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domingo, 15 de julio de 2012

Johnson objetó gobierno encabezó Imbert Barreras

 
 
 
El general Antonio Imbert Barreras encabezó el Gobierno de Reconstrucción Nacional.
El general Elías Wessin y Wessin
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47 años de la Guerra de Abril del 65

27 Abril 2012, 9:34 AM

Johnson objetó gobierno encabezó Imbert Barreras

El presidente estadounidense dijo que "yo no voy a la historia como el hombre responsable de poner otra Trujillo en el poder"

Escrito por: HECTOR MINAYA (h.minaya@elnacional.com.do)

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Las maniobras políticas entre todas las partes beligerantes durante la Guerra de Abril de 1965 comenzaron el 3 de mayo, un día después de que los Marines establecieron un cordón de seguridad sobre Ciudad Nueva, que terminó con cualquier posibilidad de un ataque de los rebelde a la Junta Militar de San Isidro.
Ante la imposibilidad de una victoria militar, los rebeldes rápidamente cambiaron de táctica y lanzaron una vigorosa ofensiva de propaganda política.
El primer “disparo” fue el 4 de mayo, cuando un Congreso constitucionalista eligió al coronel Caamaño Deñó como presidente de la República.
Mientras se realizaban estas actividades, los funcionarios estadounidenses gestionaban formar un gobierno con apoyo popular que sustituyera a la Junta Militar de San Isidro, que encabezaba el coronel Pedro Bartolomé Benoit.
El emisario del presidente de Estados Unidos Lyndon B. Johnson, John Bartlow Martin, con el apoyo del embajador William Tapley Bennett tomó la iniciativa de buscar al general Antonio Imbert Barreras, un Héroe Nacional por su papel en la muerte del tirano Rafael Leonidas Trujillo Molina.
Según un documento de la CIA, Imbert tenía un ejército privado de 2.000 hombres, y un fuerte apoyo en la Policía Nacional. Pero lo que le convirtió en un candidato atractivo a los ojos de Martin fue el distanciamiento con los oficiales de San Isidro, incluso con el general Elías Wessin y Wessin.
Martin creía que "un acercamiento entre Caamaño e Imbert no era imposible."
Imbert encabezó la lista de cinco candidatos que pudieran constituir un Gobierno de Reconstrucción Nacional (GRN). Como segundo integrante Imbert tomó a Benoit para no defenestrar por completo a la junta existente. Los otros tres candidatos iban a ser civiles, pero los retrasos surgieron al tratar de reclutarlos.
El embajador Bennett informó al Departamento de Estado que pocas personas estaban calificadas para los puestos, y que algunos calificados expresaron su rechazo a servir. Después de una búsqueda rigurosa de los candidatos, el 7 de mayo Imbert fue juramentado como presidente de la GRN.
Bennett recomendó el reconocimiento inmediato de Estados Unidos del nuevo gobierno, pero el Departamento de Estado lo objetó, alegando que tal medida podría afectar negativamente el siguiente paso en el proceso que era la estabilización, conforme a lo previsto por Washington y la OEA, mediante la formación de un Gobierno provisional con el apoyo de las partes beligerantes.
Esto no fue buena noticia para el presidente Johnson, quien, a diferencia de los funcionarios de Estados Unidos en la escena, tiende a culpar a Imbert de la deriva hacia la acción militar. "Yo no voy a pasar a la historia como el hombre responsable de poner otro Trujillo en el poder", se dice que expresó al referirse al general Imbert.
Con la esperanza de ser capaz de restaurar el orden a través de medios diplomáticos, Lyndon B. Johnson decidió enviar a McGeorge Bundy, consejero de Seguridad Nacional, Cyrus R. Vance,y a otros a Santo Domingo.
La idea central de las instrucciones de Bundy era sacrificar la GNR, en su caso, a favor de un gobierno que garantice la seguridad de los militares dominicanos y la eliminación o la detención de los comunistas y castristas. Palmer, al enterarse de que la misión estaba en el camino, no estaba contento. Para él, no era más que otro ejemplo de la interferencia de las autoridades superiores políticas que carecían de una apreciación profunda de la complejidad de la "visión local".
El equipo de Bundy, más tarde se comentó con sorna, que se espera lograr una "rápida y sucia" solución dentro de las cuarenta y ocho horas.
En un primer momento, el principal escollo para un acuerdo entre la GRN y los constitucionalistas parecía ser la insistencia de Caamaño de que no se reuniría con Imbert hasta que ciertos oficiales vinculados con el grupo de San Isidro, abandonaran el país.
Funcionarios de Estados Unidos convencieron a Imbert de aceptar la condición, pero la clave del progreso era Wessin, un "hombre honorable", de acuerdo a Bennett, pero rechazado por el bando constitucionalista.
Wessin prometió a Bennett y a Palmer, el jefe de las tropas estadounidenses en el país, que iba a renunciar por el bien del país y aceptar un puesto en el extranjero, para mejorar las perspectivas de paz.
En el contexto de violaciones de alto el fuego en ambos lados, los esfuerzos para conseguir que Caamaño e Imbert se juntaran resultaron inútiles.
Los funcionarios estadounidenses dudaban de que Caamaño era un "agente libre", y sospechaban que los elementos radicales dentro de la comitiva del coronel deliberadamente trataban de sabotear un compromiso político.
Caamaño, por su parte, expresó sentimientos similares acerca de Imbert, a quien veía como el títere de los generales trujillistas y wessinistas.
UN APUNTE
La misión de Bundy
La idea central de las instrucciones de McGeorge Bundy era sacrificar el Gobierno de Reconstrucción Nacional, en su caso, a favor de un gobierno moderado que garantizara la seguridad de los militares dominicanos y la eliminación o la detención de los comunistas y castristas.

Las batallas del 15 y 16 de junio, las más sangrientas frente a las tropas de EEUU

 
 
Rafael-Fafa- Taveras, jefe del comando del 14 de Junio habla en el parque Independencia en recordación de los caídos en Constanza, Maimón y Estero Hondo.
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47 años de la Guerra de Abril del 65

28 Abril 2012, 2:00 PM

Las batallas del 15 y 16 de junio, las más sangrientas frente a las tropas de EEUU

Los marines estadounidenses lograron extender el cordón de seguridad para proporcionar una mayor protección a la planta eléctrica de El Timbeque

Escrito por: HECTOR MINAYA (h.minaya@elnacional.com.do)

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Con el Palacio Nacional neutralizado, el comandante de las fuerzas de Estados Unidos, general Bruce Palmer Jr, volvió su atención a proporcionar una mayor seguridad para la planta eléctrica de El Timbeque, ubicada en la margen occidental del río Ozama, cerca del sector de Santa Bárbara, que, aunque controlada por la 82 división del ejército estadounidense, era vulnerable a ataques de los constitucionalistas.
En un momento, a mediados de mayo, el general Palmer Jr había considerado el uso de la fuerza militar para impulsar más las líneas, pero en cambio decidió negociar con los constitucionalistas en un intento de lograr el mismo objetivo.
El 10 de junio, sin embargo, las negociaciones se vinieron abajo cuando los rebeldes rechazaron las propuestas para extender la línea de seguridad de la denomina Fuerza Interamericana de Paz (FIP).
Fue una decisión trágica para la parte de los constitucionalistas. En pocos días, Palmer pudo obtener su línea de seguridad nueva y en la batalla más sangrienta de la intervención de las tropas estadounidenses contra las fuerzas del coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó.
Oficiales FIP y funcionarios estadounidenses en Santo Domingo habían previsto algún tipo de actividad militar de los rebeldes el 14 de junio, un día en que se recordaba en Ciudad Nueva la caída de los combatientes del 14 de junio de 1959. Esa noche, un breve tiroteo se desató después de que un grupo de rebeldes dispararon contra una posición de Brasil, pero era un ataque insignificante, al parecer, no autorizado por Caamaño. Un coronel rebelde se disculpó más adelante con los brasileños y prometió llevar a un consejo de guerra a los promotores, lo que generó especulaciones acerca de la moral de los rebeldes, la unidad y frustraciones.
La discordia en el campo constitucionalista y la incapacidad de Caamaño para controlar a sus fuerzas descentralizadas fue lo que probablemente llevó a algunos grupos rebeldes para disparar contra las posiciones de EEUU y Brasil a la mañana siguiente.
Las unidades de la FIP atacadas fueron las de los batallones 505 y 508, las que devolvieron el fuego.
Pero cuando el batallón 505 sufrió un ataque siniestro, los paracaidistas respondieron por sus pérdidas. El fuego entre ambos bandos se fue intensificando y en un plazo de dos horas se produjo una batalla campal.
La 82 división rápidamente ideó un plan para limpiar la zona de los rebeldes. El batallón 508 lanzó el ataque, con el apoyo del segundo batallón que se trasladó hacia el sur en territorio rebelde, aunque con una fuerte resistencia por parte de los rebeldes, destacándose en esas acciones los combatientes del comando de Poasi, el poderoso sindicato que agrupaba a los trabajadores de los puertos. También del comando de Pichirilo y el comando de San Antón, dirigido por Eliseo Andújar (Barahona), y Federico Orsini (Fico).
Las tropas estadounidenses lograron en menos de dos horas avanzar en varios bloques. La rapidez del avance y la aparente desintegración de las fuerzas rebeldes en la parte delantera pronto tuvo el pensamiento de los comandantes de la acción de empujar todo el camino hasta la fortaleza Ozama.
La oportuna llegada de Palmer, al parecer por órdenes de Washington, impidió tal acción.
Viajando en un jeep sin radio, Palmer no pudo ser contactado en el camino a la sede de la Embajada norteamericana, y el comandante de las tropas utilizó el intervalo para tomar dos bloques adicionales hacia el oeste por la calle Arzobispo Meriño hasta la calle General Cabral, de Santa Bárbara.
La lucha continuó un día más, pero no hubo avances por parte de la FIP. Según reportes estadounidenses, las tropas de la 82 D sufrieron 31 heridos, tres de los cuales murieron poco después. Los brasileños, que tenían órdenes de permanecer a la defensiva, sufrieron cinco heridos.
Fuentes de Estados Unidos estiman las bajas rebeldes en 99 muertos y más de 100 heridos. (Algunas fuentes de colocar las bajas rebeldes, entre ellos civiles, a 300.)
Como resultado de los combates, las tropas de Estados Unidos ampliaron el área del cordón de seguridad a una treintena de bloques cuadrados.
Cuando el equipo de observación de Naciones Unidas en República Dominicana reclamó el retorno al status quo de antes, el jefe de la FIP, el brasileño Alvim se negó.
La retención de los nuevos puestos redujo el bastión rebelde y dio mejor seguridad a la central eléctrica.
En cuanto a los rebeldes, después de la lucha del 15-16 de junio se mostraron renuentes a atacar las posiciones de Estados Unidos.
Los maltratos recibidos por los constitucionalistas el 15 los hizo más susceptibles a una salida negociada del conflicto, en tanto, endureció la determinación del Gobierno de Reconstrucción Nacional para obtener el reconocimiento como Gobierno provisional.
UN APUNTE
47 años de la invasión
Hoy se cumplen 47 del inicio del desembarco de las tropas de Estados Unidos en el país , la segunda intervención estadounidense en el siglo XX. Un total de 23, 850 marines ocuparon la Capital dominicana.

Jefes militares San Isidro entraron en estado pánico el martes 27 de abril 65


El presidente Lindon B. Johnson autorizó desembarco de 500 marines estadounidenses para operaciones defensivas.


 

47 años de la Guerra de Abril del 65

23 Abril 2012, 12:44 PM

Jefes militares San Isidro entraron en estado pánico el martes 27 de abril 65

La desesperada situación descrita por el embajador en RD William Tapley Bennett al Departamento de Estado de EEUU hizo que el presidente Johnson ordenara desembarco

Escrito por: HECTOR MINAYA (h.minaya@elnacional.com.do)

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“Recomiendo aterrizaje inmediato”, fue la última frase de un mensaje enviado al Departamento de Estado por el embajador de Estados Unidos, el martes 27 de abril de 1965, ante la gravedad de la situación por el ambiente de abatimiento emocional de los líderes militares de San Isidro y el repunte de las fuerzas rebeldes.
El desesperado llamado del embajador W. Tapley Bennett encontró asentimiento, ante la situación que describió, en el presidente Lindon B. Johnson y sus consejeros.
El Presidente le dijo al embajador que iba a autorizar el desembarco de 500 infantes de marina para operaciones defensivas. También instruyó a los asesores específicos para notificar a la OEA sobre las intenciones de Estados Unidos, para organizar una reunión con líderes del Congreso y elaborar una declaración para leerla al pueblo estadounidense.
El contenido de la declaración presidencial se convirtió en objeto de debate. El secretario de Estado, Dean Rusk, quería hacer por lo menos una referencia a la amenaza comunista como una justificación para el movimiento de tropas.
Otros consejeros, como McGeorge Bundy y el embajador ante la ONU, Adlai Stevenson, sostenían que el Presidente no debería ir más allá de la necesidad de proteger vidas estadounidenses en la explicación de su decisión.
Argumentaban que una intervención para proteger a los ciudadanos de Estados Unidos podría ser justificada como una operación limitada que en ningún caso comprometería la afirmación de la neutralidad de Estados Unidos.
En cambio, argumentaban, una intervención “para restaurar el orden” y evitar una victoria de los comunistas es casi seguro que involucra a Estados Unidos en favor de los militares de San Isidro lo que podría ser condenado por el hemisferio como un retorno a la diplomacia de cañoneras en apoyo de regímenes militares.
El punto de vista de Bundy y Stevenson se impuso en la redacción de la declaración y creó ciertos problemas.
Para proporcionar una justificación legal para la intervención, los asesores del Presidente querían que el coronel Pedro Bartolomé Benoit, cuya Junta había solicitado la intervención, explicara de manera explícita que su solicitud de intervención se basara en el peligro para las vidas de estadounidenses, que refería en su solicitud original de las tropas estadounidenses.
Bennett ya había asegurado al Departamento de Estado que Benoit lo había planteado en las comunicaciones orales con personal de la Embajada, pero el Departamento de Estado reiteró que sólo una declaración escrita del líder de la Junta satisfaría los requisitos de Washington.
El embajador Bennett envió otro cable en el que indicaba que el jefe de la Policía dominicana informó a la Embajada que "ya no puede garantizar la seguridad de los estadounidenses en el camino a la zona de evacuación”.
Benoit se dirigió de nuevo a la Embajada en la que le decía: "Me gustaría añadir que la vida de estadounidenses está en peligro y las condiciones de alteración del orden público hacen que sea imposible proporcionar una protección adecuada. Por lo tanto, pido la intervención temporal y asistencia para restablecer el orden público en este pais”.
El presidente Johnson luego de reunirse con los líderes del Congreso pronunció un discurso explicando el motivo de la invasión.
En el momento en que estas acciones presidenciales se llevaban a cabo, más de 500 infantes de marina ya habían desembarcado en República Dominicana. El transporte de la mayoría de los marines desde el portaaviones Boxer a la cancha de polo cerca del hotel El Embajador se hizo en helicópteros en un día lluvioso.
Fue un tránsito impresionante que dio ánimo y confianza a los desanimados líderes militares que enfrentaban la revuelta.
Un Apunte
Justificación invasión
Para proporcionar una justificación legal para la intervención, los asesores del Presidente querían que el coronel Pedro Bartolomé Benoit explicara de manera explícita que su solicitud de intervención se basara en el peligro para las vidas de estadounidenses.

Imbert ordenó la “Operación limpieza” en zona Norte de la Capital

Soldados de la fuerza de intervención de la Organizaci{on de Estados Americanos (OEA) en 1965 mientras realizaban patrullaje por las calles de Santo Domingo.

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47 años de la Guerra de Abril del 65

27 Abril 2012, 2:38 PM

Imbert ordenó la “Operación limpieza” en zona Norte de la Capital

El jefe del Gobierno de Reconstrucción Nacional, luego de derrotar a los rebeldes en la zona Norte, quiso extender la acción al área constitucionalista

Escrito por: HECTOR MINAYA (h.minaya@elnacional.com.do)

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Mientras los políticos de la Casa Blanca soñaban con una rápida solución diplomática al conflicto bélico dominicano de abril de 1965, las autoridades locales daban apoyo moral y probablemente logístico a las tropas del Gobierno de Reconstrucción Nacional (GRN) para emprender la operación limpieza en la zona Norte de la Capital.
El GRN, presidido por el general Antonio Imbert Barreras, inició su gestión tras ser juramentado el 7 de mayo de 1965, pero la vida económica en la zona Norte había llegado a un punto muerto ya que las fábricas cerraron.
Disturbios por los alimentos no tardaron en estallar. Era una situación preocupante para el GRN, que consideraba que era intolerable y que había que tratar con rapidez para evitar un caos mayor.
Sobre la base de sus propias observaciones la Comisión de la OEA que se encontraba en el país preparó un sombrío informe en el que no albergaba muchas esperanzas de una solución política a la crisis.
El 10 de mayo, las fuerzas rebeldes arreciaron el ataque a las tropas del GRN estacionadas en la sede de Transporte del Ejército Nacional, ubicada en lo que hoy el residencial Ortega y Gasset, del ensanche La Fe.
Ante el avance rebelde, el 13 de mayo, el comandante militar de las tropas de Estados unidos en el país, general James Palmer y el embajador William Taplay Bennett recomendaron al Departamento de Estado una acción militar unilateral de EE.UU. para restaurar el orden en el Norte.
La operación se llevaría a cabo en tres fases. Fase I implicaría la ampliación del cordón de seguridad en una operación que se apoderaría de Radio Santo Domingo. La fase II implicaría ampliar este cordón hacia el norte hasta la avenida San Martín, que serviría como la línea de partida para la Fase III, un barrido del norte hasta el río Isabela.
De acuerdo al plan, durante la última fase las fuerzas rebeldes serían capturadas o destruidas, y así se aseguraría el complejo industrial dominado por las fuerzas constitucionalistas.
El plan no fue bien recibido en la Casa Blanca, quienes a diferencia de los funcionarios de Estados Unidos en la escena local abogaban por una solución diplomática al conflicto dominicano.
Pero por lo delicado de la situación en la zona en que estaba enclavada la actividad económica de la Capital, una gran confrontación militar con los rebeldes, que sería iniciada por las fuerzas de EEUU o las tropas del GNR, o los dos juntas, parecían cosa de cuestión de horas.
La oposición de los políticos de Washington para extender la confrontación era vista por los funcionarios estadounidenses locales como otro ejemplo de la interferencia de esas autoridades que carecían de una apreciación profunda de la complejidad de la "visión local".
El 15 de mayo, el mismo día en que Imbert monta una ofensiva masiva contra los rebeldes en el Norte, denominada Operación Limpieza, llega al país una comisión enviada por el presidente Lyndon B. Jonson, presidida por su consejero de Seguridad Nacional, McGeorge Bundy.
La mayoría de los funcionarios y oficiales militares de Estados Unidos en Santo Domingo sabían de la inminencia de ataque y le dieron su bendición tácita.
Las acusaciones de que las tropas estadounidenses en realidad ayudaron en la operación, ya sea activa o por permitir que las tropas del GNR cruzar hacia el Norte por el cordón de seguridad nunca fue fundamentada. Al parecer Imbert eludió la zona de seguridad para el transporte de sus fuerzas hacia el norte.
Contrariamente a las expectativas de los oficiales estadounidenses, la ofensiva de Imbert resultó con éxito, aunque a un costo muy sangriento en la vida de civiles rebeldes e inocentes.
Decenas de combatientes cayeron en el Cementerio Nacional, ubicado en la avenida Tiradentes, hoy Máximo Gómez y miles resultaron heridos. Otros combatientes sufrieron igual suerte en la cercanía de la fortaleza de Transportación del Ejército.
Bundy consultó a Washington sobre el envío de tropas de Estados Unidos hacia el norte para establecer una nuevo cordón de seguridad como el que había aislado a los combatientes de Ciudad Nueva.
Aunque Palmer indicó que esto podría hacerse, se mostró escéptico sobre el envío de tropas estadounidenses en medio de una situación en la que podrían ser atacados por los dos lados. Al final resultó que, la planificación para el nuevo corredor no pudo seguir el ritmo por los avances de las tropas del GNR.

lunes, 3 de mayo de 2010

La primera dama de la Guerra de Abril 65. Escrito por: ÁNGELA PEÑA

: http://www.hoy.com.do/areito/2010/4/24/322963/La-primera-dama-de-la-Guerra-de-Abril-65


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24 Abril 2010, 6:24
La primera dama de la

Escrito por: ÁNGELA PEÑA

No tuvo los peculiares privilegios de la esposa de un Jefe de Estado. Fue una Primera Dama sin presupuesto en medio de la guerra que en vez de exhibir el esplendor de la última moda o emprender programas sociales debió encerrarse junto a sus hijos en un hogar improvisado donde el grito cotidiano era: “¡Operación suelo!”.

Para María Paula Acevedo Guzmán, esposa de Francisco Alberto Caamaño Deñó, ex Presidente Constitucionalista, líder de la guerra de abril, ser la novia del cadete, la compañera del rebelde aclamado por el pueblo, representó más padecimiento que dicha aunque el amor que se profesaron desde que se conocieron en el restaurante “BByVT” de las hermanas Oliver, en San Pedro de Macorís, superó todas las adversidades y la férrea oposición de los influyentes padres del joven militar.

Manuel Ramón Montes Arache, Julio Alberto Rib Santamaría y Pedro García Caminero los presentaron cuando ambos tenían 17 años pero fue luego de que “Francis” regresara de Estados Unidos donde hacía un curso de Infantería, que los unió la ternura en un encuentro en el “Café Hollywood” con una canción de “Los Panchos” como trasfondo: “Si tú quieres un recuerdo de mí, dímelo pronto / porque me voy y quizá no vuelva más”.

“Chichita”, como la apodan, o “Ángela Soto”, nombre con que viajó a Cuba para reunirse con quien ya había pasado a la historia dirigiendo las fuerzas revolucionarias, era coronel y se entrenaba para entrar a la República encabezando una guerrilla, sufrió, sin embargo, momentos indescriptibles porque los Caamaño-Deñó no querían para su hijo una muchacha de tan pobre condición social. “No era la idónea”. Su mamá se dedicaba a quehaceres domésticos y su abuela era lavandera. Fausto Caamaño, padre del enamorado, era uno de los militares de más poder en el trujillato.

Reenviaron a su vástago a Norteamérica como edecán de Angelita Trujillo y a su retorno trasladaron a María Paula arbitrariamente a Puerto Plata, a casa de un mayor del Ejército. Los padres de la adolescente ignoraban su destino.

La dama, que conserva lúcidos detalles del poderoso amor, fue recogida por el amante oficial que exigió al progenitor revelarle el paradero. “Me fue a buscar bajo un aguacero. Lo recuerdo en el aeropuerto “General Andrews” esperándome con una capa y un paraguas”.

Entonces lo mandaron para Cuántico, New Virginia, y a ella le allanaron la casa acusándola de poseer literatura de los perseguidos Testigos de Jehová. Estuvo presa en el Palacio de Justicia y en La Victoria. Una “preboste” llamada América la cuidó de un fuerte catarro. Fausto ordenó cambiarla cuando el capitán Milito Bautista Ruiz le informó la condición de la sufrida novia.

Aunque soportó con admirable resignación tantas vejaciones, no aceptó viajar a Curazao como planeó el general. “Francis y yo nos cortamos, nos ligamos la sangre y juramos amor eterno, pero mandé a decir a su papá: Que me saque de noche, me pegue un tiro y me aplique la ley de fuga, pero no voy para Curazao”. La deportaron a Venezuela, sin un centavo.

Sobrevivió gracias al embajador Báez Soler que la encontró cuando investigaba una valija diplomática extraviada. “¿Con cuál Trujillo tuviste problemas? No tengo órdenes de recibirte pero soy humano y tengo hijas”, le consoló, ocultándola en su casa.

Estuvo meses incomunicada hasta que Rib Santamaría le envió la dirección de Caamaño y ella le escribió: “Soy como la serpiente, hay que darme en la cabeza para destruirme. Esto es lo último que me han hecho”. Al poco tiempo el joven se fugó de la Academia y fue a verla pero ella estaba en Barquisimeto y a pesar de que tomó un “avioncito Facundo” para encontrarlo, Caamaño debió partir. “Quise morirme en los farallones de Maiquetía”. Él le escribió: “Chíchi, lo sé todo, iré a buscarte y regresaremos juntos”. Ya graduado la recogió y burlando a los padres que esperaban, llegaron en un conchito a la casa de la madre de Paula, en la “Charles Piet”. Luego comunicó al atribulado padre que era mayor de edad, capitán de la Marina de Guerra y que esa era la mujer que quería. “Olvídense de que yo existo”. Contrajeron matrimonio en 1959.

Fausto pidió perdón a la joven esposa, abatido ante la muerte de su hijo Emerson. “¿Por qué me dijeron de ti tantas cosas malas si eres un ángel?”. Todos se reconciliaron.

Suplicio. Fugaz fue la dicha de “Chichita”. Pese a que sus sufrimientos volvieron cuando a Francis lo asignaron a La Victoria porque éste se deprimió al conocer la realidad de la tiranía encontrando allí a tantos amigos, fue al caer la dictadura cuando ya no hubo paz en su alma. “La vida mía dio un vuelco”, dice, que empezó con la persecución a los trujillistas.

Vivió el exilio de sus suegros en Washington y un rosario de traumáticos episodios: Palma Sola, dirección de los Cascos Blancos, rebelión contra Belisario Peguero, conspiración para derrocar el Triunvirato, explosión en el Polvorín, asilo en la embajada argentina, guerra de abril, ametrallamiento al Matum, saqueos, tiroteos en su casa, un desconocido Golpe de Estado contra García Godoy que detuvo el esposo, largos destierros en Londres, España, Cuba, Moscú, frío invierno en un sótano de la embajada dominicana en Roma, viajes peligrosos en tren con tres niños a cuestas, la nefasta muerte en Caracoles.

“Francis no fue ostentoso, manifiesta al contar que vivieron en la “Pedro Livio Cedeño”. Quería paz, armonía, tranquilidad. La vida le dio todo lo contrario”.Vio a su esposo por última vez en enero de 1973. Bajó de la sierra cubana a despedirse de sus hijos pues “ya era hora del encuentro con la Patria”.

La viuda del héroe de abril vive entre República Dominicana y Cuba donde atienden su salud los mismos médicos de Fidel Castro quien le obsequió una residencia en “Miramar”, al lado de donde vivía el padre de Ernesto –Che- Guevara.

En síntesis

María Paula

(Macorís, 30-6-1932), hija del puertorriqueño Fernando Acevedo Bové y de María Arcadia Guzmán López. Estudió hasta primer año de secundaria. En su matrimonio con Francis procrearon cuatro hijos: Alberto, Francis y Paola. Perdió a Freddy Rafael después de nacido porque los sucesos de Palma Sola afectaron su gestación.

Abril contado en primera persona. Escrito por: FERNANDO CASADO. Parte II

http://www.hoy.com.do/areito/2010/5/1/323911/TESTIMONIOAbril-contado-en-primera-persona

1 Mayo 2010, 8:18 PM
TESTIMONIO
Abril contado en primera persona.


En el testimonio publicado la semana anterior, el autor relató hechos relacionados con el uso de la radio en los comienzos de la Revolución de Abril. Reveló además que el coronel Francis Caamaño le pidió su opinión sobre si debía permitirse abrir las cajas de caudales de los bancos de la zona colonial para que los clientes pudieran retirar sus ahorros. Casado recomendó no hacerlo… y efectivamente, no se hizo.

No tengo dudas de que muchos expertos confiables fueron necesariamente consultados, dada la delicadeza sumamente riesgosa del evento; incluso, asumimos la posibilidad de que algún Asesor indelicado pudiera favorecer tal desquiciamiento.

Caamaño sabía que había que desmenuzar aquel entramado ambivalente con aséptica prudencia antes de una decisión. La guerra no perdona errores.

No cedió a las presiones. Se negó a permitir que se tuviera acceso a las Cajas de Seguridad de los Bancos. Era la excusa que el Gral. Palmer esperaba. Decidió tomar a sangre y fuego la ciudad. Es obvio y le delata, que la ferocidad y estrategia de su primer ataque está dirigida a apoderarse de la Zona donde estaban ubicados, precisamente, los Bancos más importantes del sistema.

Vivíamos sin pensar en mañana, conscientes de que el próximo minuto podía ser el último de nuestra vida. Una bala curiosa o un morterazo al azar, no eran preocupaciones para nadie en aquel frente de guerra en que se había convertido cada esquina de la Ciudad de Abril.

Estoy en la Gral. Cabral esa mañana temprano. Acudía a un encuentro respetuoso con alguien de mis cariños. Había notado las descargas y tiroteos insistentes hacia el norte, al parecer en dirección al área del Parque Enriquillo, donde hacia frontera el “cordón” de los americanos. No creo haber estado más de 15 minutos allí. Las descargas aumentaban sospechosamente en volumen y frecuencia cuando le digo a Ligia y sus amigas, alterando la breve conversación:

--“Trata de salir de la zona, no te quedes, que algo raro está pasando. Yo me voy a la emisora.”—

Salgo, doblo con prisa la Isabel la Católica y subo la Restauración. Llego a la Duarte, pero la metralla baja barriendo como catarata sin control de las posiciones americanas de la Duarte arriba. Un infierno de balas estallando como escupitajos en las paredes del colmado de chinos de la esquina, me detienen. El que intente cruzar es hombre muerto… pienso. De repente, noto que hay alguien a mi derecha, está subido al quicio de una puerta cerrada. Trata de protegerse, aplastándose de espaldas a la puerta. Lo reconozco. Es José Jiménez Belén, notable periodista y amigo del alma. Junto a José Escalante estuvo al frente del periódico La Nación en esos días feroces y parecía dirigirse allí:

--“José no hay quien pase por ahí; vamos a bajar por detrás de la Ruinas”-- (de San Francisco).

José me escucha y prudentemente damos marcha atrás para tomar la Hostos y que las ruinas nos sirvan de protección. Tomamos con prisa Las Mercedes y me desvío en la Sánchez. Fui directo a la Emisora. José fue directo a una embajada.

La Emisora luce crítica. Me doy cuenta al instante. Solo están allí los personajes de aquel mismo grupo “Recurrente” que han estado siempre en los momentos críticos. Nuevamente, los locutores oficiales de RSDTV, habían desertado de la zona. La ciudad ruge de morterazos y metralla. Algunos proyectiles vagabundos silban lejanos o estallan indiscretos en las cercanías. Comienzan a llegar informaciones de bajas y heridos que no atormentan a nadie. El que está allí es porque escogió estar allí, no importan las consecuencias. Nos ubicábamos en la cabina o en el amplio salón que servía de oficina y hogar a Franklin Domínguez, al final del pasillo del 2º piso, hacia el este del edificio Copello, donde muchos solían tirarse a dormir o descansar la lucha en pleno piso o en alguna colchoneta improvisada, cuando las circunstancias de la guerra lo imponían.

Al atardecer, cuando la presión pareció ceder un poco, decido ir a casa. Mi hermana se había trasladado a San Cristóbal y quedé al cuidado de su apartamento en la 19 de Marzo. Allí nos habíamos ubicado René del Risco y yo, compartiendo, casi todas las noches con mi hermanilla Píki Lora, Josefina, Aguiló, Popó y restos del comando Macorís, de época de las Guerrillas de Manolo Tavárez. Otras veces con el fosforescente Perita Martínez y el trágico Narciso González. De hecho, René del Risco abandonó la Zona en esa comprometida ocasión, como también había sucedido desde mucho antes con Freddy Beras. Tomé la Santiago Rodríguez aun bajo el tiroteo, cuando desde la casa de la familia del Dr. Grillo, en la esquina José Reyes, me piden a gritos que me detenga. Insisten en la peligrosidad y los riesgos inminentes de continuar temerariamente avanzando. Angustiados me ofrecen la protección de su hogar. Dormité allí esa noche. Lloré de rabia e impotencia.

Al amanecer despierto alucinado entre las iras de explosiones y metralla. Me preocupa mi hermano Hugo, éste figuraba en el Comando San Lázaro. Hacia allá me dirijo, pero nadie puede darme noticias. Sospecho lo peor y tomo la Santomé hacia el destino. Enfilo mi angustia hacia el hospital Padre Billini. Las balas enloquecidas zumban realengas y tercas en las Mercedes. Parecen venir sin prejuicios desde “Los Molinos”, pero tengo que cruzar. Me arriesgo temerariamente, me lanzo y cruzo en carrera entre el fragor rabioso de las balas perdidas. Paso El Conde y llego al fin, tenso y dramático a la esquina del hospital.

La cuneta herida es un río de sangre incontenible… no exagero. Decido entrar por el área de Emergencia y mis zapatos se empapan con la sanguaza que baja tormentosa en la inclinación. Subo tres pisos hacia el infierno, inconsciente que transito en el fúnebre silencio hacía una inesperada morgue. De repente, frente a mí, como un grito, toda la violencia dramática de la tragedia.

Un escenario descarnado, macabro. Sobre una meseta impudorosa, extendido y casi desnudo, boca arriba y letalmente dormido, desnutriendo una tez amarillenta repugnante, bajo el morbo seboso mortecino del que ha perdido hasta la última gota de sangre, yace un cadáver. No noto heridas. Como un beso rojizo, una mancha indiscreta mordiendo sobre el cuello delata la historia. El odio de una mira lejana, un grito sin su nombre y una maldición certera, destrozó la yugular. Me acerco fríamente, sin emociones, contemplo el cuerpo sin vida de André Riviere, “el Francés”. Había emigrado hasta aquí, desde aquella Legión Francesa de leyenda. Gladiador sublevado, no hiere la estocada al destino sublime, de morir en las furias de una guerra.

Una segunda meseta retuerce la sinrazón absurda de aquella irrealidad macabra, mi mirada se tuerce hacia otra dantesca visión más allá de Riviere. La guerra te insensibiliza y aprendes a vivir la crueldad de la muerte y la sangre, como cosa natural. A tantos años de distancia del suceso, mi memoria lo retrata. Sobre el cemento desbordado de sangre, amontonados sin orden en una pira infame que llegaba hasta el techo, torsos y pedazos de miembros, cabezas destrozadas e irreconocibles, brazos y piernas desgajados, brotes de costillas e intestinos desprendidos como cortinaje fatal, huesos quebrados con pedazos de carne cercenados, manos de dedos descarnados, muñones arrancados de cuajo, rostros despellejados y desprendidos de ojos colgantes. Una comedia infernal que el propio Dante no hubiese imaginado.

La sangre chorreaba a borbotones y se desbordaba escaleras abajo escapando como un rio de serpientes asustadas. Me fui a las salas en busca de mi hermano Hugo. No estaba allí. Bajé al primer piso e iba hacia la puerta de salida cuando irrumpe intempestivamente Montes Arache con los “Ranas”. Jamás he olvidado la gravedad de su rostro. Me muevo a un lado, pero Montes, visiblemente alterado, ni siquiera se ha dado cuenta que estoy allí. Decido volverme y seguirlo. Hago el mismo recorrido detrás de ellos y me quedo discreto a la distancia. Montes estuvo de pie unos segundos frente al cadáver, silencioso, lejano. Lo sentía en una indignación apocalíptica, como si en ese instante las furias calladas de la naturaleza desataran los vientos de la creación silenciosa sobre sus iras interiores. Dio media vuelta y bajó sin pronunciar una sola palabra. No pude alcanzarlos. Había una prisa diabólica en sus pasos. Pensé: “Hoy matan a “Montearache” y regresé, con una vida más cara, a la Emisora.

Abril… en primera persona Escrito por: FERNANDO CASADO Parte I

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24 Abril 2010, 6:41
TESTIMONIO
Abril… en primera persona
Escrito por: FERNANDO CASADO

Las plantas de transmisión y antenas fueron bombardeadas. Eventualmente silenciadas. Simultáneamente es ametrallado y estremecido el Palacio Radio-Televisor desde el aire. Las tropas norteamericanas establecieron puntos estratégicos de ubicación al oeste e inician un rápido desplazamiento nocturno con apertura del “Cordón” y así conexionar con San Isidro, partiendo en dos la ciudad y acorralando nuestras tropas en la parte baja.

Esto provoca una primera estampida. El edificio de RSDTV fue abandonado y los locutores oficiales buscaron ocultarse y protegerse. Este mutis desconcertante no debía prolongarse; es lo que llevó a Franklin Domínguez y al grupo “Recurrente” a aquel callejón suicida del María Auxiliadora. Los locutores de RSDTV escapan y no reaparecen en escena hasta que disminuye la crisis y la lucha resurge en el Edificio Copello, en los estudios de la legendaria HIZ en el interior de la Zona Constitucionalista.

Uno de aquellos colaboradores iniciales no tuvo la suerte suficiente y fue capturado. Su nombre queda flotando entre los mártires de aquella Radio de Abril. Estuvo solo unos días con nosotros en las transmisiones fogosas y desafiantes del inicio: Pablo Rossó Pérez. Amarrado a una soga maldita a la cola de un jeep, fue arrastrado sin misericordia y brutalmente despedazado hasta la muerte.

El vacío no se produjo, el “Grupo Recurrente” de que hablo más arriba, aquellos que desafiaron los riesgos junto a Domínguez en la voladura de las plantas de HIZ y luego en aquel sanitario ratonero, siempre estuvo activo, siempre presente, siempre los mismos nombres. Ignorantes del movimiento de Domínguez, habíamos extendido a lo largo del patio de RSDTV los cables de la Emisora de Frecuencia Modulada y los habíamos llevado hasta la pared contigua a la vieja residencia de Petan Trujillo, remontando la pared hacia una marquesina en una casa de dos plantas, cuyo frente da a la 30 de Marzo; hogar del compañero Lora Medrano. Manolo Quiroz y su hermano el “Pollito” posibilitaron el complicado ensamblaje. El instante no aparece recogido en ninguno de los libros que analizan la Guerra de Abril en los archivos norteamericanos.

Transmitíamos desde un tosco sanitario situado al fondo del zaguán, a la izquierda, visto desde la “30 de Marzo”, con un pequeño transmisor portátil, teniendo como asiento, el desgarbado inodoro. Una mañana Milán Lora recibió llamada de advertencia inminente del G2: los americanos, con sus localizadores, se estaban acercando. Aquello era “tierra de nadie”, sin protección. Tumbamos la trasmisión y sentados en el piso del segundo nivel, esperamos, sin tensiones, el destino. Los americanos estuvieron, sin imaginarlo, apenas a 20 pasos de donde estábamos. Se detuvieron justamente en la esquina, frente a la vieja casa de Petan Trujillo y luego retrocedieron.

La Radio Constitucionalista nunca pudo ser sacada del aire, no obstante la destructiva obsesión de la CIA y su agresividad patológica a muerte por silenciarnos. Hay una continuidad coincidente, lúcida, terca y efectiva, que dejó desconcertado al enemigo; de ahí sus obsesivos argumentos de que nuestra Radio era controlada por la metodología comunista. Nada más lejos de la verdad. Allí estábamos: Ercilio Veloz Burgos, Plinio Vargas Matos, Rafael Moya Valdez (Moyita), Fabio Valenzuela, Luis Acosta Tejeda, Franklin Domínguez, Lora Medrano, y un señor mayor de apellido Milán Lora. Como es notorio, algunos de los nombres corresponden a los escapados milagrosamente en la explosión de la planta del María Auxiliadora.

Las Izquierdas parecen haber tenido, brevemente, un trasmisor en el aire en aquellos inicios, simultáneo con las transmisiones de RSDTV. Según Fiume Gómez, fue facilitado por Euclides Gutiérrez Félix. De hecho recibí en algún momento, una llamada de Miñín Soto, pidiéndome que me integrara a aquel grupo, insisto, ya cuando transmitíamos desde RSDTV y teniendo los americanos en las narices. Recuerdo sus palabras:

--“Fernando ven pa`ca, Piki está aquí con nosotros”--. Respondí: --“¿Están locos? sálganse del aire, ustedes van a justificar lo que están diciendo los americanos”--.

Las historias brutales que desbordaron un rastro de sangre en aquella “Operación Limpieza”, se fueron acentuando en la Zona Norte y nos vimos forzados a cruzar el “cordón” cuando se instala en El Conde la Radio Constitucionalista, en los estudios de HIZ del edificio Copello. Manolo Quiroz asegura que, antes de ello, al parecer un primer propósito, llegaron a colocarse unos transmisores en el Hotel Presidente, frente al parque Independencia, citando el nombre de Rafael Sánchez entre los técnicos; sin embargo, no hay referencias de que desde allí se realizaran transmisiones en ningún momento.

La segunda estampida ocurre antes del 14 y 15 de junio. Era ya un secreto a voces que en cualquier momento los norteamericanos intentarían barrernos. El ataque a la Zona por las tropas de los EE.UU rompe violento desde el área que abarca la planta del Timbeque y delata con ello su verdadero propósito. El general Palmer, en su libro, manoseando una excusa, trata de atribuir a “provocaciones” nuestras la reacción norteamericana.

Los nombres que aparecen en la voladura de las plantas de HIZ, que luego reaparecen transmitiendo desde aquel sanitario heroico, son los mismos “Recurrentes” que están en pie el 14 y 15 de junio en el Copello; el resto de aquellos locutores oficiales de RSDTV, escapó de la zona. Algunos nombres se suman y asumen el instante de aquel infierno: Mario Báez Asunción y Martha Janes, norteamericana, versátil artista, quien en aquel riesgoso momento, sin ninguna prudencia ni recato, exhibía meses avanzados de gestación.

Días antes del ataque, el Maestro Solano me había llamado por teléfono para advertirme lúgubremente. Horacio Pichardo, quien se movía en aquellos ambientes de frivolidades y contemporizaciones al margen de la guerra, le había confiado que pudo escuchar el comentario sobre la inminencia del ataque, en una de las fiestas en el Country Club:

--“Fernando, van a entrar, sal de ahí, tu no compones nada; me lo dijo Horacio”--. Le respondo, sin aspavientos: --“Fello, yo estoy aquí por principios, no por más nada. Nosotros no vamos a poder con los americanos, pero nos vamos a llevar a muchos de ellos por delante”--.

Las verdaderas razones que explican el despiadado ataque, se argumentan desde mucho antes. Previo al 14 de junio, recibí una llamada de Luis Acosta Tejeda:

--“Fernando, Caamaño quiere hablar contigo. Te espero mañana a las nueve en la emisora”--. Le contesto: --“¿qué pasa?”--. Sin alterarse me responde cortante: --“A las nueve, en la emisora”-- y me cuelga.

Antes de las 9, estoy en el Copello. Próximo a la hora, Luis se aproxima discreto y escuetamente, casi en secreto, susurra: --“Vamos”--. Le sigo, algo desconcertado. Daba por sentado que la entrevista sería en el Copello, donde Caamaño tenía oficinas. Bajamos ala calle El Conde y tomamos la primera cuadra hacia el norte de la Sánchez. A media cuadra, a nuestra derecha, subiendo hacia las Mercedes, nos detuvimos y subimos sin prisa unos escalones hacia un segundo piso. La puerta estaba abierta, es obvio que nos aguardaban. Sin cuidar ningún protocolo, Luis se mueve prudentemente a mi derecha y quedo al centro de la escena. Frente a mi está Caamaño. Su camisa militar, como siempre, empapada en sudor; su rostro heroico; su figura compacta y recia, iluminando el centro de aquel Estado Mayor en fila y pendientes de mí. Desde “Vejé” hasta “Chivú”. Armas en mano, todos de pie, en un frente sin huecos, que abarca el espacio a lo ancho de aquel improvisado escenario. No hay saludos ni pérdidas de tiempo. Percibo la urgencia de la información. No hay preámbulos.

Caamaño me mira a los ojos. Solo un instante. Le escucho. Es presumible que, independiente de una adulta carrera artística, habría sido informado, exhaustiva y nutridamente, sobre mis antecedentes profesionales: empleado de The Bank of Nova Scotia durante 10 largos años, habiendo renunciado al mismo siendo todo un glamoroso Pro-Manager apenas hacía dos años. Va directo:

“--¿Casado, qué usted cree de permitir abrir las cajas de seguridad de los bancos a los clientes para que puedan retirar sus propiedades?--”.

Respondo tranquilo, midiendo la dimensión comprometida de cada palabra:

“—Bueno… el dinero que manejan los cajeros es determinado por el nivel de operaciones diarias; el excedente que se acumula por los depósitos se guarda en las bóvedas y periódicamente son depositados en el Banco Central. Nunca hay una acumulación exagerada de efectivo. Ahora, la verdadera riqueza esta en esas Cajas de Seguridad: Títulos de propiedades, Hipotecas, Contratos de préstamos y de todo tipo, Papeles de Depósitos a Plazo Fijo, Dólares, Oro, Joyas, Acciones de Empresas, inversiones y Negocios, Papeles de Valores e Inversiones aquí o en el extranjero, Garantías de Préstamos, etc. etc. Sería astronómico calcular el valor en efectivo de toda esa riqueza--”. Hago un breve silencio y concluyo: “--Podría ser una imprudencia permitirlo--”.

Caamaño da la impresión de no haber perdido una sola de mis palabras. No bien había pronunciado la última frase, con respetuosa autoridad de rango de quien maneja una discreta Operación Militar, dijo: --“Gracias”--. Di media vuelta, baje los escalones sin premura y regresé hacia mi “trinchera”, sin esperar siquiera por Luis Acosta Tejeda. Continuaré la próxima semana.