempo escondido detrás de una falsa pared dentro de un closet y únicamente solía salir de él en las noches, cuando los esposos Álvarez le llevaban la comida y los periódicos del día, El matrimonio tuvo la precaución de no despedir al servicio para mantener un aspecto de normalidad.

Josefina había cuidado siempre ella misma de su habitación. Por esto, no despertaron sospechas las nuevas restricciones puestas a Fanny, el único personal de servicio y quien había estado con la familia durante años, con respecto a esa área de la casa.

En julio, Amiama enfermó ligeramente y a petición suya, el doctor Álvarez hizo venir a otro médico de confianza para examinarle. Álvarez era especialista en los ojos y la garganta y no podía atender las dolencias de su protegido.

Nada sabía sobre su paciente el doctor Luis Fernando Fernández Martínez, cardiólogo y especialista en medicina interna de 40 años, compadre de Amiama, cuando llegó por primera vez a la residencia de su colega, con su pequeño maletín de médico, después de una tensa jornada en su consultorio. Fernández creyó que iba a examinar a Tabaré, quien le había dicho que no se sentía bien de salud. Además de ser atendido, Amiama quería hacerle llegar a su esposa Nassima, detenida por el SIM, noticias de que él se encontraba a salvo en casa de unos amigos, sin identificarlos. El encargo fue cumplido por el médico a la primera oportunidad que se le presentó de visitar a los detenidos.

Fernández se sorprendió cuando vio a Luis, su paciente, en la habitación de los esposos Álvarez-Gautier. Presentaba escalofríos a causa de la fiebre. No era, sin embargo, un caso complicado.

Tras examinarlo comprobó que se trataba de una afección viral, con signos de ronquera, por lo que le administró analgésicos descartando los antibióticos y los exámenes de laboratorio, por los riesgos que conllevarían.

A pesar del peligro y su ansiedad creciente, el médico volvió en otras dos ocasiones durante la semana siguiente para examinar al paciente y sus cuidados lo curaron en pocos días, antes de que viajara con toda su familia a California. Amiama volvió a enfermarse en octubre y, nuevamente, Álvarez tomó la decisión de buscar otro médico. Lo encontró al día siguiente, durante un cóctel almuerzo al que asistía en su condición de Secretario de Estado de Salud Pública, cargo en el que había sido designado en junio teniendo ya escondido a Amiama. Álvarez hizo un aparte con el doctor Nicolás Pichardo, cardiólogo de 47 años, y hombre de su plena confianza. Álvarez era primo hermano de Dulce María, esposa de Pichardo, y ambos habían sido compañeros de estudios.

Apelando a esa vieja amistad, Álvarez hizo entonces a Pichardo la extraña solicitud de que le acompañara un momento a su casa. En el trayecto le contó que tenía escondido a Amiama desde junio y que éste requería de la urgente atención de un médico internista. Pichardo aceptó verle de inmediato y se detuvieron un momento en su casa al final de la avenida Bolívar, para recoger su maletín médico y unas cuantas medicinas.

Era aproximadamente la una y media de la tarde cuando Pichardo atendió por primera vez a Amiama en su escondite.

Lo siguió tratando durante la semana siguiente, aunque no diariamente y a distintas horas para evitar llamar la atención de los servicios de seguridad que ya incluso habían realizado un registro en la residencia de los Álvarez-Gautier.

Cuando los calieses llegaron una mañana para el registro, Josefina hizo acopio de una tremenda sangre fría. Rápidamente se colocó un gorro de baño, abrió el grifo de la ducha y dejó la puerta de la habitación entre abierta, simulando no haberse dado cuenta de la presencia de los agentes.

Cuando éstos se aproximaron a la habitación, se asomó a la puerta que comunicaba el baño privado con la alcoba, en uno de cuyos closets estaba escondido Amiama, y preguntó en voz alta a qué se debía el ruido.

Cuando Fanny, la niñera, le respondió, le ordenó en tono despreocupado que los hiciera pasar al área. Los agentes del SIM apenas registraron la habitación para llenar un formulismo, y se despidieron agradeciendo a la “señora del Secretario” sus atenciones.

Como ocurriera en julio, en octubre Amiamia estaba muy pálido, lo cual el médico atribuyó principalmente a su prolongado escondite, y delgado, a pesar de la falta de ejercicio. El quebranto consistía en un estado gripal, con fiebre alta que le producían convulsiones. A los pocos días de la primera visita de Pichardo, Amiama mejoró notablemente, pero el médico continuó viéndole por los días siguientes.

Antes, el paciente se había quejado de fuertes dolores en las piernas, debido al entumecimiento por las largas e inmóviles horas dentro de un closet de ropa de mujer. En una oportunidad, en un arrebato de desesperación, Amiama había arrancado de un tirón las lengüetas de sus zapatos para aliviarse la insoportable presión en los pies.

Aún cuando la casa había sido registrada, la familia Álvarez-Gautier no descartaba la posibilidad de una nueva requisa, esta vez más minuciosa. Todos los que habían dado refugio a los implicados en el atentado del 30 de mayo, sin respetar edad, sexo ni condición, habían sido arrestados y sometidos a torturas. La familia Álvarez estaba convencida de que Amiama no se dejaría agarrar con vida. Josefina volvió a la casa de su vecino Freites, quien ya se encontraba en el exterior, para buscar las dos pistolas que Amiama había dejado guardadas allí.

Con el pretexto de recoger la ropa de los hijos del matrimonio Freites, entró a la casa por la puerta principal, utilizando una llave. Josefina vio antes a los agentes del SIM recorriendo, como de costumbre los alrededores. Entonces se vistió con una bata tipo kimono ancha, que podía recoger alrededor del talle con un cinturón.

Controlando la enorme tensión que la envolvía, se colocó las dos pistolas debajo de la bata y las aseguró con el cinto. Se vio al espejo y notó que no hacían ningún bulto sospechoso. Se persignó y con determinación tomó la bolsa en la que colocó la ropa de los hijos de Freites y se la entregó en la marquesina al chofer de éste, que aguardaba pacientemente.

Cumplida tan difícil misión salió despacio, con toda naturalidad, y cruzó hacia su casa atravesando la entrada delantera, mientras los ocupantes de un auto del SIM vigilaban desde lejos la escena. Ya en su casa, Josefina entregó las dos armas a Amiama.

lunes, 31 de mayo de 2010

LA MUERTE DE TRUJILLO


http://portal.reddominicana.com/foros/la-muerte-de-trujillo

La Muerte de Trujillo.

By HSG - Posted on 31 May 2007

LA MUERTE DE TRUJILLO

Zacarías de la Cruz, el chófer militar de Trujillo la noche del 30 de mayo, narró su versión de lo acontecido ese día al Procurador Fiscal y a un Juez de Instrucción. Ese documento nunca antes había sido publicado y El Caribe lo ha obtenido en exclusiva.
Su declaración fue dada casi al morir Trujillo, el 21 de julio de 1961, es decir hace exactamente 40 años al día de hoy, cuando todavía su hijo Ramfis controlaba el país y no se había iniciado el proceso de apertura del régimen, por lo que se podría pensar que su versión de los hechos reflejó la necesidad de mostrar una actitud valiente por parte del dictador en el momento de su muerte. Sin embargo, lo dicho por Zacarías coincide en muchos aspectos, mas no en todos, con las versiones dadas por algunos de los ajusticiadores que sobrevivieron al hecho.

Los aspectos más importantes de su declaración son:
1. El primer disparo contra Trujillo, que fue de escopeta, fue hecho cuando el carro que conducía Antonio Imbert y en el cual se encontraban Antonio de la Maza, Salvador Estrella Sadhalá y el Teniente Amado García Guerrero, todavía estaba detrás del de Trujillo y no, como según las versiones de tres de los participantes (Antonio Imbert, Huáscar Tejeda y Salvador Estrella Sadhalá), cuando éste estuvo al lado del de Trujillo. Ese primer disparo hirió al dictador. Por otras versiones se sabe que quien lo hizo fue Antonio de la Maza, quien estaba en el asiento delantero derecho del vehículo.
2. Zacarías le sugirió a Trujillo que se fueran del lugar, pero el dictador insistió en que se parasen a pelear. Salvador Estrella Sadhalá, ya preso, dijo que Trujillo ordenó: "Párate a pelear".
3. Desde el vehículo con los cuatro héroes y mientras rebasaban el carro del dictador, se efectuaron disparos con un fusil M-1. Algunos pudieron haber impactado en Trujillo. Por otra versión se sabe que quien le disparó fue Amado García Guerrero, que estaba en el asiento trasero derecho.
4. Al ordenar Trujillo que se detuvieran, el vehículo conducido por Imbert les rebasó y éste luego tuvo que frenar y volverse. Entonces el vehículo de los héroes dobló y bloqueó el lado derecho de la autopista. Zacarías trató de volver su auto hacia Ciudad Trujillo, pero no lo hizo pues Trujillo, mal herido, optó por desmontarse del carro y pelear en la intemperie, sin la protección del interior del vehículo. Eso cuadra con la declaración que en la cárcel dio Huáscar Tejeda.
5. La única arma que utilizó Trujillo fue un pequeño revólver 38 de bolsillo.
6. Zacarías le advirtió a Trujillo que él también había sido herido. Como su carro ya se había detenido, pudo disparar con un rifle M-1. El dictador, ya fuera del carro, también disparó con su revolver, avanzando 3 ó 4 metros desde el frente de su automóvil, moviéndose al descubierto hacia los vehículos que le atacaban. De pronto cayó de bruces, inerte, presumiblemente ya muerto.
7. Zacarías, ya solo, siguió disparando con su M-1 y luego con una ametralladora Luger. Vio cuando uno de los héroes avanzó hacia el cuerpo de Trujillo, lo que aprovechó para tirarle y herirle. De los integrantes del automóvil de los cuatro héroes, tres recibieron heridas leves: Amado García Guerrero, Salvador Estrella Sadhalá y Antonio Imbert.
8. Al acabársele los tiros a Zacarías, salió del carro para buscar una ametralladora que estaba en el asiento de atrás del mismo y entonces fue alcanzado por un tiro en la cabeza y se desmayó. En total recibió 9 impactos. De creerse su versión, los héroes no lo vieron ni lo remataron cuando se acercaron al vehículo. Eso es improbable, luce más bien que Zacarías se ocultó en la finca que en ese entonces bordeaba la autopista.
9. Zacarías no cita la llegada del segundo vehículo, manejado por Huáscar Tejeda y donde estaban Pedro Livio Cedeño y Fifí Pastoriza. Debió haberse desmayado antes, por lo que la grave herida que sufrió Pedro Livio entonces fue hecha por uno de sus compañeros. Luis Salvador Estrella, en su libro, probablemente en base a lo narrado por Salvador Estrella la misma noche del 30 de mayo antes de esconderse, coincide en que el segundo vehículo llegó después de muerto Trujillo y que fue Salvador quien, por error, hirió a Pedro Livio, quien en efecto obtuvo heridas de una pistola 38. El único que usó ese arma esa noche fue Salvador.
Esta versión de los hechos difiere en detalles importantes de lo declarado por Antonio Imbert a la prensa y también de lo dicho por Huáscar Tejeda, Pedro Livio Cedeño, Roberto Pastoriza y Salvador Estrella Sadhalá bajo interrogatorio cuando fueron detenidos y de lo que luego contaron a sus amigos en la cárcel, antes de ser asesinados en noviembre de 1961.
Bernardo Vega

La segunda versión del chofer

En un libro publicado en España en 1965 por el ecuatoriano Gerardo Gallegos, aparece una segunda declaración jurada de Zacarías, efectuada en Madrid en 1964.
Allí exagera un poco su declaración de 1961. Pone a Trujillo a decir: "Zacarías, párate que estoy herido". Y luego: "Para Zacarías, coge la ametralladora, vamos a pelear, que estoy herido". Allí se cita la llegada del segundo vehículo y agrega que fue Trujillo quien, con su revólver, hirió a Pedro Livio Cedeño, que había llegado en ese segundo vehículo y que el dictador disparó los seis proyectiles de su revólver y que murió cuando ya no contaba con balas. Esta segunda versión, reproducida en la prensa dominicana en 1999, es la que ha sido citada por algunos dominicanos que se han especializado en el tema y que tienden a defender el trujillismo.

La suerte de Zacarías

El chofer de Trujillo fue condecorado por el Presidente Balaguer en junio de 1961. Al caer los remanentes de la dictadura, Zacarías junto a Ramfis Trujillo y otros, se fue a vivir a España, regresando al país en 1966, al asumir el gobierno Joaquín Balaguer, siendo entonces nombrado en un alto cargo en el Consejo Estatal del Azúcar (CEA), en el departamento encargado de reclutar haitianos para el corte de la caña.
Nunca más hizo declaraciones a la prensa. Murió el 3 de junio de 1999 a los 93 años de edad. El presidente Leonel Fernández ordenó que fuese sepultado con honores militares. Última Hora editorializó: "Con la muerte de Zacarías de la Cruz se esfuma la posibilidad de conocer, de primera mano y a través de un testigo de excepción, más detalles reveladores sobre el ajusticiamiento de Rafael Trujillo en 1961 y otros aspectos sobre la vida privada del dictador que dominó toda una época de la vida contemporánea. Por una suerte de invariable convicción que algunos nunca entendieron cabalmente pero que todos debieron respetar por su firmeza de carácter, Zacarías fue siempre una tumba en la que nadie pudo penetrar para que hablara sobre lo que conocía como chofer preferido de Trujillo".

Antonio que Trujillo no podía estar herido cuando se inició la balacera. Antonio Imbert es el único otro testigo de los hechos que pudo hacer una declaración formal sin cohersión sobre lo que ocurrió. En su más amplia declaración a la prensa sobre el asunto, en 1964, explicó que el primer tiro, el de Antonio de la Maza, lo trató de dar cuando los dos vehículos estaban paralelos y que apuntó a Zacarías, pero la escopeta le falló. También erró el segundo, porque coincidió con el frenazo que dio Zacarías. A unos 500 metros Antonio Imbert dio la vuelta en redondo y el vehículo se detuvo en el carril derecho de la pista, como a 15 metros del de Trujillo, el cual estaba estacionado a la derecha y del cual tiraban con una ametralladora. Los cuatro héroes salieron del vehículo y tuvo lugar un intercambio de disparos que duró unos cuatro minutos. Considera que Trujillo no pudo haber estado herido al iniciarse la balacera, pues los dos escopetazos de De la Maza habían fallado. No cree que Trujillo disparó con un revólver, tal vez con una ametralladora.
Imbert y De la Maza entonces avanzaron hacia el carro de Trujillo, recibiendo Imbert una ligera herida en el pecho. De la Maza fue por detrás del carro de Trujillo, quien se encontraba parado fuera del mismo. Imbert oyó un disparo de la escopeta de De la Maza, el cual a quemarropa le dio en el hombro a Trujillo quien se quejó por el dolor. Este caminó y se puso frente a las luces de su propio carro, y, en ese momento Imbert le disparó. Trujillo cayó sentado y luego boca arriba, muerto, con la cabeza hacia Haina.
Fue tan sólo en ese momento que llegó el segundo carro, manejado por Huáscar Tejeda y con Fifí Pastoriza y Pedro Livio Cedeño. Este último en ese momento fue herido por un disparo en el vientre, proveniente ya sea de Zacarías, Amado García Guerrero o Salvador Estrella Sadhalá. Imbert fue al carro de Trujillo y tomó un revólver 38 que encontró en el asiento de atrás, y que todavía estaba con su cinturón, por lo que no cree que Trujillo lo usara.

La declaración del chofer de Trujillo
Juzgado de Instrucción de la Primera Circunscripción del Distrito Nacional (21/7/1961)

P. ¿Qué podría usted informarnos en relación al atentado criminal perpetrado la noche del 30 de mayo del año en curso, contra la ilustre persona del Generalísimo doctor Rafael L. Trujillo Molina, y con el cual usted fue herido?
R. Yo era encargado de los vehículos privados del Jefe y era la persona que el Jefe utilizaba como chofer para sus viajes personales tanto en la ciudad como en el interior. Alrededor de las 8 p.m., del día 30 de mayo del año en curso, cuando él se preparaba a dar su acostumbrado paseo por la avenida George Washington, me dijo que me preparara para ir a la Hacienda Fundación.
Yo le pregunté entonces: "Jefe, ¿sigo detrás o lo espero aquí?". Él me contestó entonces: "Espere aquí". Luego, como a eso de la 9:40 p.m., el Jefe regresó del paseo, subió a su casa de la Estancia Radhamés, donde yo lo esperaba y más tarde volvió a bajar, a las 9:45 p.m. Momentos antes, el Teniente Pedro de la M.G.D., y quien servía como camarero del Jefe había preparado el maletín que acostumbraba a llevar el Jefe y que, según me expresó éste, dicho maletín contenía una gran cantidad de dinero por lo pesado que estaba. Partimos de la Estancia Radhamés a la residencia de doña Angelita Trujillo, ubicada en la avenida Máximo Gómez, donde el Jefe permaneció como diez minutos. El Jefe salió de la casa y se montó en la parte trasera del carro marca Chevrolet, modelo 1957, color azul, BelAir. De ahí, conduje el carro por la derecha en la George Washington, avanzando hacia la autopista, marchando a una velocidad estable de 90 kilómetros por hora.
Momentos antes de llegar al Bar Restaurante El Pony, rebasamos un automóvil Mercedes Benz. Proseguimos marcha por la autopista en dirección a San Cristóbal, y aproximadamente después de haber avanzado un kilómetro después del último poste del alumbrado eléctrico, repentinamente sentí un disparo desde un carro que iba detrás con las luces apagadas. Al mismo tiempo que sentí el disparo, que supongo fue de escopeta por la enorme detonación, pude darme cuenta de que el mismo vehículo que creo que nos perseguía, encendió las luces y volvió y las encendió. Segundos después, el Jefe me expresó: "Estoy herido, coge la ametralladora y párate a pelear". Entonces, yo le contesté: "Jefe, son muchos, vamos a ver si nos vamos, quiero salvarlo". Él volvió a repetirme: "Coge la ametralladora y vamos a pelear, que estoy herido". Mientras tanto, el carro que nos perseguía nos había rebasado por la derecha, tirándose un poco al paseo y desde el carro que lo rebasaba se hicieron disparos, que por su rapidez, presumo eran de fusiles ametralladoras; todas esas balas se pegaron en el carro y entiendo que algunas de ellas le dieron al Jefe. El carro que nos rebasó se tiró aun más a la derecha en el paseo, a consecuencia de yo haberle tirado encima el carro que conducía con el propósito de hacerlo salirse de la autopista. Pero al ser un carro tan veloz, de más potencia que el mío, pudo rebasarme y se cruzó hacia la izquierda, atravesándonos y debiendo yo frenar para no chocar con el carro que se me cruzó.
En esos momentos en que frenaba, traté de virar el carro nuestro hacia Ciudad Trujillo, desviándome hacia la izquierda y quedando nuestro vehículo ubicado con el frente izquierdo ligeramente introducido en la grama central de la autopista. Al detenerme y volver la cara hacia detrás para mirar al Jefe, había abierto la puerta y se apresuraba a desmontarse, teniendo ya un pie en tierra. Lo vi bajar deslizando su cuerpo hacia el estribo, dándome la impresión de que estaba mal herido. Mientras bajaba hacia el estribo, pude ver que con sus manos buscaba en los bolsillos traseros un revólver pequeño calibre 38 corto, que acostumbraba portar y que fue la única arma que utilizó. Mientras tanto, desde el automóvil enemigo que nos había rebasado y el cual se había ubicado en la pista contraria a la nuestra, es decir, dirección oeste-este, se había detenido a unos 13 metros de distancia del nuestro, con el frente delantero derecho saliendo de la autopista y penetrando en el paseo derecho de ellos. Los ocupantes de este automóvil ya se habían desmontado y nos disparaban con nutrido fuego hacia nosotros.
En esos momentos, le dije al Jefe: "A mí me hirieron también". El fuego que se nos hacían era cada vez más intenso. El Jefe se desmontó del vehículo y avanzó hacia la parte delantera derecha, y pude ver que disparaba con su revólver hacia los enemigos, con su pequeño revólver. Mientras tanto, yo tomé un fusil automático M1 (semi) y comencé a disparar sobre ellos. Cuando yo comencé a disparar, fue cuando vi al Jefe que avanzaba tres o cuatro metros delante del bómper del carro y cayó de bruces con el frente hacia el pavimento, dando media vuelta al caer, cayendo inerte. Presumo que el Jefe cayó muerto ya que no lo vi moverse más durante el tiempo que duró el combate que yo sostuve con los asaltantes. Descargué el fusil M-1 semi-automático con el cual disparaba y tomé una ametralladora Luger corta, disparando hacia el enemigo de manera intermitente, ya que debía racionar mis cápsulas para el combate que yo entendí se prolongaría. Vi cuando uno de los asaltantes avanzó hacia el cuerpo inerte del Jefe y al llegarle cerca le disparé algunas cápsulas que lo hirieron, dejando caer el asaltante su pistola o dando gritos de que se sentía herido.
Luego, después me salió otro asaltante delante del carro disparando hacia mí; yo entonces le contesté con disparos, habiéndome dado cuenta que había caído y su pistola había caído en el pavimento, pero prontamente se levantó y volvió hacia su carro. Luego, cuando se acabaron los tiros de la ametralladora que yo portaba adelante, abrí la puerta del lado derecho del carro y me desmonté para coger la ametralladora del Jefe que estaba detrás del carro. Logré alcanzarla, y cuando me disponía a sobarla para disparar, fui alcanzado una vez más en la cabeza, por un disparo que me derribó, dejándome sin sentido. Es lo último que recuerdo en relación al asalto y al combate, en el cual recibí heridas en las dos piernas, en el muslo izquierdo y dos heridas en el vientre, dos heridas en el hombro derecho, una herida en el tobillo derecho y una herida en la cabeza que me fracturó o astilló la parte superior del frontal. Cuando recobré el conocimiento, un tiempo después que no puedo precisar, encontré la ametralladora Thompson a unos pasos de mí, así como algunas distancias de la ametralladora, en el lugar donde vi caer al Jefe, el kepis que éste usaba esa noche.
Recogí ambas cosas y me senté en una verja situada a la derecha de donde me encontraba y esperé unos cinco minutos para ver si me traía a Ciudad Trujillo, ya que el vehículo en que nosotros andábamos no estaba en el lugar del hecho y los asaltantes tampoco se encontraban ya en ese lugar, suponiendo yo que se habían llevado el cuerpo del Jefe. Momentos después, aparecieron algunos campesinos, quienes fueron los que me condujeron hacia la antigua carretera Sánchez, donde fui trasladado al Hospital Marión donde quedé internado, habiendo sido dado de alta el día 17 de junio de este año.
P. ¿Tiene usted algo más que declarar?
R. No señor.
Con lo cual dimos por terminado el presente interrogatorio que después de leído al declarante y expresar su conformidad, lo firma junto con nosotros y el secretario que certifica.

· Zacarías de la Cruz
Mayor, A.M. Declarante
· Dr. Wilfredo Mejía Alvarado
Juez de Instrucción
· Ricardo Fco. Gaspar Thevenin
Secretario
· Dr. Teodoro Tejeda Díaz
Procurador