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jueves, 14 de junio de 2012

a) Conversación en la capilla:


Me acuerdo que en mi pueblo una vez hubo dignidad (1)

a) Conversación en la capilla:

A raíz de llegar los héroes de Constanza, Maimón y Estero Hondo el 14 de junio de 1959, una parte de la juventud universitaria se llenó de entusiasmo, ante el ejemplo dado por esos dominicanos que habían ofrendado sus vidas por la patria. Acuciados por esta inquietud, y aprovechando las vacaciones de verano, Rafael Taveras (Fafa), Antonio Ezequiel González y Francisco Aníbal González (Pachico) 1 se reunieron el domingo, 5 de julio del año 1959, en la casa de Antonio Ezequiel, en la comunidad de Conuco, en Salcedo.

Tres años antes, las palabras de una educadora habían encendido la chispa del patriotismo en Pachico González, quien entonces era un joven de 16 años, estudiante del segundo año del bachillerato. Recuerda que la profesora María Teresa Brito cultivaba una gran amistad con Minerva Mirabal. Y un domingo, estando la maestra de visita en la casa de Patria Mirabal, colindante con la de Pachico, éste se acercó y la señorita Brito les dijo a él y a Minerva: -Miren, jóvenes, en ustedes descansa el porvenir de la patria.

En aquel domingo de julio, ahora en el hogar de Antonio Ezequiel, la frase de la señorita Brito se había convertido en fuego sagrado. Así, durante varias horas los jóvenes discutieron sobre la forma de aportar algún esfuerzo a la lucha para liberar al pueblo de la dictadura trujillista.

Ya a las cinco de la tarde, arribaron a dos conclusiones: primero, que para integrarse a esa causa, debían acercarse a los seminaristas, con la intención de conocer la actitud que ellos tenían en ese sentido; y segundo, que para poder llevar a cabo el movimiento y que no fueran detectados en lo inmediato, tenían que realizar una manifestación política a favor de Trujillo.

Esta última decisión fue adversada por Pachico González; pero al final, Fafa Taveras lo convenció de que esa estrategia era correcta, porque si no, cualquier actividad causaría suspicacia en las autoridades y en los agentes del SIM. Animados por tal iniciativa, los jóvenes salieron de la casa de Antonio Ezequiel y se dirigieron a la capilla de San José de Conuco, ya que intuyeron que los seminaristas podrían encontrarse ahí.

En efecto, los religiosos acababan de llegar. Entre éstos, se hallaban Juan González, Tobías Cruz, Vinicio Disla y Ramón de Jesús Pons Bloise (Monchú). Cuando el grupo les habló acerca de sus intenciones, uno de los seminaristas dijo que ellos terminaban de bajar de las lomas de Constanza, y que venían aterrorizados porque aquello era tierra arrasada. Sin muchos rodeos, concluyeron que estaban dispuestos a unirse a los estudiantes universitarios. Enseguida, se decidió que al día siguiente se reunirían en la iglesia de Tenares, donde había un sacerdote que los seminaristas conocían como antitrujillista y que tenía un liderazgo dentro de la juventud deportista cristiana. Se trataba del padre Ercilio de Jesús Moya.

Encerrados en un aposento de la casa curial, los estudiantes y los seminaristas sostuvieron un encuentro no sólo con De Jesús Moya, sino también con el padre Daniel Cruz, quien se encontraba de visita en la parroquia con el propósito de impartir un retiro. Luego de discutir algunos aspectos, el padre Cruz les dijo que él contaba con varias personas de Moca y de Santiago, las cuales podría ponerlas en contacto con el grupo. Asimismo, los estudiantes les comunicaron la decisión de efectuar una manifestación de apoyo a Trujillo, propuesta que fue acogida por los sacerdotes.

Al día siguiente, el grupo visitó al señor Basilio Camilo, quien era el gobernador de la provincia de Salcedo. De entrada, los jóvenes le dijeron que ellos estaban interesados en cultivarse durante las vacaciones, intercambiando ideas y dando conferencias, preferiblemente en la escuela pública Dr. Rafael Trujillo Molina. También, le expresaron que para desarrollar tales propósitos, aunarían sus esfuerzos con los seminaristas. Al final, le indicaron que otro de sus objetivos era realizar una manifestación política a favor del Generalísimo Rafael Leonidas Trujillo Molina, Benefactor y Padre de la Patria Nueva.

Por supuesto, el gobernador aceptó. De una vez, llamó al presidente del Partido Dominicano, para que avalara el proyecto de los universitarios. Ese mismo día, las autoridades se comprometieron a darles fondos para los gastos de publicidad en los periódicos. Sin tardanza, formaron el comité que habría de presidir a la Acción Clero Cultural. Estuvo integrado por Vicente González Garrido, como presidente, porque, según acota Pachico González, era el más intelectual de los universitarios salcedenses; asimismo, por Sofía Rojas, como vicepresidenta; y completaron la directiva, Fafa Taveras, Antonio Ezequiel González y Francisco Aníbal González.

1 Entrevistado el 8 de junio de 2006.

Continuara...

sábado, 5 de septiembre de 2009

-¿Cómo surge en Salcedo el Movimiento 14 de Junio? Parte II

Cuaderno de apuntes
Dedicada a la cultura dominicana

En los días que siguieron al 14 de junio del año 1959, me encontraba encerrado en un cuarto de mi casa materna, en Salcedo. Estaba aquejado de gripe, y mi madre, con un celo extremo, no permitía siquiera que se abriera una ventana, porque, según su intuición médica, cualquier ráfaga de aire podría entrar y provocarme una bronquitis o una neumonía. Cubierto con una frazada, titiritaba por el escalofrío que presagiaba una fiebre intensa. Entonces, mamá venía y me daba aspirinas Bayer y fricciones de berrón.

Pedro Camilo
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En los días que siguieron al 14 de junio del año 1959, me encontraba encerrado en un cuarto de mi casa materna, en Salcedo. Estaba aquejado de gripe, y mi madre, con un celo extremo, no permitía siquiera que se abriera una ventana, porque, según su intuición médica, cualquier ráfaga de aire podría entrar y provocarme una bronquitis o una neumonía. Cubierto con una frazada, titiritaba por el escalofrío que presagiaba una fiebre intensa. Entonces, mamá venía y me daba aspirinas Bayer y fricciones de berrón.



Luego, cuando llegó la mejoría, salí al patio y noté que el cielo era más azul, el aire más transparente, y las cayenas tenían un rojo más intenso. Sin embargo, no todo era hermoso; pronto, advertí que en la casa había un ambiente pesado, un ambiente de secretitos entre mamá y mi abuela materna. Mientras tanto, papá callaba. Lo que era un signo presagioso. Más tarde supe, por una muchacha que hacía los mandados, que la extraña situación se debió a que habían matado a un soldado nativo de Salcedo, de apellido Regalado, mientras éste combatía contra unos “barbudos” –así mismo dijo la joven- que habían desembarcado en Constanza.



Cuando regresé a la Escuela Pública Urbana “Dr. Rafael Trujillo Molina”, uno de mis compañeros me explicó mejor la realidad: varios hombres habían llegado, unos por Constanza, en La Vega; otros por Maimón y Estero Hondo, en Puerto Plata, para luchar y tratar de derrocar al régimen trujillista. El soldado Regalado, del Ejercito Nacional, había sucumbido en uno de los enfrentamientos. Pero también, muchos guerrilleros habían perdido sus vidas. Desde ese momento, sentí un doble sentimiento: por una parte, un profundo respeto por el soldado que había caído cumpliendo con su deber; por la otra, una gran admiración por esos hombres, que yo no conocía, pero que habían arriesgado sus vidas para liberar a la patria de la tiranía.



Siete meses después, mientras preparaba el octavo curso de la primaria, viví otra experiencia que dejó en mí una impronta. Cada mañana, durante varios días, cuando llegaba al aula, uno de mis compañeros me secreteaba una mala noticia; por ejemplo, decía:

-Anoche se llevaron a doña Fe Ortega y al doctor Fafico Mena.



“Se llevaron a…” significaba que los calieses llegaban a una casa, en un carrito Volkswagen, en la madrugada, y tomaban prisionero a un opositor al régimen, tal y como les ocurrió a Sina Cabral, a Nicolás Rodríguez, a Sombe Florencio, a José Guzmán, a los hermanos Alfaú, a José Toribio Bretón, y a los muchachos González, entre otros. Estos anuncios matutinos, según supe después, eran resonancias del inicio de la cacería que llevó a cabo la dictadura, contra los miembros del Movimiento 14 de Junio, que precisamente había sido develado en ese mismo mes de enero del año 1960.



En ese año, pero en noviembre, asesinaron a las hermanas Mirabal. En esos días volví a sentir aquel ambiente tenso que provocó la muerte del soldado Regalado. Sin embargo, en esa ocasión pude ser un poco testigo de los hechos. Como era monaguillo, asistí al cementerio acompañando al cura junto a otros acólitos. Lentamente repaso las imágenes del enterramiento y por unos segundos me detengo en aquella que simboliza Dedé Mirabal mientras le corta la trenza a su hermana María Teresa, y enseguida cierro los ojos y muevo la cabeza como diciendo que no, pero al instante ya tengo en la mente el recuerdo de aquellas bocas cuadradas esperando los tres ataúdes y luego el chirrido de la madera chocando contra el cemento. Tras la ceremonia, recuerdo la salida de la gente cabizbaja y con pasos lentos.



En las Navidades de ese año, no hubo nacimiento como señal de un duelo que mi madre no pudo esconder frente al crimen de las hermanas Mirabal. Antes, año tras año, mamá siempre había colocado casitas alumbradas en el nacimiento del Niño Jesús; eran casitas de cartón acomodadas entre arena, piedritas, musgos y espejitos que figuraban lagos donde se reflejaban luces rojas, azules, verdes y amarillas, dependiendo de los colores de los bombillos que de manera intermitente se encendían en el arbolito cubierto de velo de ángel.



Más tarde, al principio del año 1961, hasta la casa curial de Salcedo llegaron algunos seminaristas buscando refugio, acosados por la terrible persecución de la dictadura, la cual, para ese tiempo, ya se había ensañado contra la Iglesia Católica. Entonces yo era un monaguillo con aspiraciones papales, y parte de mi tiempo lo pasaba entre la sacristía y la residencia del padre Flores Santana, quien a la sazón era el encargado interino de la parroquia salcedense.



Y ahí, en esa casa de madera, con olor a naftalina, cuyo interior parecía una enorme caja cubierta de celofán e iluminada por luces fluorescentes, sí, en esa casona supe, mediante la confidencia de uno de los seminaristas, que la tiranía estaba cerca de su desenlace a causa de varios factores entre los cuales citó, además de la ruptura con la Iglesia Católica, la crisis económica ocasionada por la fastuosa celebración en el año 1955 de la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre; asimismo me habló sobre los resultados en la conciencia nacional de la expedición del 14 de junio de 1959; de la misma manera, mencionó el asesinato de las hermanas Mirabal ocurrido el 25 de noviembre de 1960 y se refirió de igual forma, a las inexorables sanciones impuestas por la Organización de Estados Americanos como consecuencia del atentado contra el presidente de Venezuela Rómulo Betancourt, acaecido el 24 de junio de 1960. Finalmente, aludió al secuestro en Nueva York, el 12 de marzo de 1956, y al posterior homicidio realizado por agentes de Trujillo contra el vasco Jesús Galíndez, periodista y profesor de la Universidad de Columbia que había publicado La Era de Trujillo, una crítica despiadada contra el régimen dominicano.



De la misma manera que lo presagió el seminarista, las tensiones entre la dictadura y la Iglesia Católica se agudizaron. Había un rumor creciente de quemas de iglesias, y de ofensas verbales a curas y obispos. Ahora, llegan a mi mente las imágenes de aquel Viernes Santo del año 1961, cuando mi madre mostró su gran coraje durante la procesión del Santo Entierro. Y sin ningún esfuerzo la recuerdo caminando por el medio de la calle y yo a su lado muy orgulloso, mientras los demás fieles se subían a las aceras ante la súbita aparición de un carrito Wolkswagen ocupado por calieses, y mi madre con la cabeza alta y el paso firme repitiendo entre dientes “Esos son los asesinos de Trujillo, esos son los asesinos de Trujillo…”



Enseguida, el sacristán y los monaguillos abandonaron sus cataduras solemnes y le formaron un cerco al presbítero, y aunque el sacerdote se resistió lo empujaron hasta la orilla como si fuesen hormigas cargando un terrón de azúcar. Todavía rememoro a cuatro o cinco señores escondidos detrás de las molduras y los cristales del enorme féretro que había pasado de unos hombros piadosos al suelo polvoriento y lleno de baches. Mientras tanto, mamá continuaba su marcha y yo a su lado, hasta que después retornó la calma y el Santo Entierro siguió su rumbo para regresar al punto de partida, que era la iglesia ubicada en medio del parquecito central.



Luego del suceso de Semana Santa transcurrió un mes para que entonces sobreviniera el desenlace de la dictadura, mediante el ajusticiamiento de Rafael Trujillo Molina por un puñado de valientes. De una vez llegaron a mi vida nuevas experiencias como la que viví al leer un volante que circuló en los primeros días de junio de 1961, y cuyo contenido memorizo sin ninguna dificultad debido al profundo impacto que me causó. Ahora recuerdo que los títulos decían así: “Criminales prófugos”. “Los que mataron al Jefe”; a continuación había unas fotos y debajo estaba el siguiente texto: “Para conocimiento del público, a fin de que pueda aportar cualquier pista que lleve a la detención de los asesinos del Generalísimo Doctor Rafael Leonidas Trujillo Molina, se publican las fotos de los siete criminales que se encuentran prófugos. Desde la izquierda, Juan Tomás Díaz, Antonio de la Maza Vásquez, Luís Amiama Tió, Antonio Imbert Barreras, Luís Manuel Cáceres Michel (Tunti), y los hermanos Salvador y César Estrella Sadhalá”. Más abajo, se hallaba otra información, escrita con letras grandes: “Cuando vea alguno de ellos avise al puesto militar más cercano”.



Y aún no había podido reponerme de la impresión que me causó el volante, cuando una mañana observé desde la torre de la iglesia, cómo una insólita turba lanzaba consignas antitrujillistas, mientras derribaba el busto del tirano que estaba colocado en el mismo centro del parquecito. Enseguida ocupó un espacio dentro de mi rutina cotidiana la voz de Ramón Lorenzo Perelló que iniciaba las transmisiones de los mítines antitrujillistas de esta manera: “Y a continuación, la cadena de la libertad, integrada por Radio Hit Musical en Santiago, La Voz del Progreso en San Francisco de Macorís…”.



Poco a poco fui asimilando el proceso que estaba viviendo, y sentí un gran alivio cuando pensé que jamás tendría que asistir a tedeums, salves y misas cantadas en honor al Jefe. Asimismo, discerní que quedarían a la zaga aquellos viajes escolares a la ciudad de Bonao para participar en las fiestas onomásticas dedicadas a Petán Trujillo; y en medio de mi júbilo avizoré la desaparición de aquel gorro y de aquella chalina negra y de aquel uniforme de caqui que debía ponerme para asistir a la Escuela Pública Urbana, donde la directora frente a la menor travesura, te podía estrujar en la boca el zumo de las mismas sábilas que con mucho deleite ella cultivaba en el jardín del centro educativo.

De igual forma presentí que nunca volvería a escuchar la voz de Guillermo Peña Frómeta articulando, con sádico regocijo, la palabra ¡Muerto!, inmediatamente después que otro locutor pronunciaba el nombre de cada uno de los expedicionarios del 14 de Junio que sucumbieron por amor a la patria en Constanza, Maimón y Estero Hondo; y mi alborozo fue mayor cuando pensé que jamás oiría la voz de Julio César Félix modulando el eslogan “Por la paz y la solidaridad del mundo libre, transmite, desde Ciudad Trujillo, La Voz Dominicana”; y en la cima de mis premoniciones, percibí que tampoco escucharía a José Antonio Núñez Fernández leyendo las noticias de La Voz Dominicana en el espacio que coincidía con la transmisión de Los Tres Villalobos, que era una radionovela que capítulo a capítulo yo seguía, pero que algunas veces tenía que interrumpir cuando a mi padre se le antojaba sintonizar el informativo de esa emisora.



Cuatro años después, el 24 de abril de 1965, estalló una revolución que tenía como propósito restituir la constitución de 1963, abortada mediante un golpe de estado al profesor Juan Bosch. A la sazón, era estudiante del cuatro año de bachillerato, en el liceo Emiliano Tejera, de Salcedo. Como el centro docente cerró sus puertas, tuve que recluirme en mi casa, para rezar el santo rosario en familia, y para aburrirme por las noches de toque de queda, sin poder escuchar mis programas románticos –papá había monopolizado el radio Philips, oyendo las consignas militares de radio San Isidro-, ni poder realizar aquellos vuelos de reconocimiento, que partían del parquecito central y terminaban ahí mismo, en el parquecito central.

Meses después, precisamente el 11 de septiembre de 1965, viajé a España, con la intención de comenzar a estudiar medicina. Luego de legalizar mis documentos de estudiante en Madrid, viajé a la ciudad de Granada, donde habría de inscribirme en la Facultad de Ciencias de la Salud. Y una noche, mientras cenaba en un comedor estudiantil, se produjo el milagro: conocí a Renato González, al cual sólo lo había oído mencionar, cuando hablaban de la prisión en La 40 de las hermanas Mirabal y de los muchachos González, entre otros. Y desde ese momento, junto con otros salcedenses, empezamos a compartir un apartamento en el No. 22 de la calle Conde Cifuentes, no muy lejos de Recogidas, una de las principales vías granadinas.



El Renato González que ahora recuerdo, es un muchacho alto, moreno, de pelo muy negro, con gafas de aumento, amante de la música, de la lectura y del buen vestir. Había empezado a estudiar en la Universidad de Santo Domingo, pero, cuando ya estaba en cuarto o quinto año de medicina, vino la Revolución y ya el cuento es sabido. Entre nosotros había una diferencia de edades, de unos cinco años, pero nuestra empatía fue creciendo, y en los ratos de ocio, íbamos al cine, o hablábamos de libros, o subíamos a los jardines del Generalife, donde nos poníamos a conversar, mientras fumábamos, acerca de su participación en el Movimiento 14 de Junio.



Dos años después, en 1967, cuando regresé a Republica Dominicana, ya en mi mente se habían cristalizado aquellos recuerdos que tuvieron su punto de partida en los días que siguieron al 14 de junio del año 1959, cuando empezando una convalecencia, sentí un doble sentimiento: por una parte, un profundo respeto por el soldado que había caído en Constanza, cumpliendo con su deber; por la otra, una gran admiración por esos guerrilleros, que yo no conocía, pero que habían arriesgado sus vidas para liberar a la patria de la tiranía.



De esta manera, el soldado Regalado; los héroes y mártires del desembarco de Constanza, Maimón y Estero Hondo; los salcedense que cayeron presos cuando descubrieron el complot del 14 de Junio –Fe Ortega, Fafico Mena, Sina Cabral, Fafa Taveras, Nicolás Rodríguez, Sombe Florencio, José Guzmán, los hermanos Alfaú, José Toribio Bretón, y los muchachos González, entre otros-; las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, sepultadas en una tardecita gris entre chirridos de ataúdes chocando contra el cemento; la casa curial, de madera, con olor a naftalina, cuyo interior parecía una enorme caja cubierta de celofán e iluminada por luces fluorescentes, donde supe, mediante la confidencia de un seminarista, que la tiranía estaba cerca de su desenlace; aquel Viernes Santo del año 1961, cuando mi madre mostró un gran coraje durante la procesión del Santo Entierro; el volante con las fotos de los que ajusticiaron a Rafael Trujillo Molina; las ráfagas de heroísmo que llegaban hasta Salcedo, durante la Revolución de Abril de 1965; y finalmente, la amistad con Renato González, en la Granada franquista, se habían convertido para mí, en vínculos venerables, en diosas y dioses que existían en un tiempo mítico, en un continuum infinito, oficiando sus rituales en los espacios sagrados de mi memoria.

¿Cómo surge en Puerto Plata el Movimiento 14 de Junio?

http://knol.google.com/k/pedro-camilo/cuaderno-de-apuntes/25gyccvfwaxya/5#

Cuaderno de apuntes
Dedicada a la cultura dominicana
-¿Cómo surge en Puerto Plata el Movimiento 14 de Junio?
Pedro Camilo

-Antes del desembarco del 59, quizás siete meses antes, nosotros nos estábamos organizando, tal vez por el entusiasmo del triunfo de la revolución cubana. Ya teníamos varios grupos organizados, con la finalidad de darle apoyo a lo que nosotros entendíamos que iba a ocurrir aquí. No poseíamos ningún contacto directo; sin embargo, más tarde, vino a Puerto Plata el doctor Mon Jerez y se entrevistó con un amigo de él, que resultó ser amigo de un compañero nuestro, que era Guancho Escaño, quien luego murió en El Limón, siendo el brazo militar de la guerrilla… Guancho Escaño vino donde mí, a decirme que Mon Jerez era un enviado del movimiento de liberación, y que había venido a hacer contactos con los grupos en el país para organizarnos… Le dije a Guancho que yo no conocía a Mon Jerez y que a la persona donde él fue, yo no le tenía ninguna confianza…

El bautizo del movimiento 14 de Junio
Recuerdo que burlándose de mí, nos dijo:
-Mira, una mujer le puso el nombre al movimiento-.
Y agregó: -Se llamará “14 de Junio”-.
Esa mujer fue Minerva Mirabal.
Fernando Cueto

-¿Cómo surge en Puerto Plata el Movimiento 14 de Junio?
-Antes del desembarco del 59, quizás siete meses antes, nosotros nos estábamos organizando, tal vez por el entusiasmo del triunfo de la revolución cubana. Ya teníamos varios grupos organizados, con la finalidad de darle apoyo a lo que nosotros entendíamos que iba a ocurrir aquí. No poseíamos ningún contacto directo; sin embargo, más tarde, vino a Puerto Plata el doctor Mon Jerez y se entrevistó con un amigo de él, que resultó ser amigo de un compañero nuestro, que era Guancho Escaño, quien luego murió en El Limón, siendo el brazo militar de la guerrilla… Guancho Escaño vino donde mí, a decirme que Mon Jerez era un enviado del movimiento de liberación, y que había venido a hacer contactos con los grupos en el país para organizarnos… Le dije a Guancho que yo no conocía a Mon Jerez y que a la persona donde él fue, yo no le tenía ninguna confianza…
Por tal motivo, me negué a entrevistarme con Mon Jerez. Sin embargo, luego supe por Amiro Pérez, que las intenciones de Mon eran honestas. Bueno, nosotros seguimos organizándonos en los barrios y en los municipios, y después que se produce el desembarco del año 59, el grupo de El Pie del Fuerte tenía planificado varios sabotajes. Ese grupo lo comandaba Odalís Cepeda… A ese grupo pertenecían Guancho Escaño, Nolis Musa, Omar Morales, Luís Joubert, Ramón Mejía, mi hermano Juan… Era un grupo más o menos de diez compañeros… Manejaban todo lo que fuera el frente de la fortaleza que estaba por ahí, en ese barrio. Ese grupo cuando se produjo el desembarco, incendió el Seguro Social; también trató de incendiar el asilo viejo, pero por suerte no fructificó ese sabotaje, porque se iba a ir la mitad de Puerto Plata. Hubo un fallo en su preparación… Guancho Escaño y Melecia Victoria, que eran los responsables de esa acción, luego del fracaso del sabotaje, iban en retirada cuando en una esquina frente a la casa de Yoyo Morales, venía la policía –descubrimos entonces que la policía estaba haciendo patrulla con unos tenis que les decían calzapollos, para que no se oyeran sus pasos-, y Guancho y Melecia se abrazaron como si estuvieran en una jugada amorosa, y la policía los saludó, y ellos saludaron a la policía…
Más tarde, otros compañeros, como Félix La Hoz y Camao Morales, hermano de Juan Carlos, tenían otro grupo y hacían sabotajes en los cañaverales. Ese mismo grupo era el que hacía el sabotaje de las grampas… Ellos preparaban las grampas, las repartían a los compañeros, y cada vez que había una manifestación, o un acto oficial, ellos llenaban de grampas las carreteras.
Después que pasaron esos días terribles del desembarco del 59, vino a Puerto Plata Juanchi Moliné, y nos informó que en Santo Domingo había un grupo que se estaba reuniendo con la finalidad de organizar un movimiento contra Trujillo. Y es en ese momento cuando se empieza a producir la unión de los grupos puertoplateños con el grupo de la capital. Entonces, Germán Silverio, Juan Carlos Morales y yo preparamos una cita para recibir a Juanchi Moliné, y a esa cita, que se hizo un domingo –yo trabajaba en el correo-, no pude asistir. Desde Santo Domingo, vino una comisión compuesta por Cayeyo Crisanty, Manolo Tavárez y Leandro Guzmán. Luego de ese contacto, se acordó formar un núcleo para que eligiera un representante nuestro ante la capital… La persona que consideramos ideal para eso, fue Germán Silverio, porque éste estaba estudiando en la universidad, y le era fácil participar en cualquier actividad en Santo Domingo.
Posteriormente, nosotros fuimos invitados a una reunión que se hizo en Gurabo, donde se determinó realizar la primera asamblea nacional, la que se celebró en Mao, en la finca de Charles Bogaert, el 10 de enero de 1960. El día anterior, Juan Carlos Morales, Germán Silverio y yo nos reunimos aquí, en Puerto Plata, para acordar cuáles eran los puntos que nosotros íbamos a plantear en esa asamblea. Se escogió a Germán Silverio para que nos representara. Como era un movimiento que aún no tenía nombre, yo propuse que se le pusiera “20 de Junio”… Pero antes, les había sugerido que se llamara “Gregorio Luperón”; sin embargo, ellos no estuvieron de acuerdo con eso… Luego hice la propuesta del “20 de Junio”, y entonces la aceptaron, pero yo les dije: -Ahora soy yo quien no estoy de acuerdo-. Porque a mi papá lo mataron el 20 de junio, y se iba a ver medio interesado de que fuera yo quien propusiera esa fecha…
Al regreso de la asamblea, Germán se juntó de nuevo con nosotros, para darnos a conocer los detalles de la reunión. Recuerdo que burlándose de mí, nos dijo: -Mira, una mujer le puso el nombre al movimiento-. Y agregó: -Se llamará “14 de Junio”-. Esa mujer fue Minerva Mirabal. En la asamblea, Germán planteó nuestra inquietud sobre el asunto de las armas –resultaba un riesgo estar haciendo sabotajes sin tener armas-, y Minerva dijo que las armas de Puerto Plata andaban caminando por las calles… Que las cogiéramos ahí… De ese asunto no hablamos más nada…
También se decidió que Juanchi Moliné, que era un técnico en meteorología, nos enseñara cómo buscar los sitios estratégicos para que un avión dejara armas, o para que se recibiera cualquier cosa por el aire… Para tales fines, nos trajo un folleto elaborado por el general Bayo, un español de la guerra civil… Y nosotros aprendimos… Y salíamos a buscar los lugares apropiados… Por ejemplo, yo fui con Guancho Escaño a la finca de Don Nene Kunhardt en Yásica… Cuando llegamos allá, vimos que realmente era un sitio estratégico, porque había un llano entre dos colinas, bastante grande; una avioneta podía aterrizar sin ningún problema…
Por su parte, Juan Carlos tenía otro lugar en Guzmancito. Yo nunca fui ahí… Bueno, ya teníamos dos sitios… Supuestamente, Leandro era el responsable del contacto para el destino de las armas… En fin, el movimiento, que había empezado como la trinitaria, se hallaba en una etapa en que existían comandos, con mochilas, y ya había como diez grupos… Teníamos a Carmen James Bogaert, a doña Ana Leroux, a Elena Abreu, un grupo de mujeres haciendo mochilas, buscando medicina, porque desde que llegaran las armas, nosotros empezaríamos…
-¿Cómo estaba conformado el Movimiento en los municipios de Puerto Plata?
-El movimiento estaba constituido aquí, por grupos que a la vez estaban dirigidos por Juan Carlos Morales, por Germán Silverio, y por mí. Después de la reunión de Mao, se acordó que se hiciera un comité provincial. En tal sentido, yo propuse y se aceptó, al pintor y músico Rafael Arzeno Tavárez, como tesorero; Germán Silverio, por su parte, propuso la inclusión del doctor Antonio Vásquez Paredes; y Juan Carlos Morales propuso incluir, a Leonardo del Valle. Esto ocurrió, más o menos, el 12 de enero de 1960.
Nosotros nos proponíamos organizar los municipios… Ya yo tenía contactos con el doctor Alejo Martínez, en Sosúa; ya le había hablado a César de los Santos para que me sirviera de contacto; ya teníamos localizado al señor Vargas, de Luperón; en Altamira estábamos barajando los nombres del doctor Vicky Mendoza y de Samuel Arias; en Yásica nos comunicarnos con Bollón Álvarez, para organizar el movimiento allá; y en Imbert, teníamos al doctor Virgilito Reyes, que era dentista…
Años después, en el movimiento guerrillero, a mí me tocaría la organización política de toda la parte norte de la cordillera septentrional; y a Sóstenes Peña Jáquez, la parte sur de la cordillera… Nosotros la teníamos dividida en Yásica con Bollón Álvarez; en Altamira teníamos a Cuqui Meléndez; en Guananico teníamos en Rincón Caliente, a un compañero de apellido Vargas; en el Mamey teníamos primeramente a un profesor de escuela llamado Armandito Acevedo, y después a los hermanos Pérez.
En la etapa guerrillera, la infraesctrutura del 14 de Junio en la cordillera septentrional, contaba con varias pulperías totalmente surtidas, y esos compañeros de las pulperías tenían sus contactos directos con el almacén de comestibles de Germán Silverio, mientras que Baldemiro Frías era la persona que se encargaba de surtirlas… De esta manera, nosotros estábamos con todos los contactos hechos y con las provisiones necesarias… Lamentablemente en El Limón perdimos al compañero Minaya, que era banquero, pero que físicamente no estaba apto para una guerrilla; y murió también Juan Jerónimo Escaño, alias Guancho, quien era el brazo militar de la guerrilla, y un compañero al que más estimación yo le tenía aquí en Puerto Plata. En esta guerrilla sólo murieron ellos dos… Los demás pudieron salir gracias a la cooperación de muchos campesinos.
Pero, ¿cómo llega Guancho Escaño a ser brazo militar? Cuando estábamos organizando las guerrilleras, se creó la infraestructura del 14 de Junio, la cual tenía cuatro organismos fundamentales: el buró militar, el buró obrero, el buró político y el buró campesino… Eso fue en pleno gobierno de Juan Bosch… Entonces Manolo me manda a buscar con Juan Miguel Román, porque él necesitaba una persona de su entera confianza, para ir a Cuba… Manolo conocía la historia de mi padre, Fernando Suárez, y él sabía que un hombre con ese antecedente de lucha no podía traicionarlo… De inmediato, yo fui a al apartamento de la Rosa Duarte, en Santo Domingo, donde vivía Manolo… Recuerdo que eran como las siete y media de la noche –él estaba cenando-, y cuando me senté a la mesa, me dijo: -Yo necesito que hagas una misión sumamente secreta: tienes que salir del país; ya yo poseo todos los contactos donde debes ir.
Después que él me dice eso, yo me quedo pensando, y luego le comunico: -Pero ven acá, Manolo, yo no soy la persona para realizar esa tarea-. Y él me responde: -¿Cómo?-. Y yo le digo: -¿Tú te imaginas que me vaya de Puerto Plata, siendo yo el secretario general del 14 de Junio?-. Todos los días, mi casa y el partido se encontraban llenos de gente... Ahí mismo le digo: -Yo tengo la persona indicada-. -¿Quién? –me pregunta él-. Y yo le digo: -Guancho Escaño-. Le informé que Guancho podía ausentarse tres meses de Puerto Plata, y nadie se daba cuenta, porque él salía para la universidad y pasaba mucho tiempo sin regresar… Le expresé, además, que Guancho era un hombre serio, firme y muy valiente… Entonces, Manolo aceptó.
Enseguida, yo vine y le dije a Guancho: -Mira, Manolo necesita hablar contigo urgentemente; no vayas al partido; debes ir a la segunda planta de la Rosa Duarte-. Cuando él regresó, me confió: -Coño, el hombre me ha puesto una misión sumamente delicada-. Sin embargo, Guancho asumió esa responsabilidad… De esta forma, se convirtió en el Miguel Strogoff de Manolo… Él era la persona que Manolo mandaba a cualquier parte… El contacto de Guancho era un empleado de la embajada de Cuba en Jamaica… Y éste le facilitaba los viajes a Cuba, donde Guancho se entrenó militarmente… Por eso, Guancho fue aquí, en Puerto Plata, el responsable del buró militar, mientras que yo era el encargado del buró político.
-¿Cómo se descubre el movimiento?
-Todo sucedió en un tiempo muy corto… Eso fue en los mismos días de la asamblea… Ya el día 11, o el 12 de enero, Marquito Pérez Collado estaba preso o lo estaban persiguiendo, por la indiscreción que cometió –él fue compañero mío de celda, junto con Cayeyo Crisanty, y nos explicó todo lo relacionado con el fracaso del Movimiento, y admitió que fue una indiscreción suya, no un acto de mala fe-. Y ahí empezó la debacle… Juanchi cayó preso más o menos como el 16 de enero; Juan Carlos estaba grave con una úlcera; antes había caído Manolo, como el día 13; luego Leandro, Pipe Faxas… El 17 cayó Germán; el 19 cayó Juan Carlos, y el 20 caí yo, y cuando me llevaron a la celda, allá estaba el doctor Antonio Vásquez…
Yo había estado preso en el año 57, acusado de que me iba a unir a Fidel Castro… Germán, Fellito Silverio y un grupo, hicimos un bote para pescar, no para unirnos a Fidel, porque entonces no sabíamos quién era él… Pero las sospechas surgieron porque yo estaba ahí, que era hijo de Fernando Suárez, a quien habían matado en Luperón; también estaba Piro Beauchamp, que era un ex militar que sabía de navegación; y estaba Germán Silverio –le decían Germán el Guardia-, que también había sido militar... Eso trajo un escándalo internacional, ya que la familia de uno se movilizó… Si no, nos hubieran matado… Por la experiencia de esa prisión, yo sabía cómo manejar la situación en la cárcel…
Sin embargo, la realidad que encontramos en La 40 fue terrible… Aquel patio lleno de hombres desnudos y golpeados… Gritos por dondequiera… Y aquellos torturadores nerviosos… Porque ellos se sorprendieron de la magnitud del movimiento… Ellos creían que era un grupo que se podía manejar con facilidad… Nosotros ignorábamos cuál era la situación, y cuando llegamos allá, sin preguntar nada, nos cayeron a golpes mientras estábamos amarrados; y de una vez nos metieron al coliseo, y continuaron golpe y golpe con nosotros… A mí me dieron un chuchazo con un güevo de toro aquí (Fernando se señala un punto en la cabeza), y se me paró una vena que parecía como si tú estuvieras rociando un gallo; esa vaina se me puso como un monstruo, llena de sangre; pero ésa fue mi dicha, porque luego me veían y me dejaban, pues tal vez pensarían que yo me estaba muriendo…
Ahí nos encontrábamos Toño Vásquez, Abelardo y yo… Cuando nos sacaron, pidieron a Toño Vásquez. “Doctor Antonio Vásquez Paredes… Doctor Antonio Vásquez Paredes…” Entonces nos quitaron las esposas… Yo aproveché y me puse a buscar, entre aquella multitud, a ver si encontraba alguien de aquí, hasta que hallé a Juan Carlos… Estaba tirado en el suelo… Estaba muriéndose, evacuando sangre… Yo no sé cómo él está vivo… Ahí yo conocí a Federico Cabrera, que fue el doctor que estuvo en la guerrilla con Manolo… Todavía él no se había graduado de médico, pero ya estaba haciendo su tesis… Federico y otro médico que estaba ahí, buscaban en el suelo pedacitos de carbón para molerlos con una piedra y dárselos a Juan Carlos… Ellos decían que eso podría cicatrizarle la úlcera…
Ahí mismo, Juan Carlos me dice a mí, que tuvo que mencionar a Guancho Escaño, a Fellito Silverio, y a Miriam Morales, su prima… Miriam tenía una notificación de que poseía unas armas en La Escalereta, cerca de Luperón. Entonces yo le dije a Juan Carlos: -¿Para qué mencionaste a esa gente?-. Y él me respondió: -Yo no podía aguantar más golpes-. Y era razonable, porque él tenía una gran deshidratación y estaba evacuando sangre… También, Juan Carlos me comunicó que Pipe Faxas había dado una idea: “Si metemos muchas gentes aquí, nos podríamos salvar…”. Yo no estaba de acuerdo con esa teoría… ¿Tú imaginas a Papusa Loinaz presa, una señora de 80 años?
Recuerdo que esa misma noche llamaron a Toño Vásquez para interrogarlo… Y yo me quedé tratando de hacer contactos con las personas que Juan Carlos había mencionado… Por fin, alcancé a ver a Guancho Escaño y a Fellito Silverio, parados en un extremo del pasillo, cerca de la cámara de torturas… Yo me pude colar y llegué hasta ellos… Entonces les dije: -Ustedes tienen que mencionarnos a nosotros, pero a nadie más-. Y efectivamente así lo hicieron… Fellito declaró que él fue como chofer nada más; pero Guancho señaló que él sí estaba en el Movimiento, y que éste se hallaba encabezado por Fernando Cueto y Juan Carlos Morales… A Guancho le dieron muchos golpes… Él había sido militar y en ese momento tenía el cuarto año de medicina... Ahí se pararon las detenciones…
Pero ¿qué pasa? Ahí mismo oigo que están llamando a César de los Santos Almonte… A esa persona la busqué yo para que nos sirviera de contacto con Sosúa… Todos los muchachos de mi generación me conocían como Fernando Suárez., aunque legalmente yo era Fernando Cueto… César me mencionó, pero como Fernando Suárez… Entonces iban a las celdas: -Fernando Suárez, Fernando Suárez…-. Y yo le decía a Toño Vásquez: -Fernando Suárez no está aquí-. En una, Toño me dice: -Nos van a matar a todos…-. Hasta que un día nos sacaron para un interrogatorio… Y ahí yo me encuentro con César de los Santos… De una vez él me dice: -Coño, a mí me han dado más golpes que al diablo, porque yo pensaba que eras tú-. Y yo le dije: No, no…-. Y César me dice: -Ah, pues eso fue Cocuyo… Cocuyo Báez -. De los Santos sabía que yo estaba preso, pero no sabía que el ingeniero Cocuyo Báez lo estaba… Luego, cuando lo volvieron a interrogar, él dijo que había tenido un lapsus y que su contacto era Rafael Báez, alias Cocuyo… Entonces eso se paró ahí… Me salvé de casualidad… Fíjate: los calieses habían venido a mi casa, buscando a Fernando Suárez, y mi abuela les dijo: -¡Ustedes lo mataron! ¡Búsquenlo en el cementerio!
El 21 de enero, día de La Altagracia, fue un día macabro… Ese día estábamos Toño y yo en una celda –a Abelardo lo pusieron en otro lado-; era una celdita en La 40, de dos metros por uno y medio, más o menos, y ahí habíamos nueve personas, apiñadas; esa celdita tenía media pared y un sanitario, y nosotros poníamos un pie en el sanitario y subíamos a la media pared, para respirar… ¡Nos estábamos asfixiando! Ahí yo sólo conocía a Toño Vásquez… Pero hubo uno, que mientras estaba respirando –lo hacíamos por turno-, perdió como la razón y empezó a vocear: “Asesinos, bandidos, ladrones…”. Bueno, todos los improperios del mundo… Y me dice Toño: -¡Bájalo!-. Y yo le respondo: -¿Pero cómo lo voy a bajar si él está aferrado ahí?-. Por fin, el hombre accedió a bajar… Entonces, Toño le dice: -Nos van a matar a todos…-. Él ni siquiera contestó… Se sentó en el inodoro, y yo me paré a su lado, porque pensaba que había perdido la razón. –Compañero, ¿de dónde es usted? –le digo. De inmediato, él me responde: -Yo soy de Montecristi-. Y yo le digo: -Eso nos puede perjudicar a todos, porque uno todavía tiene la esperanza de salir…-. Yo entendí que él me dijo: -Es que he visto matar a mi hijo-. De una vez a mí me dio como un frío… ¡Increíble! Toño y yo nos quedamos en silencio… Bueno, pasaron como dos horas, y vinieron, le dieron a la puerta, y lo sacaron a él… Más nunca volvió… Esa persona se llamaba Rafael Noble, como el pelotero de Cienfuegos… Era muy amigo de Manolo…
En realidad, durante mucho tiempo yo pensé que lo que él estaba viendo era matar a su hijo… Después de muchos años, un día yo me encuentro con Abelito Rodríguez Del Orbe, que era Procurador de la República, y él me presenta al Jefe del Ejército y a un grupo de oficiales, en una actividad del CIMPA… Luego de la reunión, me dice Abelito: -Como tú tuviste en muchas celdas en La Cuarenta y en La Victoria, tal vez podrías darle noticias al General Noble Espejo, sobre la suerte que corrió su padre, quien fue llevado a La Cuarenta y de ahí desapareció…-. Entonces yo le pregunto: -¿Quién era su papá?-. Y él me dice: -Rafael Noble-. Y yo pensé: “Estoy frente al hijo de Rafael Noble”. Enseguida, Abelito, él y yo nos fuimos debajo de una mata, y le conté toda la historia… El general me aclaró que no había sido a un hijo a quien habían matado, sino a un íntimo amigo que cayó preso con él… Después, el Mayor General José Noble Espejo le hizo un monumento a Manolo en la montaña…
Bueno, te había dicho que el 21 de enero, día de La Altagracia, fue un día macabro… Porque además de ocurrir la historia de Rafael Noble, recuerdo que entonces nos dieron golpes que eso no tuvo madre… Ya ese día empezaron a llevarnos a La Victoria, desnudos y en guagua… En la Victoria, nos metían en una celda hasta dieciocho y veinte personas… Eran unas celdas que tenían como cuatro metros de largo por dos de ancho… De ahí, porque no cabíamos, se llevaron un grupo para la isla Beata… Pero nosotros seguimos en La Victoria…
Recuerdo que la misma noche que llegué –ya yo había estado siete meses preso ahí-, después que oí que cerraron las puertas y los guardias se habían ido –aquello era un silencio sepulcral-, me agaché y por la rendija de la puerta mandé un ¡Atención! ¡Atención a todos los presos que están aquí! Entonces yo les dije: -Aquí, un ex prisionero; si hay alguno que tenga más de dos años en prisión, yo quiero que se identifique, porque el que les está hablando, es El Canario-. Este seudónimo me lo puso Ramón Jorge Rivas... De inmediato, suena una voz de ultratumba, que dice: -¡Coño! ¡El hijo bueno a su casa vuelve!-. Ése era Guillermo Valerio, un hombre fuera de serie, guapo como nadie, inteligente; él era mecánico, pero capaz de hacerte una ametralladora… También, ahí estaban Los Cabrera, Los Estévez, Poncio Pou, Amiro Pérez, Medardo Germán, Mayobanex Vargas, Papito Sánchez Sanlley, entre otros. Poco a poco, yo les informé sobre lo que estaba pasando…
-¿Cómo se produce tu salida de esa cárcel?
-Empezaron a soltar por la presión internacional… Yo recuerdo que a nosotros nos juzgaron… Nos sacaron como a un grupo de sesenta, entre ellos a Manolo; a mí me tocó en una cámara –nos repartían de quince a veinte en cada cámara-, junto con José Ramón González, alias Papilín, que era cura, y él me dijo: -Yo creo que a mí me van a matar…-. Efectivamente, se lo llevaron de ahí, y más nunca apareció… Con esa experiencia de Papilín, cuando me dieron libertad –soltaron, por la presión de la OEA, a uno por cada provincia, y a mí me tocó por Puerto Plata-, sentí mucho temor; entonces me quedé dos días en la capital, donde una familia mía…
Luego vine a Puerto Plata, pero yo no salía de la casa… Esto era una finca, y todas mis actividades las hacía aquí… Después, cuando mataron a Trujillo, el Movimiento empezó a coger fuerza, y volvimos a caer presos otra vez… Cuando salimos de la cárcel, nos pusimos en contacto con los demás compañeros, y formamos la Unión Cívica, porque como habíamos sido acusados de comunistas, no debíamos salir con el nombre de 14 de Junio… Ahora pienso que esa teoría fue una estrategia de los que realmente sabían de política, como Antinoe Fiallo, Severo Cabral y Rafael Bonnelly, quienes eran los que estaban manejando el movimiento…
Es que los cívicos fueron sumamente hábiles… Aquí, por ejemplo, José Augusto Puig cogió un papel, cuando hicimos la primera reunión que fue en la casa de Juan Carlos, y entonces puso: Juan Carlos Morales, vicepresidente; Amiro Pérez, secretario; y el resto de los cargos los completó con los nombres de todos nosotros (Toño, Abelardo, Guancho y yo), pero se reservó para él la presidencia... La directiva era totalmente del 14 de Junio, menos la presidencia…
Más tarde, los cívicos dijeron que había que escoger un presidente del partido, a nivel nacional, y nosotros propusimos a Manolo Tavárez, a pesar de estar preso. Sin embargo, ellos respondieron que una persona presa no podía tomar decisiones urgentes; por eso nos convencieron y accedimos a que pusieran a Viriato Fiallo. Después, cuando ese movimiento coge una fuerza tremenda, nosotros no pudimos desbancarlo… En ese tiempo, vinieron aquí Manolo y Alfredo Manzano, y nos reunimos donde Toño Vásquez, y Manzano nos dijo claramente: -Esta gente nos ha cogido de instrumento.
Para mí eso fue una bofetada, porque yo pensaba que había existido buena fe… Y un día, en una reunión, José Augusto Puig dijo: -El comité central de la Unión Cívica Nacional ha decidido convertirse en partido político-. Y nosotros nos sentimos engañados, ultrajados… Enseguida nos separamos de la Unión Cívica, y nos dedicamos solamente al 14 de Junio. De esta manera, en el comité provincial, Toño resultó ser el presidente; yo era el secretario general; y Argentina Capobianco era la vicepresidenta, en lugar de Juan Carlos Morales, quien se quedó con Unión Cívica.

Puerto Plata, lunes, 1 de mayo de 2006.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

-¿Cómo surge en Salcedo el Movimiento 14 de Junio? Parte I

http://knol.google.com/k/pedro-camilo/cuaderno-de-apuntes/25gyccvfwaxya/4#

Cuaderno de apuntes

Dedicada a la cultura dominicana

-¿Cómo surge en Salcedo el Movimiento 14 de Junio?

-El movimiento comenzó como una organización clero-cultural. Eso de “clero-cultural” era sólo una pantalla. La primera reunión para su formación fue en Ojo de Agua, aquí en Salcedo, y la ideóloga fue Minerva Mirabal. Ella preparó a Manolo. Estaban los hermanos Disla, seminaristas, y el padre Daniel Cruz, entre otros. Yo recuerdo que un día fuimos donde nació el Cardenal, en Barranca, pero como eran células de tres, yo no pude entrar a la reunión. Entró Fafa Taveras, que era el coordinador, y Francisco Aníbal González (Pachico). En honor a los héroes y mártires de la invasión del 14 de Junio fue que se le puso ese nombre. Yo pertenecía al grupo de Francisco Aníbal.

“¡Viva Trujillo!, exclamó el propio Trujillo con su voz atiplada, mientras daba un ridículo saltito…”.
Pedro Camilo


-¿Cómo surge en Salcedo el Movimiento 14 de Junio?

-El movimiento comenzó como una organización clero-cultural. Eso de “clero-cultural” era sólo una pantalla. La primera reunión para su formación fue en Ojo de Agua, aquí en Salcedo, y la ideóloga fue Minerva Mirabal. Ella preparó a Manolo. Estaban los hermanos Disla, seminaristas, y el padre Daniel Cruz, entre otros. Yo recuerdo que un día fuimos donde nació el Cardenal, en Barranca, pero como eran células de tres, yo no pude entrar a la reunión. Entró Fafa Taveras, que era el coordinador, y Francisco Aníbal González (Pachico). En honor a los héroes y mártires de la invasión del 14 de Junio fue que se le puso ese nombre. Yo pertenecía al grupo de Francisco Aníbal.

- ¿Qué actividades políticas realizaban ustedes?

-Cuando nace en Macorís el último niño de Patria Mirabal, Raúl Ernesto, bajo la asistencia médica de Fucho Alba, Abel Fernández, que era uno de los miembros del movimiento, le regaló a Patria una caja grande llena de los famosos tiritos chinos. Entonces, en la casa de Patria, y en presencia de Minerva, que estaba embarazada de Manolito, nos reuníamos Pachico, Nelson González, y yo, y nos sentábamos en el suelo y empezábamos a abrir con hojas de gillette cada uno de esos gallitos para sacarle la pólvora y juntarla con la intención de hacer bombas. Había otro personal para fabricar esas bombas. Los relojes para las bombas se los compraban a Pedrito Manzur, un comerciante de Salcedo.

También, venían personas enviadas por los exiliados, y aquí se les entregaban mapas para ubicar los sitios donde debían tirar las armas. Nosotros no estábamos entrenados militarmente, pero así son las cosas… Era una lucha romántica, idealista… Se supone que, para derrocar al régimen trujillista, nosotros teníamos que llevar a cabo una guerra de guerrilla… Nuestro líder, en ese momento, era un Fidel Castro que había bajado de la montaña con un rosario… ¿Qué sabíamos nosotros de comunismo? Nosotros oíamos a Radio Rebelde desde que Fidel estaba peleando. Él decía en sus discursos que el próximo país en ser liberado sería Santo Domingo, para que Chapita dejara de gobernar.

-¿Cómo se produce su apresamiento?

-En enero del año 1960, cuando regresamos a la universidad después de Reyes, supimos que habían apresado a Pachico. Entonces, Nelson González y yo fuimos a Conuco a avisarle a la familia. Luego, yo estaba preparado para tomar un examen con el doctor Rafael González Massenet; estaba pasando lista un bedel –todos eran calieses-, cuando mencionaron mi nombre yo dije: –Presente-, y cuando iban a empezar a regar los test, me llamó otro bedel: -Renato González, le buscan unos familiares-. Apenas salí, me dijo que era del servicio secreto.

De inmediato me condujeron a un carro público, donde había un chofer y a mí me pusieron en el medio. Salimos del recinto universitario hacia un lugar desconocido. Uno de ellos me preguntó si tenía a algún familiar detenido, y yo dije que sí, y entonces él dijo: -¡Caramba! ¡Tan joven!-. Luego, uno de ellos me dijo que pusiera las manos detrás, porque “tenemos que ponerle esposa, porque si no, al llegar, tenemos nosotros problemas.”

Llegamos a una casa de campo, por la cementera; nos desmontamos en una galería. Entramos, y en la primera habitación estaba una persona que después se portó muy bien conmigo. Era Dante Minervino, un capitán de la marina, cuya familia era de Tenares. Entonces él me recibió y me dijo que me quitara la ropa. Enseguida me desnudé, pero a mí se me olvidó quitarme la cadena. Luego pasamos por un pasillo, y furtivamente yo veo hacia un lado y observo una habitación llena de ropas y zapatos. ¡Es increíble la cantidad de gente que ya estaba presa!

Después bajamos unos escalones, y en el medio había un edificio así, algunas matas, y otro edificio, donde me metieron. Ahí estaba lo que yo pensé que era una silla de barbero. También había un escritorio y un hombre muy pequeño con una mancha negra por aquí –se señala una de las mejillas-, un hombre que después supe que era Clodoveo Ortiz González, de los lados de Azua, y de inmediato dice: -¡Ah, González! ¡Suerte que usted no es familia mía!-. Ahí veo que traen un señor y lo ponen en la silla eléctrica; lo amarraron con correas en los pies y las manos; quien daba los corrientazos era Clodoveo con un toque debajo del escritorio, doscientos cincuenta voltios, ¿tú ves?, y ese señor se desmayó y después que le echaron agua y despertó, lo tienen acostado ahí; era un hombre con barba y ojos azules; no sé si estará vivo, luego supe que era el ingeniero Manzano, que llegó a ser decano de la Facultad de Ingeniería de la UASD, posiblemente Alfredo Manzano, algo así sería; y sucedió que Clodoveo quería, a golpes limpios, que el señor Manzano me arreglara la cadena que se rompió cuando yo me estaba quitando la ropa.

Luego me pasaron a donde estaba Fafa, y Fafa me dice: -Puedes declarar todo, que ya nosotros dijimos…-. Después me llevaron a un sitio que tenía la altura de una cisterna, ahí había una puerta, y entonces bajamos a una cárcel subterránea; era una casa bastante estrecha, con una puerta de metal y otra de madera. Nos metieron ahí… Antes de los diez minutos vino un gorila y nos disparó con una escopeta; lo que salió fue humo, y de una vez dijo: -Yo vuelvo dentro de media hora para ver cuántos muertos hay.

Y así siguieron causando terror psicológico durante toda la noche.

- ¿Cómo era la cotidianidad en la cárcel de La 40?

-Los interrogatorios eran desde las tres de la mañana hasta las cinco o las seis; supongo que el vecindario, que era muy poco en esa época, no oía los gritos, porque ahí estaba la cementera y siempre estaban moliendo piedras… Ahí, en La 40, daban mejor comida que en La Victoria, tal vez para que soportáramos más las torturas. El problema eran las torturas. Nadie, todavía, ha podido valorar el coraje de Manolo Tavárez y de Minerva Mirabal. Después de una paliza, Manolo seguía hablando contra el gobierno… Lo metían en una barrica llena de agua y lo sacaban cuando ya se estaba asfixiando. Y a pesar de esto, continuaba hablando del gobierno…

En la celda estábamos Leandro Guzmán, Manolo, Francisco Aníbal, Pedrito González, Cayeyo Crisanty y Jaime Ricardo Socías. Recuerdo que una noche nos sacaron para que viéramos la tortura a dos hermanos de Montecristi… A una mata de naranjas le cortaron las ramas y levantaron a uno de los hombres y le engancharon la esposa para que declarara; tenían un vaivén: bajaban uno y subían al otro, hasta que declararon… También recuerdo otra noche, que nos sacaron y pusieron a Pedrito, el esposo de Patria Mirabal, en la silla eléctrica. El impacto fue tan grande que él rompió las correas.

-¿A usted lo llegaron a poner en esa silla?

-No, pero sí me torturaron. Sé lo que se siente cuando te meten una cuña debajo de las uñas; duele mucho que te den una corriente eléctrica en los ojos, en la lengua, o en los testículos…

-¿Cómo logra salir de La 40?

-Un día nos sacaron para recoger basura, desnudos. Pero ¿qué pasa? Dante Minervino tenía unos perros muy peligrosos, usted comprenderá uno desnudo, sin bañarse, lo que puede heder, y los perros venían a olernos a nosotros, nosotros aplastados recogiendo basura y esos perros por mordernos a nosotros… Llegó un momento en que Minervino amarró los perros y vino y me hizo así con las botas, por detrás, y lo que me dice es: -No te voltees, ¿tú eres hijo de quién?-, y yo le digo: -De Francisco González-, y él me dice: -Yo lo conozco, ¿por qué te metiste en esto?-, pero yo no me atreví a responderle porque no sabía cuáles eran sus intenciones, y de inmediato me pregunta: -¿Tú quieres quedarte aquí o irte a La Victoria?-, y entonces yo le dije: -Yo quiero irme a La Victoria-, porque yo pensé que si estaba en La Victoria en mi casa se enterarían más pronto… Y una noche cualquiera, de madrugada, me trasladaron en una perrera.

- ¿Cuáles fueron sus vivencias en La Victoria?

-De La Victoria recuerdo que en un pasillo, en la celda principal, había una escalera, donde empezaba un subterráneo, eran calabozos o celdas para cuatro o cinco personas, pero metían diecisiete, veinte, y hasta veintisiete… Muchas celdas subterráneas… Yo caí en una celda donde no conocía a nadie. A esa celda le decían la celda de El Serrucho, que era un dirigente de la Agrupación 14 de Junio. Pasamos varios días sin comer, pero después traían como una harina salcochada… En una lata de aceite de maní, evacuábamos y orinábamos, y uno de la celda salía, echaba su contenido en un sanitario, la lavaba, y ahí era que nos echaban la comida.

Después, un día, yo le dije a Serrucho: -Por favor, llama a ver cómo está Mario Ruiz-. Este era el nombre clandestino de Manolo Tavárez. Entonces, Serrucho se pegó a la puerta, por debajo de los barrotes, y dijo: -Atención a todas las celdas; atención Mario Ruiz, ¿estás en Versalles o estás aquí?-. Versalles era La 40. Al momento, él mismo contestó, y dijo que estaba bien.

Recuerdo que otro día me emocioné tanto, cuando, posiblemente a las seis de la mañana, se escuchó una voz de mujer que dijo: -Atención a todas las celdas… Perdón… (Renato cierra los ojos, baja la cabeza, y durante unos segundos se mantiene sin hablar). -Atención a todas las celdas, aquí la celda de Las Mariposas, atención a todos: Quisqueyanos valientes… Era Minerva cantando el himno nacional. Y luego exclamó: -¡Muy buenos días! ¡Mario! ¿Cómo estás?-. Y él le contestó desde su celda, supuestamente lejísimos… Porque nosotros no sabíamos dónde estábamos. Sabíamos la hora por el cambio de los guardias que estaban arriba, por los pasos; a las cinco de la mañana, seis de la tarde, nueve de la noche…

Tuve la suerte de que un día vino un guardia y dijo: ¡Renato González! Entonces me sacaron, y yo pensé: “Ya me perdí”. El militar decía: -Venga por aquí, venga por aquí… Luego abrió una puerta y yo recibí tremenda sorpresa: ahí estaba Manolo, Nelson, Pedrito, Ezequiel, Pachico, Pedro Ramón… ¡Toda la familia! Después descubrimos qué había pasado. La esposa del coronel Frías, que era quien dirigía La Victoria, había tenido un hijo de mi papá, cuando ambos eran muy jóvenes. Entonces él me sacó de la celda para juntarme con los demás…

Después nos llevaron a una sala común. A mí me condenaron a treinta años de prisión, dizque por cometer un crimen contra el Estado. Luego apelamos, y nos metieron la misma cantidad. Más tarde, sucedió algo sorpresivo, que tiempo después me contaron mis familiares. Trujillo va en mayo a Santiago, al Centro de Recreo, y la prensa lo entrevista y él dijo que seguían los mismos problemas en el país, y citó entre ellos, a las familias Mirabal y González. Después vino a un Tedeum aquí, en Salcedo, pero ya no menciona a mi familia, sino a las Mirabal y a la Iglesia. Ahí fue que empezó a atacar a Panal, en La Vega, y a los obispos, y las muchachas caían presas a cada rato…

Posteriormente, Trujillo manda a Manuel de Moya Alonso, y éste se reúne con mi familia en la casa de Esperanza Saba, en la entrada de Conuco. El mensaje que trajo el señor Alonso fue un mensaje abrumador: “Que dice su Excelencia, el Generalísimo Dr. Rafael Leónidas Trujillo Molina, Benefactor y Padre de la Patria Nueva, que él quiere que ustedes se organicen para que compitan en las próximas elecciones con él”. Eso era una muerte segura, ¿oíste? Entonces, todo el mundo se quedó perplejo. Y un señor de apellido Gastón, de Tenares, Gallito le decían, al ver que la familia se quedó atónita, se levantó y empezó a hablar, a decir que la familia González era una familia laboriosa, que no se metía en política…

Después, Hernani González, que ya estaba terminando Derecho, tiró un señor discurso, de loas al régimen. De inmediato, Moya Alonso le ordena al chofer: -Mira, tráeme la grabadora-, y luego le dice a mi primo hermano, a Hernani, repita lo que usted dijo… Lo que estaban ahí recuerdan que dijo el discurso mejor que antes. Enseguida, Moya Alonso le llevó esa grabación a Trujillo. Según le dijo Moya Alonso a Hernani, Trujillo oyó esa grabación siete veces. Sentirse halagado era lo primordial para Trujillo. Una de esas megalomanías… Después de esa reunión, a los tres o cuatro días, llegó un telegrama a Conuco, adonde mis parientes, diciendo que Trujillo los esperaba en el Palacio Nacional.

Mi familia fue al Palacio –nosotros no sabíamos nada de eso, ni siquiera de la reunión-. Trujillo recibió a mis parientes en uno de esos famosos salones, creo que en Las Cariátides, en la segunda planta, y entonces se dirige a mi mamá: -Doña, ¿qué le pasa que usted está llorando?-, y mi madre le dice: -Ay, que mi hijo está preso-, y Trujillo le responde: -No se preocupe, que yo lo voy a soltar-; y es por eso que no duramos tanto preso…

-¿Cómo evoluciona ese proceso de liberación?

-Nos dieron libertad a Pedro Ramón, a Pachico, a Nelson González Mirabal y a mí… Nos sacaron en perrera de La Victoria, bien custodiados, sin nosotros saber a dónde íbamos, acuérdate del peligro de que te maten en la calle, pasamos por Villa Mella, por la cementera, por el puente que había ahí, y seguimos, y vemos el Palacio, ¡Dios mío!, ¿para el Palacio?

Entramos por detrás, por donde está la guardia presidencial; nos desmontaron y subimos a la segunda planta; ahí, el coronel Marcos Jorge, que era el ayudante del presidente Trujillo, nos dijo que nos sentáramos en una salita que había… ¡No sabemos lo que está sucediendo! Más tarde, cuando viene un cabo y dice que pasemos, yo que estoy en el primer asiento, pienso: “Aquí sí yo me voy a salvar”; y dejé que salieran todos, y me quedé en la cola, con un presentimiento que yo tenía… Pero cuando entramos al salón y nos pusieron así, el primero que quedó en la fila fui yo; se abrió una cortina, y entra Trujillo vestido con un traje inglés, aquel hombre imponente, con un cutis rosadito; también salen Elby Viñas Román y Johnny Abbes García. Entonces yo miré de reojo a mi familia. ¡Increíble! De inmediato, Trujillo me preguntó: -¿Por qué usted estaba preso?-; y yo le contesté: -Porque participé en una reunión con el padre Daniel Cruz Inoa-. Y Trujillo exclamó: -¡Oigan eso! Pero lo que yo respondí era una combinación del Movimiento 14 de Junio: había que acusar a la Iglesia… Ya la Iglesia había ayudado a derrocar a Perón en Argentina…

Después que Trujillo me hace esa pregunta, el que sigue interrogando es Abbes García, y ahí mismo Trujillo le pregunta a mamá: -Doña, ¿cuál es su hijo?-, y mi madre responde: -Ése que está ahí-, y Trujillo dice: -Pues venga y abrácelo-, y mientras nos abrazábamos nos retrataron… Luego Trujillo, que todavía estaba ahí, les pidió a mi mamá y a la mamá de Juan Ramón y de Pachico González que se retrataran con él… Era así que estaba él, feliz… Y mi mamá quedó ahí, y la otra señora aquí… (Renato comienza a enseñar las fotos, incluidas en un libro).

Cuando íbamos bajando las escaleras del palacio, vino uno del Servicio Secreto y le dijo a mi papá: -Mire, el Jefe es bueno y le dio la libertad a su hijo; no lo deje salir de su casa-. Entonces del palacio fuimos a la casa de Silvestre Alba de Moya. Ahí nos afeitamos y llamamos a San Francisco y avisamos que nos habían dado libertad. En un momento, suena el teléfono: era uno de la oficina de Trujillo para decirnos que Chucho González tenía que regresar al palacio. Chucho era uno de mis tíos, un hombre sin estudio pero con una conversación muy amena. Tuvimos que esperar a Chucho. Más tarde, cuando él regresó supimos que Trujillo quería que mi tío fuera senador por Salcedo, ¿qué te parece? Ante esa encrucijada, Chucho, con una inteligencia propia de la gente de campo, le dice: -Presidente, pero si yo soy senador, ¿quién le hará la política en el campo?-. Enseguida, Trujillo le respondió: -Pues entonces, recomiéndeme uno-. Y Chucho le recomendó a Luís Nelson Pantaleón, mi primo hermano. Por eso Luís Nelson cae como presidente del Partido Dominicano. Lo que Trujillo quería era envolver a mi familia. Después regresamos a Conuco…

-¿Qué sucede después que usted consiguió su libertad?

-Apenas yo iba a visitar a las muchachas… Nos visitábamos bajo mucha vigilancia. En mi casa amanecía el patio lleno de colillas; los calieses fumando ahí… Un día abrieron la llave del tanque de agua y yo le dije a mi papá: -No abra, que son ellos-. En esa época nosotros teníamos una crianza, y en una sola noche se robaron un gallo y dieciocho gallinas… ¡Todo se lo llevaron!

Debo recordarle a usted que después de mi casa estaba la de Patria, y esa casa la desmantelaron y pusieron un cuartel del SIM. ¡Imagínense, en un campo! Pero era sólo para vigilarnos a nosotros… Ése que acusaron como uno de los asesinos de las Mirabal, Silvio, pasaba frente a mi casa clavando con una espuela un mulo que tenía, y voceaba: -Ay, yo sí tengo deseo de ver sangre, hoy-, para que yo lo oyera. Luego, en Salcedo, a mí me pasaron cosas muy desagradables… Por ejemplo, yo vine un día donde un barbero, mi papá se paró a mucha distancia de la barbería, y yo iba caminando por la acera, y venían dos personas muy amigas mías, y esas personas cruzaron la calle y se fueron a la otra acera… ¡Era el miedo que había!

Dos días antes de matar a las Mirabal yo fui a saludar a Minerva. Entonces, ella me dijo: -Renato, aquí vienen a decirme que me van a matar, cuando yo vaya a visitar a mi esposo… Dicen eso… Pero Iré a juntarme en el precipicio con Donato Bencosme-. Supuestamente vino un general a avisarles a las muchachas de que las iban a matar. Por ese motivo nadie quería salir con ellas. El chofer de Tenares que salía con las Mirabal se hizo enfermo… Solo mi primo Rufino de la Cruz Disla asumió ese compromiso. Y hay una versión, no confirmada, de que él, le dio un golpe con una hoja de muelle, a uno de los calieses en el escenario del crimen, y a ese calié hubo que internarlo en el Marion, con tres costillas rotas.

¡Pero señores! ¡La estrategia para matar a las Mirabal era muy clara! Si trasladan a Manolo y a Leandro a Puerto Plata, y a Pedrito a La Victoria, ¿qué es lo que está pasando? Están apartando al González para sólo matar a las dos que fueran a Puerto Plata, a Minerva y a María Teresa, las más involucradas en la lucha antitrujillista… Sin embargo, Patria fue a visitar el jueves a su esposo, y le dijo: -Papi –como le decía a él-, yo quiero ir a Puerto Plata a visitar a Manolo y a Leandro-, y él le responde: -Sí, sí, ve, cómo no-; y entonces regresa por Macorís, con unos amigos, ellos le dicen que se quede en Macorís, pero ella no quiso, y la trajeron, y al día siguiente ella se levantó temprano y fue al viaje…

Ustedes recordarán que René Bournigal, dueño del jeep, había ido con ellas, antes, pero entonces iba la mamá de Manolo, Minerva, Maria Teresa, y doña Pura, la esposa de René. Ahí no pasó nada, porque los calieses tenían la orden de que no podían matar a más de cuatro personas. La orden del asesinato se la dio Trujillo a Candito García, y éste se la pasó a Víctor Alicinio Peña Rivera, que era el jefe del SIM en Santiago. El mismo Candito le mandó a Peña Rivera ese equipo de calieses. Dentro de ellos estaba Manota, que era Estrada Malleta, uno de los asesinos que vinieron con Batista.

Recuerdo que cuando mataron a las Mirabal, mi papá y yo salimos desde temprano, a una finca en Castillo, y regresamos a las seis de la tarde. Por allá nos dijeron que ellas habían tenido un accidente, y cuando pasamos frente a la casa de doña Chea, yo dije: -Papá, eso no puede ser verdad; Trujillo no se va a atrever a matar a las muchachas-. Además, la casa estaba solitaria… Llegamos al campo, a mi casa, nos metimos en un patio grandísimo, donde había un secadero de cacao, y salió Luís Francisco, mi hermano, y me dijo: -Ay, Renato, las muchachas murieron-. Yo me puse loco… Tuvieron que amarrarme con una soga a la cama. Yo no visité nunca la tumba de las Mirabal, hasta que las trasladamos de ahí a donde está el museo.

Posteriormente, Trujillo visitó a Conuco. Yo estaba en mi casa cuando él llegó… Algunos tuvieron la suerte de no estar presentes, como Antonio Ezequiel y Nelson González, que no se encontraban en Salcedo… Trujillo llegó y con quien habló fue con mi papá, saluda a la abuela de la casa, y le toman una fotografía de espalda, y la prensa dijo al otro día que era la mamá de las Mirabal. Dicen que ese viaje lo hizo Trujillo para ver la casa de Patria, que estaba enfrente.

Recuerdo que Trujillo se desmontó del carro, saludó a papá, y el primer gancho que le tiró fue que si estaba de acuerdo con el precio del cacao, y mi papá le dijo que sí… Luego, entró a la casa… Había una habitación así, y ahí pusieron la mesa y la silla para él. Cerraron la puerta de atrás, y de una vez empezó a tomar agua Poland con Carlos I; estaba vestido de civil… Se hallaban presentes Paíno Pichardo, Chu Camilo, Álvarez Pina, Fortunato Canaán, Juan Rojas, que era el senador por Salcedo, Francisco Prats Ramírez, y sentado detrás de Trujillo, se hallaba su psiquiatra, un hombre ya canoso, quien estaba aplicándole una terapia… Por supuesto, también estaban los policías y los guardias…

Llevaron una orquesta para hacer una fiesta frente a la casa de Patria Mirabal. Ahí estaba Primitivo Santos tocando en la galería, “que va gallo que va, no lo tumban, este gallito de Quisqueya…” ¡Increíble! La comida que hicieron en Salcedo para Trujillo la llevaron allá, pero en la casa cocinaron para esa multitud que había ahí. Cuando iban a comer, Trujillo baja un escaloncito, y ahí mismo hace una cosa con la que me di cuenta de que ya estaba loco. “¡Viva Trujillo!”, exclamó el propio Trujillo con su voz atiplada, mientras daba un ridículo saltito… Luego, se sentó a la mesa, lo protegieron por detrás, y comió no de la comida que hicieron en Salcedo, sino de la que prepararon en la casa, un moro de guandules.

Cuando él se iba, yo estaba cerca. Él venía caminando y traía un bastón, no porque él no pudiera caminar, sino un bastón de lujo, de mando, diría yo, y al lado venía el señor Paíno Pichardo diciéndole una poesía: “Trujillo, las estrellas palidecen ante tu paso…”, y Trujillo se reía, mientras el psiquiatra continuaba dándole su terapia.

domingo, 9 de agosto de 2009

La Acción Clero Cultural, una organización de la resistencia antitrujillista

Cuaderno de apuntes

Dedicada a la cultura dominicana

Conversación en la capilla:

A raíz de llegar los héroes de Constanza, Maimón y Estero Hondo el 14 de junio de 1959, una parte de la juventud universitaria se llenó de entusiasmo, ante el ejemplo dado por esos dominicanos que habían ofrendado sus vidas por la patria. Acuciados por esta inquietud, y aprovechando las vacaciones de verano, Rafael Taveras (Fafa), Antonio Ezequiel González y Francisco Aníbal González (Pachico) se reunieron el domingo, 5 de julio del año 1959, en la casa de Antonio Ezequiel, en la comunidad de Conuco, en Salcedo.

Entrevista a Francisco Aníbal González, luchador antitrujillista

La Acción Clero Cultural, una organización de la resistencia antitrujillista

Por Pedro Camilo


I. Conversación en la capilla:

A raíz de llegar los héroes de Constanza, Maimón y Estero Hondo el 14 de junio de 1959, una parte de la juventud universitaria se llenó de entusiasmo, ante el ejemplo dado por esos dominicanos que habían ofrendado sus vidas por la patria. Acuciados por esta inquietud, y aprovechando las vacaciones de verano, Rafael Taveras (Fafa), Antonio Ezequiel González y Francisco Aníbal González (Pachico) se reunieron el domingo, 5 de julio del año 1959, en la casa de Antonio Ezequiel, en la comunidad de Conuco, en Salcedo.

Tres años antes, las palabras de una educadora habían encendido la chispa del patriotismo en Pachico González, quien entonces era un joven de 16 años, estudiante del segundo año del bachillerato. Recuerda que la profesora María Teresa Brito cultivaba una gran amistad con Minerva Mirabal. Y un domingo, estando la maestra de visita en la casa de Patria Mirabal, colindante con la de Pachico, éste se acercó y la señorita Brito les dijo a él y a Minerva: -Miren, jóvenes, en ustedes descansa el porvenir de la patria.

En aquel domingo de julio, ahora en el hogar de Antonio Ezequiel, la frase de la señorita Brito se había convertido en fuego sagrado. Así, durante varias horas los jóvenes discutieron sobre la forma de aportar algún esfuerzo a la lucha para liberar al pueblo de la dictadura trujillista.

Ya a las cinco de la tarde, arribaron a dos conclusiones: primero, que para integrarse a esa causa, debían acercarse a los seminaristas, con la intención de conocer la actitud que ellos tenían en ese sentido; y segundo, que para poder llevar a cabo el movimiento y que no fueran detectados en lo inmediato, tenían que realizar una manifestación política a favor de Trujillo.

Esta última decisión fue adversada por Pachico González; pero al final, Fafa Taveras lo convenció de que esa estrategia era correcta, porque si no, cualquier actividad causaría suspicacia en las autoridades y en los agentes del SIM. Animados por tal iniciativa, los jóvenes salieron de la casa de Antonio Ezequiel y se dirigieron a la capilla de San José de Conuco, ya que intuyeron que los seminaristas podrían encontrarse ahí.

En efecto, los religiosos acababan de llegar. Entre éstos, se hallaban Juan González, Tobías Cruz, Vinicio Disla y Ramón de Jesús Pons Bloise (Monchú). Cuando el grupo les habló acerca de sus intenciones, uno de los seminaristas dijo que ellos terminaban de bajar de las lomas de Constanza, y que venían aterrorizados porque aquello era tierra arrasada. Sin muchos rodeos, concluyeron que estaban dispuestos a unirse a los estudiantes universitarios. Enseguida, se decidió que al día siguiente se reunirían en la iglesia de Tenares, donde había un sacerdote que los seminaristas conocían como antitrujillista y que tenía un liderazgo dentro de la juventud deportista cristiana. Se trataba del padre Ercilio de Jesús Moya.

Encerrados en un aposento de la casa curial, los estudiantes y los seminaristas sostuvieron un encuentro no sólo con De Jesús Moya, sino también con el padre Daniel Cruz, quien se encontraba de visita en la parroquia con el propósito de impartir un retiro. Luego de discutir algunos aspectos, el padre Cruz les dijo que él contaba con varias personas de Moca y de Santiago, las cuales podría ponerlas en contacto con el grupo. Asimismo, los estudiantes les comunicaron la decisión de efectuar una manifestación de apoyo a Trujillo, propuesta que fue acogida por los sacerdotes.

Al día siguiente, el grupo visitó al señor Basilio Camilo, quien era el gobernador de la provincia de Salcedo. De entrada, los jóvenes le dijeron que ellos estaban interesados en cultivarse durante las vacaciones, intercambiando ideas y dando conferencias, preferiblemente en la escuela pública Dr. Rafael Trujillo Molina. También, le expresaron que para desarrollar tales propósitos, aunarían sus esfuerzos con los seminaristas. Al final, le indicaron que otro de sus objetivos era realizar una manifestación política a favor del Generalísimo Rafael Leonidas Trujillo Molina, Benefactor y Padre de la Patria Nueva.

Por supuesto, el gobernador aceptó. De una vez, llamó al presidente del Partido Dominicano, para que avalara el proyecto de los universitarios. Ese mismo día, las autoridades se comprometieron a darles fondos para los gastos de publicidad en los periódicos. Sin tardanza, formaron el comité que habría de presidir a la Acción Clero Cultural. Estuvo integrado por Vicente González Garrido, como presidente, porque, según acota Pachico González, era el más intelectual de los universitarios salcedenses; asimismo, por Sofía Rojas, como vicepresidenta; y completaron la directiva, Fafa Taveras, Antonio Ezequiel González y Francisco Aníbal González.

II. El fin corona la obra:

La primera reunión se llevó a cabo en la escuela. A ese encuentro asistieron algunos jóvenes conocidos como anticlericales, entre ellos, Jorge Tejada, de San Francisco de Macorís, pero que entonces estudiaba el bachillerato en Salcedo. Era hermano de Dulce, otra de las militantes del movimiento.

De inmediato, a los gestores les llegó el rumor de que las autoridades habían mostrado cierta suspicacia ante la presencia de anticlericales en una charla dictada por un seminarista. Al respecto, Pachico González recuerda que aprovechando una actividad en la que se hallaba el gobernador, Vinicio Disla y él le preguntaron si podían continuar con las reuniones culturales, a pesar de los comentarios suscitados, y el señor Camilo les dijo que no había ningún inconveniente. Sin embargo, el grupo decidió suspender esas conferencias.
Más tarde, en cambio, efectuaron la manifestación política en el local del Partido Dominicano. En esa oportunidad, hablaron Sofía Rojas y Vicente González, entre otros, mientras que Fafa Taveras fue el maestro de ceremonia. Esta acción les facilitó a sus organizadores una coraza, pues adquirieron cierta fama de trujillistas, según confiesa Pachico González, lo que les permitiría una mayor libertad para llevar a cabo sus planes conspirativos.

III. El desarrollo de la organización:

Pasado el tiempo, el padre Daniel Cruz les envió al grupo, como contactos, primero, a un señor llamado Hipólito Medina, y después a Marién García, un joven mocano que era un líder deportista. Luego se realizó una reunión en Tenares, donde participó Luís Peña González (Papilín), un seminarista que a la sazón residía en La Romana.

Posteriormente, la Acción Clero Cultural hizo contactos con los hermanos Bueno Bisonó, de Navarrete. En La Lomota, concretamente en la finca del padre de los Bueno Bisonó, probaron el efecto que podía causar una bomba de estruendo. Dicho artefacto estaba formado por un reloj, una pila y un niple que se llenaba de pólvora. Relata Pachico González que con el dinero que sobró de la manifestación política, el grupo compró los primeros cohetes chinos para extraerles la pólvora. Por las noches, con la finalidad de realizar este trabajo, se reunían en la casa del matrimonio González Mirabal, en Conuco, Nelson, Patria, Pedrito, Renato, María Teresa, Pachico y su hermano Pedro Ramón González.
Asimismo, efectuaron contactos en San Francisco de Macorís con Dulce Tejada, Niño Álvarez Pereyra y Miguelito Tejada Yangüela; y en La Vega, en la comunidad de Barranca, con el entonces seminarista Nicolás de Jesús López Rodríguez, actual Cardenal.

Nazarena Ruiz, esposa de Pachico González y autora de una tesis de grado sobre la Acción Clero Cultural , resalta la efervescencia antitrujillista que existía en el seminario Santo Tomás de Aquino. El padre Fabré de la Guardia, jesuita cubano, fue el primero que orientó sobre la forma de construir las bombas de niple. Ciertamente, en el cerrado recinto del seminario, al padre Fabré le resultaba fácil crearles una conciencia antitrujillista a los seminaristas. Lo que venía a ser una tarea de gran relevancia, puesto que el régimen tenía el control absoluto de los medios de comunicación, un monopolio mediático que cotidianamente exaltaba la figura de Trujillo, dificultando de este modo la toma de conciencia del pueblo.

IV. La fusión de la Acción Clero Cultural con el Movimiento Clandestino 14 de Junio:

Los gestores de la Acción Clero Cultural conocían las actividades que estaban desarrollando Minerva Mirabal y Manolo Tavárez, en el sentido de la estructuración de un movimiento que más tarde adoptaría el nombre de “14 de Junio”, en homenaje a los héroes de Constanza, Maimón y Estero Hondo. Sin embargo, los activistas de la ACC prefirieron seguir haciendo contactos a nivel universitario.

Tiempo después, en la ciudad de Santiago, Cayeyo Crisanty y el doctor José Tallaj establecieron contactos con Minerva y Manolo y les expresaron que en Salcedo existía una agrupación de campesinos, seminaristas y estudiantes universitarios que se había integrado a la lucha antitrujillista. A partir de entonces, se produce la fusión, y Minerva Mirabal empieza a confiarles tareas a los miembros del grupo.

Luego de este acercamiento, los jóvenes siguieron trabajando en diversas labores. Narra Pachico González que a la sazón, hicieron contactos con algunas personas de Villa Trina, en Moca, y entre ellas, se hallaba el empresario Rafael Tejada (Pucho). El contacto entre éste y el grupo de Salcedo, era Bienvenido, un estudiante de medicina hermano de Tejada.

Con la finalidad de recibir diez relojes de los que se usaban para fabricar las bombas, Pachico tuvo que viajar, en el carro de su tío Pedro González, desde Conuco a Jima, en La Vega, cruzando por San Francisco de Macorís. En esa ocasión se reunió con un enviado en el balneario de Rincón, para recoger los relojes que había remitido Pucho Tejada. No hace falta decir, que este esfuerzo de desplazarse a lugares relativamente distantes, se ponía en práctica para tratar de despistar a los agentes del SIM.

Otra estrategia para comunicarse, principalmente con el exterior, la implementó Dulce Tejada, en San Francisco de Macorís. Ella preparaba una carta de este modo: tomaba dos hojas de papel y las perforaba en diferentes puntos; el receptor tenía otra hoja calada; y entonces se escribía el mensaje, por ejemplo: “Estamos esperando las armas”. Cuando la carta llegaba, se le ponía encima el papel agujereado y se leía el mensaje en cuestión. Como estas correspondencias no se podían mandar por el correo ordinario, se remitían con un aviador que pertenecía al movimiento.

V. El descubrimiento del complot:

Ya el movimiento había crecido. A fin de que ocurriera un acercamiento entre sus miembros, el sábado, 9 de enero del año 1960, se llevó a cabo una reunión en la casa del matrimonio González Mirabal, en Conuco, Salcedo. Al día siguiente volvieron a reunirse, pero ahora en la finca de Charlie Bogaert, en Mao. En esa asamblea nacional surgió el nombre de “Movimiento Revolucionario 14 de Junio”. También, se designó el Comité Ejecutivo Central, resultando electo como presidente Manuel Aurelio Tavárez Justo (Manolo). De igual manera, fueron escogidos Rafael Faxas Canto (Pipe), como secretario general; Leandro Guzmán, tesorero; y como vocales, Luís Gómez Pérez, Luís Antonio Álvarez Pereyra; Abel Fernández Simó, Julio Escoto Santana, Rodrigote, Mesón y Cayeyo Crisanty .

Por intentar efectuar un reclutamiento, la agrupación fue descubierta. Así, tres días después de la reunión de Mao, Manolo Tavárez y Leandro Guzmán cayeron en prisión. Según confiesa Pachico, esa información llegó hasta él inmediatamente. En medio del desconcierto, Fafa Taveras, Antonio Ezequiel y Pachico González se reunieron el 19 de enero, en la universidad, y de primera intención, decidieron que si uno de ellos era apresado, los otros dos debían pedir asilo en la Nunciatura, donde ya les habían ofrecido esa posibilidad.

Sin embargo, cambiaron ese propósito, ya que consideraron dos aspectos del problema: primero, la experiencia que había con los asilados, que era muy traumática, ya que pasaban hasta dos años metidos en la embajada, como el caso de los Moreno, de San Francisco de Macorís; y segundo, se preguntaron quiénes recibirían las armas que estaban pendientes de enviar, las que podrían ser usadas para rescatar a los hombres que ya se encontraban presos. Entonces, decidieron quedarse afuera.

Otra idea romántica que les surgió, fue la de que ellos debían proteger las lámparas que se emplearían para señalar las coordenadas donde se tirarían las armas, por medio del vuelo rasante de un avión, durante la noche. Estas coordenadas habían sido enviadas al exterior, mediante el sistema de mensajes que utilizaba Dulce Tejada.

Ahora bien, el destino de estos estudiantes sería otro.

A las seis de la mañana del 20 de enero, Pachico González, a quien Leandro Guzmán le había encomendado las tres lámparas, estaba levantándose en el colegio Calazán, para asistir a una misa. De pronto, escuchó un carro del SIM que se acercaba, mientras alguien decía: “Estamos llegando al colegio Calazán, para buscar a Pachico González”. Enseguida, tomó las lámparas y fue y tocó la puerta de la habitación de Nelson González Mirabal. Pero éste no respondió. En consecuencia, regresó y guardó las lámparas, y cuando intentó dirigirse a la capilla, un hombre, que después resultaría ser el agente del SIM, César Villeta, lo interceptó y tras identificarlo, lo metió en el Volkswagen.

En el trayecto, Francisco Aníbal fue sometido al terror psicológico. Además, los agentes lo conminaron para que les diera las direcciones de Fafa Taveras y Antonio Ezequiel González, reclamo este al que Pachico no accedió. En la cercanía de La 40, uno de los calieses dijo que ya estaban llegando al Templo de la Verdad, y que ahí el detenido hablaría.

VI. El infierno no tiene límites:

Al llegar a La 40, Anibita Trujillo le preguntó a Pachico por las direcciones de los dos activistas, y de nuevo el joven respondió que no sabía nada. Por orden de Anibita, lo llevaron a El Coliseo, que era la base octagonal de la torre de radio del Servicio de Inteligencia Militar. En ese espacio de torturas, le estaban dando una golpiza a un señor alto, desnudo, que luego Pachico supo que era Rafael Santini. Luego de una instantánea reflexión, les dijo a los calieses que tal vez él podría recordar la dirección. Al momento, lo montaron de nuevo en el WolKswagen y se dirigieron a la calle Caracas, donde residía Antonio Ezequiel, tras mudarse del colegio Calazán. Gracias a la habilidad de Pachico, la búsqueda resultó infructuosa.

Después de regresar, Francisco Aníbal fue desnudado y metido en una celda. Sin embargo, al rato lo sacaron y tuvo la oportunidad de juntarse con Leandro Guzmán y con Marién García, quienes le confiaron cuáles de los conspiradores habían sido mencionados. Por esta razón, en el interrogatorio de la noche, Pachico sólo repitió los nombres de los que ya estaban presos.

Esa misma noche, el joven recibió una paliza en El Coliseo. Antes, había estado esperando su turno, desde las cinco de la tarde, compartiendo las mismas esposas con Tilito Portorreal, de Salcedo. Se mantuvo ahí, al lado de Manolo Tavárez, mientras le abanicaba la espalda con la mano, para espantarle las moscas que sobrevolaban atraídas por la fetidez de las heridas infectadas.

Al tercer día, a las cuatro de la madrugada, lo sacaron de la celda y lo montaron en una perrera para llevarlo a la cárcel de La Victoria.

En aquel momento, y relacionadas con el destino de los prisioneros, la dictadura barajaba dos estrategias, representadas, una, por Johnny Abbes García, Jefe del Servicio de Inteligencia Militar; y la otra, por Manuel de Moya Alonso, diplomático al servicio de Trujillo. Abbes García defendía la eliminación de todos los detenidos; en cambio, Moya Alonso propugnaba por la liberación de los presos más jóvenes y provenientes de familias conocidas.

A la par, algunos conspiradores encarcelados sopesaban otra estrategia. Sus mayores defensores eran Pipe Faxas y Leandro Guzmán. Ellos entendían que una forma de salir vivos, era llevar a las cárceles a jóvenes antitrujillistas pertenecientes a familias vinculadas al gobierno; y por eso, mencionaron, entre otros, a Wenceslao Vega, emparentado con la familia de Peña Batlle; a José Israel Cuello, hijo de Antonio Cuello, amigo de Trujillo; y a Rafael Francisco Bonnelly, hijo de Rafael Bonnelly, un viejo colaborador de Trujillo.

Después comenzó a generarse un movimiento que evidenciaba un despertar de la sociedad. Como actitud relevante, se recuerda que los estudiantes distribuyeron panfletos en la universidad; esto provocó una reacción del gobierno que favoreció a muchos de los presos políticos. Asimismo, la pastoral de la Iglesia Católica tuvo mucha importancia, porque le dio un bofetón a Trujillo, quien jamás pensó que ésta adoptaría una posición en contra de su régimen. Estas acciones tuvieron una repercusión internacional, y hasta los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, llegó un listado con los nombres de los presos políticos, entre los que se encontraba el de Francisco Aníbal González.

Debido a la gran presión de la comunidad internacional, llevaron a los presos al tribunal para juzgarlos, montando de esta manera un sainete a fin de tratar de justificar las cosas. El primer grupo estuvo conformado por unos 40 presidiarios, entre los cuales figuraban Leandro Guzmán, Moncho Imbert Rainieri, Tomasina Cabral (Sina), Francisco Aníbal González y el doctor Fernández Caminero. El fiscal actuante fue el doctor Víctor Garrido Puello, quien pidió una condena de 30 años de trabajo público; el juez le concedió la pena solicitada.

VII. De La Victoria al Palacio Nacional:

Ya Francisco Aníbal González tenía cuatro meses en la cárcel de La Victoria, cuando, el 16 de mayo de 1960, en Santiago, Trujillo le manifestó a la prensa que existían algunas familias que habían pretendido perturbar la paz de la nación. Entre esas familias, se hallaban los González y los Mirabal, de Salcedo, quienes eran comunistas y testigos de Jehová, según la referida declaración. Más tarde, sin embargo, la familia González recibió un telegrama de Manuel de Moya Alonso, que decía que lo esperaran en una casa para que le brindaran un sancocho. La reunión se produjo en la residencia de Esperanza Saba, en Conuco.

En el encuentro, De Moya Alonso expresó que él había ido a realizar una investigación, porque al Palacio Nacional había llegado la información de que los que estaban conspirando contra Trujillo eran los viejos que se encontraban ahí, pues los jóvenes ya estaban presos. Afortunadamente, uno de los presentes se levantó y dijo que eso era una equivocación, porque la familia González se hallaba integrada por hombres amigos del Jefe y cultivadores de la tierra. Entonces, aprovecharon la ocasión para solicitarle que libertaran a sus parientes; además, le prometieron que ellos se harían responsables de los hechos que en lo adelante cometieran los muchachos.

De inmediato, De Moya Alonso les solicitó que repitieran lo expresado para realizar una grabación. Enseguida tomó la palabra Hernani González, abogado, quien pronunció un excelente discurso. Según cree Pachico González, De Moya Alonso le pasó por radio la grabación a Trujillo. Al día siguiente, la familia recibió un telegrama donde se comunicaba que fueran hasta dieciocho personas al Palacio Nacional, para entregarles a los jóvenes.

El domingo, 21 de mayo, buscaron en la cárcel a Renato, a Pedro Ramón, a Antonio Ezequiel, a Francisco Aníbal, y a Nelson González, quien logró salir porque no le pusieron el apellido Mirabal. También, incluyeron a Enriquillo Rivas, que era sobrino de Mario Fernández Mena, y que había sido el canal que usaron para enviar el telegrama.

En el Palacio Nacional, los jóvenes fueron sentados en el antedespacho de Trujillo, donde se reunieron con sus familiares. Al momento, salió Trujillo y expresó, con su voz atiplada y altisonante: -Ahí tienen a sus héroes; abrácenlos y bésenlos-. (En realidad, la prensa citaría a Trujillo de esta manera: “Ahí tienen a sus muchachos”.) Después de los abrazos, el dictador dijo: -Usted –dirigiéndose a Renato González-, ¿por qué estaba preso?-. Y Renato respondió: -Ah, porque yo asistí a una reunión donde estaba el padre Daniel Cruz.

De pronto, Trujillo se puso rojo, y se dirigió a la prensa, elevando la voz: -¡Tomen nota de eso!-. Luego, siguió preguntándoles a los jóvenes: -¿Y usted? ¿Y usted?-, y cada uno respondía: -¡Por lo mismo!

Acto seguido, haciendo galas de sus dotes histriónicas, Trujillo pronunció un discurso:
-¿Ustedes pensaban coger el monte? Sepan ustedes que nuestro país está mejor preparado que cualquier otro en el continente, excepto los americanos. Peleamos contra Cuba, Venezuela, o cualquier otro que nos quiera invadir. Tenemos mejores armas y mejores hombres, hombres muy bien preparados…

Tan pronto como terminó, Trujillo dijo:
-Vengan las madres para tomarles una fotografía.

Toda la prensa del 22 de mayo estuvo dedicada a reseñar esa noticia. “Trujillo entrega jóvenes con motivo del Día de las Madres”; “Jóvenes declaran sacerdote los involucra en movimiento conspirativo”; y “Jóvenes expresan palabras de agradecimiento al Jefe”, fueron algunos de los titulares que mostraron los diarios de entonces. Tres cuartos de la primera plana y un cuarto de la segunda sección de todos los periódicos, contenían fotos y textos relacionados con esta información.

¿Por qué liberta Trujillo a los jóvenes González? De acuerdo con Francisco Aníbal, quien recibió esta revelación de parte del entonces Subsecretario de Agricultura, Silvestre Alba de Moya, Trujillo sopesó las propuestas de Johnny Abbes García y de Manuel de Moya Alonso, y al final se inclinó por la de éste: liberar a los presos más jóvenes y provenientes de familias conocidas. En consecuencia, y siguiendo sus habituales sainetes, Trujillo fue a Santiago y produjo la ya mencionada declaración, y luego envió a Moya Alonso a Conuco para que la familia González le solicitara la libertad de sus parientes.

Santo Domingo, República Dominicana
Lunes, 18 de junio de 2007