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lunes, 14 de noviembre de 2011

Hace 50 años se fueron los Trujillo

Hace 50 años se fueron los Trujillo

Silvio Herasme Peña

Sí, es la verdad. Hace 50 años los últimos Trujillo ligados a la tiranía de Rafael Leonidas abandonaron el territorio nacional y ya nunca volvieron a tener infl uencia directa en la vida nacional.

Por tiranizar al país durante 31 años, toda la familia ha tenido que pagar un exilio que parece que no tendrá fi n en el tiempo. Tan grave fue el daño que le produjo la tiranía a la sociedad dominicana que la nación los irradió de la vida dominicana por siempre.

No han valido voces aisladas que hablen todavía de que la tiranía dejó cosas materiales y buenas a la sociedad dominicana y se cita como tal los ingenios azucareros, Molinos Dominicanos, la Tabacalera y otros patrimonios que realmente existen o existieron, pero que fueron adquiridos por Trujillo con insania y engaños contra sus legítimos propietarios.

Nadie ha evaluado todavía –al menos que yo sepa- cuántas personas murieron durante la tiranía trujillista.

Se ha dicho que en todas las provincias del país por lo menos una persona fue asesinada bajo la acusación extralegal de que era enemigo del régimen trujillista.

Por qué se debía asesinar a una persona bajo la acusación ilegal de ser “desafecto al regimen”, como se decía para la época. Un joven, o un hombre maduro, viejo que lo sorprendieran escuchando una emisora extranjera, sea de Cuba, Venezuela o puertorriqueña, se constituía de inmediato en desafecto al régimen del “Benefactor de la Patria” y confrontaba un alto porcentaje de ser asesinado de manera extra-legal.

Sin acusación y sin juicio como no fuera la voluntad de un “caporigine” del régimen.

La juventud dominicana que tenga la oportunidad de leer este árticulo escrito para que comprenda qué ha ganado el país desde aquel 19 de noviembre de 1961, hace hoy cincuenta años.

Pese a las difi cultades de Golpe de Estado del 25 de septiembre de l963, el país ha ganado en todos los órdenes.

Para entonces la población dominicana era de apenas millón y medio de personas. Hoy somos aproximadamente diez millones.

Hemos crecido en universidades de tal manera que solo la UASD tiene en su extension de Santiago muchos más estudiantes que los que había en el recinto de dicha universidad en la ciudad universitaria de la capital.

Hoy, hay dos universidades católicas, Pucamaima y la Universidad Católica, con miles de estudiantes cada una; Unibe con un gran prestigio, así como el Intec y la O&M, una de la tercera edad y la Universidad Central del Este, entre otras.

Al término de la Era de Trujillo se calculaba el analfabetismo sobre un 60% y con ocho y medio millones de dominicanos más, el analfabetismo se limita a un probable ocho o nueve por ciento.

Las expectativas de vida andaba por los 50 años, ahora se calcula que los dominicanos tienen la oportunidad de prolongar su vida a unos 72 años.

Así en todos los renglones ha sido inmenso el crecimiento en todos los órdenes de la vida entre los dominicanos.

Y si bien debimos atravesar regímenes ilegales como el del Triunvirato, no es menos que padecimos también la frustración de la guerrilla de Manolo Tavárez Justo y el levantamiento de Abril del l965.

Luego debimos sufrir doce años de un gobierno autoritario que solo preservó en la forma el “respeto a los derechos humanos”. El sacrifi cio de Goyito García Castro y de Orlando Martínez así lo atestiguan.

Si en su marcha hacia la “tierra prometida” los judíos deambularon 40 años en el desierto del Sinaí, a los dominicanos nos ha costado poco sacrifi cio –relativo- nuestra marcha hacia la institucionalidad que desde 1978 (cuando se eliminó el exilio y la persecución política) fue implantada para siempre en nuestro territorio.

Usted, amigo lector, le podrá poner más o menos, pero coincidirá con nosotros en que la tiranía, el prejuicio racial y social, así como la explotación económica que persiste, son pasivos en que se irán superando sobre la marcha.

Solo vea la contundente campaña por el 4% para la educación. Esa campaña solo es posible en un regimen de libertades y de clara consciencia pública como también ocurre ahora en Chile. No nos quejemos por nada, sino por causas públicas como el 4% y perfeccionaremos nuestras vidas y seremos vivo ejemplo nacional de que superamos a la tiranía, la intransigencia política y ahora estamos abiertos a la libertad más plena. ¡Acaso sueño!.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Testimonio de una amiga de Minerva Mirabal

http://argentina.indymedia.org/news/2004/11/239320.php


Testimonio de una amiga de Minerva Mirabal
Por Yolanda Vallejo - Tuesday, Nov. 23, 2004 at 7:47 PM

El doctor Joaquín Balaguer fue nuestro maestro de Derecho Civil, cuando desempeñaba el cargo de Presidente de la República durante el régimen de Trujillo

Con su sombrero puesto entraba en el aula en la que nosotras estábamos y ya frente a los estudiantes, se lo quitaba y lo colocaba cuidadosamente en la mesa del profesor.

El doctor Balaguer nos enseñaba en Derecho Civil acerca de las liberalidades, sucesiones y donaciones, y Minerva sentía por él admiración y respeto, por sus conocimientos y por la maestría que mostraba en el desarrollo de los temas. Cuando salíamos de las clases del doctor, el recinto universitario estaba a oscuras y en el entorno de aquella época no había viviendas, de manera que juntas salíamos a pie hasta tomar un autobús habilitado para la zona universitaria y en una ocasión Balaguer nos vio en tal condición de desamparo que hizo detener su “limousina’’ conducida por su chofer privado y nos llevó a las tres amigas, hasta mi casa, en la calle 19 de Marzo, frente al entonces Club de la Juventud.

Minerva no estaba nunca tranquila, cuando de cultivarse intelectualmente se trataba, y se interesaba por la Filosofía, cuando tenía tiempo libre asistía a la Facultad de Filosofía. También nos inscribimos en la Alianza Francesa y tomamos un curso de traducción de los textos franceses, pensando siempre en ampliar nuestra cultura y sabiendo que nuestro sistema judicial está basado en el francés.

Minerva estaba maravillada. Su interés por el Derecho tenía que ver con una fundamentación que ella creía necesaria para combatir un autoritarismo brutal, que como decían usurpaba el terreno sagrado de la justicia.
Considero que para Minerva, el período de estudiante universitaria desde el 1952-1957, del cual soy fiel testigo, fue el más feliz de su vida, ya que, como dije anteriormente estudiaba Derecho, que era el sueño de toda su vida; vivía en la Capital y para completar la felicidad, en ese mismo período conoció el amor. Manolo fue su príncipe azul. Traté bastante a Manolo, antes, cuando era novio de Minerva y después como un revolucionario.

Acompañé a Minerva a comprar parte de su ajuar de novia, tenía para ese entonces luto de su padre; compró ropa íntima de color para levantarse el ánimo. No fui a la boda porque había que viajar a Salcedo -creo que Hortensia sí fue. Le organizamos una despedida de soltera en el restaurante Mario, que estaba entonces frente al Parque Independencia, no recuerdo lo que comimos y bebimos. Teníamos poco dinero, el cual reunimos entre un grupo selecto de sus compañeros de curso. Recuerdo con nostalgia que cuando estábamos ya en el restaurante, Minerva quiso ir a buscar a su hermana María Teresa, igualmente yo quise ir a buscar a mi hermana Mirtha. Salimos ambas y regresamos con nuestras hermanas, María Teresa y Minerva eran muy unidas; mis hermanos y yo también. Minerva era un ídolo para su hermana, creo que había 10 años de diferencia de edad entre ellas. A Patria la conocí en nuestra investidura, el 28 de octubre de 1957.

Cuando Minerva y Manolo se enamoraron, ya había una ruptura entre Manolo y su antigua novia. Ella era hija de un destacado abogado que tenía un bufete de prestigio en esta Capital. Cuando Manolo se graduara de abogado, ambos, padre e hija, querían que él formara parte de dicho bufete. Manolo quería ejercer en su patria chica, Monte Cristi. Esto último produjo entre ellos un rompimiento; Minerva en cambio lo seguiría. “El amor todo lo puede’’, decía Minerva. En esa oportunidad me contó que iba a dejar Salcedo, una tierra fértil para irse a Monte Cristi; tierra árida, pero era conocedora del deber de seguir a su esposo.

Manolo ejerció poco tiempo, pero lo hizo en Monte Cristi. Recuerdo que en una oportunidad vino Minerva desde Monte Cristi y me consultó un caso que tenía Manolo, de un obrero, con una lesión permanente. En esa oportunidad discutimos el caso juntas.
Manolo aspiraba a un cargo en su ciudad natal, no recuerdo si era en la judicatura o una notaría; el opositor en las aspiraciones del cargo para descalificarlo lo acusó de estar casado con una comunista. Siempre he pensado que este hecho fue la gota que rebosó la copa de su antitrujillismo, y los lanzó a la lucha. Minerva nunca tocaba el tema de su problema personal con Trujillo, criticaba el régimen como cualquier antitrujillista, jamás mezcló su persona con los comentarios antitrujillistas que surgían en cualquier momento y lugar. En una ocasión se refirió a unas fotografías pequeñitas de los Padres de la Patria que salían en efemérides del Listín Diario los 27 de febrero de cada año. Viendo el periódico exclamó: “Estos pobres muchachos cada día se ponen más chiquitos’’.

En los primeros días de enero de 1960 nos visitó María Teresa, y trajo un mensaje de su hermana en donde escribió que Manolo tenía un grupo en Monte Cristi y ella otro en Salcedo. Quería que yo lo comunicara a un grupo de la Capital. Le contesté diciéndole que esperara que llegara mi hermano Rómulo, que tenía un amigo ingeniero que le había dicho que podían contar con él. María Teresa esperó hasta llegar la noche, mi hermano no llegó a tiempo. Leandro vino más tarde por María Teresa y se fueron sin respuesta. Luego supimos que ese ingeniero había conseguido un contrato y estaba construyendo una cárcel para el régimen de Trujillo.

Días después vi a María Teresa pasar por mi casa sin detenerse, la detuve entonces; no conversamos mucho. Estaba pensativa y triste, no dijo nada importante. Días más tarde, en el mismo mes de enero, supe que el Movimiento fue descubierto. No los volví a ver.

A Manolo lo fui a ver recién salió de la cárcel, a su casa de la calle Rosa Duarte. Le llevé una fotografía a donde él aparecía entregando el título de Doctora en Derecho a Minerva Mirabal. El fotógrafo que cubrió el acto de investidura al no saber la dirección de Manolo y Minerva en Monte Cristi, me llevó la fotografía a mi casa, pague el precio y la guardé. Cuando le lleve la foto él no la había visto, luego tuvo la gentileza de mandarme a mi casa con su chofer. Lo encontré en buen estado de ánimo, era un hombre de un temple de acero. Me recibió con alegría y me dio las gracias.
La última vez que vi al doctor Manolo Tavárez Justo fue cuando me tocó cuidar y vigilar la entrevista que él sostuvo con el doctor Benjamín Ramos Álvarez, coordinador y dirigente del movimiento armado del 1963, antes de partir para las Manaclas; movimiento este que culiminó con la muerte de Manolo y otros expedicionarios. El Dr. Ramos Álvarez, que por su edad (43 años) y condición física, no pudo ir a la montaña, fue quien dirigió desde la ciudad dicho movimiento armado. La actividad de este personaje es poco conocida, pero jugó un papel importantísimo en dicho movimiento armado de 1963.

Ya para ese entonces, cuando Manolo cayó, mi amiga y compañera Minerva Mirabal y sus hermanas habían sido trágicamente asesinadas por el tirano. Desde su partida yo ruego por ella todos los días. Ojalá que Dios le tenga para siempre en la Gloria! Por su buen corazón y entrega a los demás y por su lucha a favor de una patria libre.

La doctora Yolanda Vallejo Pradel, fue amiga y compañera de estudios de Minerva Mirabal.

“Cada quien cargó su cruz”


MEMORIAS DE VINCHO
“Cada quien cargó su cruz”
VINCHO SE VIO OBLIGADO A ACEPTAR EL CARGO DE DIPUTADO QUE LE OFRECIÓ EL DICTADOR


Diálogo. En la parte superior, Vincho Castillo conversa con la periodista Wendy Santana. En la inferior, el director del Listín junto a doña Sogela de Castillo, Vincho, su hijo Vinicio Castillo y Wendy Santana.

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Vincho y Manolo, una relación de hermanos
Wendy Santana
wendy.santana@listindiario.com
Santo Domingo

No imaginaban que era tan grande el morir bajo una paliza del sistema de tortura de las cárceles de Trujillo los que se inmolaron por un país mejor, pero Vincho Castillo, siendo un adolescente, sí lo sabía porque su hermano se había quedado de un ataque al corazón cuando lo golpearon severamente.

Su madre no le dejó presenciar el sepelio de Pelegrín Hostos Castillo, quien había caído preso en la fortaleza Ozama por haber dicho en Cabrera, hoy provincia Duarte, que: “en este país lo que hace falta es un 26 de Julio (Día de la muerte de Lilís) y un Pelegrín Castillo”.

El dato que tiene la familia es que no lo quisieron matar, sino que le dieron una golpiza que él no resistió y entonces simularon su ahorcamiento. Un coronel que tenía 27 años siendo corbeta, de apellido María, les dio la noticia y les dijo también que fueron dos guardias, uno de apellido Fortunato, de Puerto Plata, los que le propinaron los golpes mortales.
“Yo le advierto a mi país que habrá de llorar lágrimas de sangre si consiente una dictadura".”
Pelegrín Castillo Agramonte, padre de Marino Vinicio Castillo.

La madre de Vincho, Narcisa Rodríguez, tampoco quiso que él se ligara a actividades conspirativas contra el régimen, como lo hiciera el hermano de padre de Vincho, Narciso Castillo, quien venía en el “Vapor Aurora”, junto con Juan Bosch en Cayo Confites.

Democracia pura
Narciso era un agrónomo importante que se había formado en Bruselas y Fidel Castro fue quien lo entrenó para disparar. También era de los fundadores del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) cuando su principal ideal era la democracia pura y participativa, en 1939.

En el momento en que asesinaron a Pelegrín Hostos, Narciso estaba en Europa y su otro hermano, Américo Castillo, quien era gobernador de la provincia Duarte, estaba participando en un congreso de gobernadores en Puerto Rico. Vincho tenía 15 años. Pero sin darse cuenta, doña Narcisa le inculcó el espíritu revolucionario de su esposo, don Pelegrín Castillo Agramonte, quien murió en el año 1931 a pocos meses de haber dicho aquella famosa frase en el último mitin contra Trujillo y que se publicó en los diarios: “Yo le advierto a mi país que habrá de llorar lágrimas de sangre si consiente que aquí se instaure una dictadura como la que se ve en el horizonte”.

Don Pelegrín Castillo Agramonte, quien había sido senador, diputado y ministro de justicia, hijo del héroe restaurador, general Manuel María Castillo Medrano, lo sacaron del mitin que se celebraba en el parque Colón de forma gloriosa. Ya estaban en pie las elecciones en las que Trujillo se iba a imponer y los concurrentes lo envolvieron en una bandera y lo trasladaron desde el parque hasta la Logia. Esa bandera tiene ya 80 años y aún conserva la nitidez de sus colores.

Vida pública
Vincho, que tenía tres meses de nacido cuando su padre falleció en Francia, el 14 de septiembre de 1931, durante toda su niñez le relataron la valentía y la trascendencia que tuvo su progenitor en la vida pública.

Después de la muerte de su hermano Pelegrín Hostos aprende la lección de cómo combatir una dictadura. A sus casi 79 años que cumple el 18 de julio próximo, Vincho lamenta todavía la muerte a destiempo de su padre, a los 56 años, producto de un cáncer de colón, luego de haberle advertido a su país el peligro que le acechaba con la instauración del régimen de Trujillo.

También sufre el asesinato de su hermano Hostos Pelegrín, lo que lo llenó de pavor, por lo que su madre se opuso a que siguiera sus pasos. “Pelegrincito era extremadamente inteligente y rebelde y hahía caído preso hacía 15 días cuando lo tomaron nueva vez. El que nos salvó fue nuestro hermano mayor, Américo, queaceptó ser funcionario de Trujillo para proteger a la familia”.

“Yo oigo ataques de que él se sirvió en el régimen de Trujillo. Señores, cada quien llevó su cruz por dentro. Hay que reconocer a los héroes, que desafiaban el régimen ofrendando sus vidas, pero la gente común, buena, que no fueron héroes, tenían sus problemas adentro, tenían un hermanito o un primo abajo”, precisó Vincho Castillo.

LA OBRA DE VINCHO RECOGE SUS VIVENCIAS
“Estoy escribiendo un libro: ‘Lo que pude vivir’. Todo lo que viví en esa época lo escribo y el año que viene lo podría publicar. Voy por el 1963. Es un relato de mi infancia, cómo yo me crié, cuál era mi hábitat, mi pueblo, la universidad, la profesión, después la política… lo que pude vivir de mi vida”, relata.

Vincho Castillo abrió las puertas de su casa al equipo de investigación de LISTÍN DIARIO, encabezado por su director Miguel Franjul, para hablar de lo que no había comentado públicamente, a sabiendas de que lo tildan de trujillista por haber aceptado el cargo de diputado cuando desde muy joven se había destacado como uno de los abogados más prominentes.

El jurista, con una historia marcada por abusos contra su familia, cuenta que en su obra describe hechos que ocurrieron en su pueblo, espectaculares y horrorosos, como el asesinato de José Luis Perozo el 14 de junio del 1945, quien era como su hermano y compañero de escuela desde la primaria hasta primero de bachillerato.

Por su familia materna, Vincho Castillo era pariente de Juancito Rodríguez, el principal enemigo de Trujillo en los años 30 y a quien terminó destruyendo su patrimonio, conjuntamente con una gran parte de su familia inmediata. Sobre su padre, recuerda con añoranza que en el año 20 fue muy cortés con Trujillo siendo un teniente del Ejército, cuando se le acercó en el hotel Colón, donde estaba desayunando y le pidió que lo defendiera, en su calidad de abogado, porque lo estaban acusando de que había violado a una muchacha. Pero igual fue de valiente cuando años más tarde tuvo que decir lo que dijo contra Trujillo en el parque Colón.

Esta fue la conversación:
Trujillo: - Hola, yo soy el teniente Rafael Trujillo
Pelegrín: ¿Qué le pasa joven?
T.- Me están armando un expediente y me quieren procesar y retirarme de la fuerza. Me han armado un expediente de violación a una muchacha en Los Llanos.
P.- Vamos a desayunar.
T.- Yo sólo quiero que usted me ayude a salir de esto
P.- ¿Por qué cree usted que le quieren armar un expediente?
T.- Porque yo enhesté la bandera el 27 de febrero en la Fortaleza de El Seibo y en el fondo me quieren sacar porque ese gesto no está aprobado (en ese tiempo ondeaba la bandera de la intervención americana).
P.- Si alguien puede dar testimonio de eso, cuente conmigo.

Esa disposición del abogado, que ya tenía su oficina instalada en 1901, lo salvaría de la muerte a pesar de sus frases funestas contra el régimen, antes y después de ser instaurado.

Los masacrados de Octubre del 1961


http://www.hoy.com.do/areito/2010/10/16/346388/Los-masacrados-de-Octubre-del-1961




Areíto







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Se agruparon en “El Conde“ y calles aledañas.
Reproducción Rafael Segura
REPORTAJE
16 Octubre 2010, 8:46 PM
Los masacrados de Octubre del 1961
Escrito por: ÁNGELA PEÑA

Los acusaron de emplear tácticas de guerrillas, convertirse en turbas de agitadores, alterar el orden, incitar a la huelga, atentar contra la paz, escandalizar la vía pública, ultrajar a miembros de la Policía Nacional, dañar la propiedad privada. Al calificarlos como “francotirapiedras”, agitadores, provocadores callejeros, revoltosos, indeseables, parece que lo que más dolía a quienes condenaban la decidida manifestación juvenil que encontró apoyo en el pueblo de la capital y casi todas las provincias del país fue la destrucción de estatuas, bustos, retratos y nombres del Generalísimo recién ajusticiado.

Pero alegró a los medios oficiales que los grupos enardecidos, en principio no pudieran destruir “la estatua sedente del fenecido Padre de la Patria Nueva” colocada en la entrada del Palacio de Justicia de Ciudad Nueva. Porque desde el 17 de octubre de 1961, la despectivamente llamada “muchachada” tomó las calles con el grito contagioso de ¡Libertad! que no acalló la represión pese a la cruel matanza y los arbitrarios apresamientos del trágico día 20. Fueron cinco días de asombro que a pesar del dolor y el luto por los muertos y heridos representaron el más intrépido gesto de la juventud de entonces, sobre todo estudiantil, que culminó con la histórica masacre registrada “como la de la calle Espaillat” o “la de octubre”.

Alumnos y pueblo se expusieron a pesar de que todavía en los templos y recintos militares se oficiaban misas por el eterno descanso del alma del “preclaro Jefe” y se conmemoraba la “Redención de la Deuda Externa”, con gratitud al “Libertador”.

No importó a los muchachos la presencia de Virgilio García Trujillo celebrando “nuestra libertad financiera” y la de Angelita, Ramfis y Radhamés, los “hermanos Trujillo Martínez” anunciando con inusual despliegue que donaban tres millones para casas al Instituto de Auxilios y Viviendas, Fundación Generalísimo Trujillo” ni que la prensa aún llenaba sus páginas con este titular: “Muerte Trujillo conmueve todas las localidades del país”, reproduciendo telegramas cargados de tristeza.

Tampoco los detuvo la “circular admonitiva” de Emilio Rodríguez Demorizi, secretario de Educación, llamando a los padres a “encauzar sanamente una juventud que viene siendo incitada por las facciones partidarias a intervenir en los eventos de una politización apasionada”.

“Se ha podido observar, decía el ilustre ministro, que en los últimos días los escolares olvidan su principal ocupación que es la de estudiar y educarse para dedicar su tiempo a actividades ajenas a la escuela, impropias de su edad, llevando a las aulas el fermento político pasional que se respira en la vida pública”.

Primer escenario. La calle El Conde, entre las “Sánchez” y “Espaillat” fue el primer escenario de los estudiantes que allí lograron detener el tránsito y después fueron a Gascue.

La fuerza pública se acercaba y ellos la retaban a seguirlos. Ese 17 de octubre “el único daño que se produjo fue una puerta de cristal del restaurant El Conde”, según El Caribe, que aseguraba: “Policía mantiene actitud vigilante”.

Al otro día una piedra impactó en el cuerpo de Domingo Antonio Moreno Espinal, hijo del poeta Moreno Jimenes, en la calle Espaillat.

Ya no fueron sólo universitarios. Alumnos secundarios y primarios, niños aún, rompían vidrieras y efigies del “Benefactor”, salían por otros liceos y todos se unían en la zona colonial y Ciudad Nueva. Arrancaban placas de bronce, relojes de los contadores de estacionamiento, tapas de las alcantarillas, tubos, según las crónicas.

La Policía golpeó y apresó 13 jóvenes que “portaban piedras y puntiagudos pedazos de metales”, dijeron, publicando sus nombres, fotos, direcciones residenciales, grados que cursaban: Alberto Barinas, Juan Isidro Yanes, Carlos García, Andrés Mora Hernández, Carlos Romeo Domínguez, Rafael Cabrera Calvo, Francisco Antonio Marte, Matías Pimentel, José Juan Rodríguez, Luis Alfonso Rodríguez Méndez, Rafael Armando Bodre, Miguel Enrique Gil Mejía (tercer año de ingeniería y arquitectura, residente en Santomé 77), Dionisio Santana (quien recibió “heridas traumáticas en la región parietal izquierda”).

Después, Carlos Manuel Bello, Marino Sánchez, Rafael Martínez, Ernesto Manuel Rodríguez, Eladio Santana Sosa, Felipe Morel Inoa, Leonaldo (sic) Antonio Torres, Julito Santana Ulloa, Manolo Díaz Tejeda, Elpidio Antonio Cruz, José Leonilde Frías, Juan Isidro Lapaix Hernández, Rafael de Jesús Feliz, Danilo Rodríguez Pérez, Manuel Felipe Pimentel Hernández, Manuel Urbáez Fernández, René José de Jesús Nolasco Llinás, Ramón Arache, Miguel Rafael Suárez Jáquez, Víctor Manuel Báez Mundaray, Rafael Ernesto Lembert Méndez, Manuel de Jesús Ventura, Oscar Mena Álvarez, Dionisio Sánchez Mena, Pedro Ramón Ramos, Manuel E. Martínez y Darío Jiménez Miranda.

Entonces, a las demandas por el cierre de la Universidad y el nombramiento del rector José Manuel Machado, dispuestos por el Presidente Balaguer, la petición de autonomía y fuero universitarios, la liquidación de imágenes y denominaciones trujillistas, el cambio inmediato del nombre del liceo “Presidente Trujillo”, se unió el reclamo de libertad para los detenidos que unas crónicas calculaban en 39 y otras en 57.

“Escenas de vandalismo se registraron ayer en la tarde (19 de octubre) en un céntrico sector de esta capital que durante unas dos horas quedó prácticamente en manos de una turba desenfrenada”, decía un periodista de El Caribe asombrado porque ahí “se encontraban hijos de familias pudientes, inclusive muchachas”, entre ellas “las niñas chic de Gascue”.

Se “agruparon” en la esquina de las calles Espaillat y Arzobispo Nouel “palmoteando y gritando eslóganes oposicionistas”, sobre todo después que en la “Francisco J. Peynado” esquina “Padre Billini” la Federación de Estudiantes Dominicanos distribuyera hojas sueltas “responsabilizando a Balaguer y a las autoridades civiles del atropello perpetrado en las personas de los estudiantes y profesores”.

La revuelta alcanzó “proporciones nacionales”. Se temía “la implantación de la Ley Marcial para aplastar el resentimiento civil…”.

El plan político del 30 de mayo Tony Raful Según relata Bernard Diederich, en su interesante obra, “Trujillo, la muerte del dictador”, Juan Tomás

El plan político del 30 de mayo

Tony Raful

Según relata Bernard Diederich, en su interesante obra, “Trujillo, la muerte del dictador”, Juan Tomás DÍaz le había entregado al doctor Bienvenido García Vásquez, un documento, una semana antes del ajusticiamiento, con instrucciones de que lo abriera sólo después del atentado. Ese texto, indica Diederich, lo empezó a leer García Vásquez, y al parecer no terminó de hacerlo por la presión de su esposa Marianela, hija de Juan Tomás, quien le pidió que botara inmediatamente ese papel por el inodoro, ante el inminente asalto o allanamiento que esperaban de los agentes del Servicio de Inteligencia Militar, en el apartamento de un amigo, donde se habían refugiado, junto a la esposa de Juan Tomás, doña Chana, y sus dos hermanos, en horas de la madrugada del 31 de mayo de 1961.

Diederich cita un primer párrafo del documento, que al parecer constituiría el planteamiento político del grupo que ejecutó la hazaña de decapitar la tiranía trujillista. Ese párrafo dice así: “Tan pronto como Trujillo esté muerto, Pupo Román y Juan Tomás Díaz encabezarán una junta cívico militar y Antonio de la Maza será el secretario de las Fuerzas Armadas.

Todos los miembros de la familia Trujillo serán arrestados. Algunos recibirán permiso para ausentarse y otros serán llevados a la justicia… El presidente Balaguer será llevado al Palacio Nacional donde será obligado a firmar los decretos estableciendo la junta. La junta pedirá la intervención de los Estados Unidos para evitar el derramamiento de sangre… “ Ángel Severo Cabral, según dice Diederich, “recibió también en delegación la importante tarea de preparar la radioemisión posterior al tiranicidio, dirigido al pueblo dominicano y la cual pondría el golpe en movimiento”.

Cabral grabó en su propia voz el llamado o manifiesto que comunicaba al país la muerte del tirano y llamaba al pueblo a levantarse contra la dictadura y apoyar la acción del tiranicidio; estaba dirigido a los militares, los obreros, los profesionales. Llamaba a la movilización popular identificándose como “grupo de liberación”. La proclama fue escrita por Antonio García Vásquez.

Cuenta Diederich que Cabral repetía, “notificando al pueblo, notificando al pueblo”. Se organizó incluso la toma de la emisora La Voz del Trópico para pasar dicha cinta magnetofónica.

Del documento que le entregó Juan Tomás Díaz a Bienvenido García Vásquez, no se conocen las propuestas que contenía, que habrían definido un perfil ideológico y político de sustentación de la gesta heroica del 30 de mayo. Se supone que del documento no hubo copias. Sin embargo hay algunos indicadores importantes en el párrafo incluido por Diederich en su libro, por ejemplo, la decisión no fue apresar a Trujillo como se filtró en algunos testimonios preliminares, sino matarlo. Otro dato es que tanto Pupo Román como Juan Tomás Díaz presidirían la Junta Cívico Militar y Antonio de la Maza sería el Secretario de las Fuerzas Armadas.

Además de que necesitarían al presidente Balaguer para los fines de establecimiento de la Junta y la elaboración y firma de los decretos.

El destino de la familia Trujillo estaba determinado por su detención masiva, depuración y sometimiento a la justicia de los responsables de actos delictivos.

Lo sorprendente es el anuncio de un pedido de intervención militar norteamericana para evitar un baño de sangre, lo cual supone deducir que los héroes presagiaron enfrentamientos y resistencia importante de parte de los trujillistas.

Por otro lado, en el manifiesto de Severo Cabral, había un llamamiento a la movilización popular, a un respaldo del pueblo al hecho histórico consumado, lo que indica, que había conciencia de que el evento del ajusticiamiento y el golpe de estado, por sí mismos eran insuficientes si no se producía el apoyo de la población.

Mi distinguido amigo, ciudadano ejemplar, Eduardo García Michel, en un enjundioso trabajo titulado “Las ideas centrales del tiranicidio”, en referencia a las notas que hemos publicado sobre la gesta y sus motivaciones y propuestas, revela la existencia de “un plan político básico de 10 puntos, escrito por uno de los que sobrevivieron y que fue mantenido en el anonimato por decenios y que era distinto a la proclama…” García Michel hace consideraciones sobre dicho plan político sumamente interesantes.

La idea es conocer ese plan político o documento conceptual que sirvió de basamento a la gesta, así como todos los detalles sobre el mismo. Mi preocupación es precisamente esa, encontrar la fuente teórica referencial que serviría para complementar la visión de una acción trascendente e inolvidable en la lucha por la libertad.

Para mí los héroes del 30 de Mayo son más que héroes, y no hay cómo pagar la deuda contraída con su ejemplo y su coraje. Pero no es ocioso buscar las raíces, el sustrato de su arrojo y consagración histórica.

No fue solamente liquidar al monstruo, que de por sí es una hazaña portentosa, sino algo más, castigar al trujillismo, abrir las puertas de las cárceles y del exilio y dar garantías de una democracia efectiva, independientemente de los agravios personales que sufrieron, convertidos en colectivos, paradigmas alzados en la conciencia nacional como legado patriótico.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Hiciano, la bomba y el exilio


Hiciano, la bomba y el exilio
Giannella Perdomo Pérez

Vísperas de las Navidades de 1963, los Dominicanos no imaginábamos las sorpresas que nos reservaba el final de año.

El asesinato brutal de Manuel Aurelio Tavárez Justo –Manolo-, Presidente de la Agrupación Política 14 de Junio, además de aquellos compañeros aniquilados, integrantes del grupo de insurrectos en “Las escarpadas montañas de Quisqueya”, acontecido el 21 de diciembre, sobre las tierras de la sección denominada Las Manaclas - San José de las Matas- cuyos cadáveres fueron trasladados a Santiago de los Caballeros, en el transcurso del día 23 de diciembre, provocó expresiones de reproches en toda la ciudad. El ruido atronador de las bombas caseras –no mutilantes ni incendiarias- se escuchó por los diferentes barrios de la ciudad en gesto de indignación ante los horrendos acontecimientos.

En esa prima noche, acompañada de mi compañera Merceditas, nos trasladamos a las morgues de los hospitales, portando nuestra Bandera Nacional, para cubrir los cuerpos de los compañeros que allí se encontraban.

El espectáculo dantesco que ofrecía el cadáver de Rubén Alfonso Marte Aguayo (a) Fonsito, nos sobrecogió. Le encontramos tendido sobre el suelo; su sangre indolente hacía isla con su cuerpo. Nos acercamos para cubrirle con nuestro símbolo patrio y escuchamos aquella mujer que exclamaba horrorizada: “¡pero si le falta una oreja!” Imposible mirar y confirmar aquel detalle! Le cubrimos con la Enseña Tricolor y nos marchamos impregnadas de un olor nauseabundo y pestilente.

Fonsito había sido mi compañero entrañable. Sin sospechar su participación en la insurrección, antes de partir a las montañas me pidió: “cuando me encuentre en la loma, escríbele a mi mamá, como si yo lo hiciera, diciéndole que estoy bien, que no se preocupe por mi salud, así estará tranquila hasta mi regreso”. Luego de aquel diálogo, cargado de amor para su madre, emprendió su viaje hacia la historia.

La congoja normal de lo vivido nos provocó profunda tristeza. Una vez concluida nuestra fúnebre labor regresamos a nuestros respectivos hogares. Ya en el, acompañando a mi hermano Virgilio Eugenio, procedentes de Santo Domingo y paquete en mano, llegaron dos jóvenes a quienes no conocía.

Virgilio les condujo a la pequeña caseta del patio – allí guardábamos un armario con herramientas carpinteras de mi padre- lugar ideal para construir cualquier manualidad.

La curiosidad me movió hasta ellos. Observé materiales muy raros colocados sobre la mesa además de un pliego con extraños dibujos, ampliamente extendido. Husmeé unos minutos y no vi nada interesante. Aquel recién llegado empezó a “colocar” las piezas de su original rompecabezas, artefacto que cambiaría radicalmente nuestras vidas. Observando desde la puerta, escuché decir a mi hermano: ¨Ten cuidado con esa vaina, eso no es así, que no es así!¨, repitió categórico.

Caminando hacia el interior de la vivienda, una detonación ensordecedora procedente de la casucha, me dejó paralizada. Al unísono gritos y gemidos. Aquel estallido me desestabilizó y sin reaccionar retrocedí a socorrerles. Uno de ellos profería: “¡no veo, no oigo nada!” Nadaba por los aires con sus brazos extendidos, buscando tal vez un punto de apoyo para evitar caer o lastimarse.

Creí a mi hermano sordo y ciego! Corrí hacia él y trémula le abracé. Sustancias ardientes cubrían su cara, estaba revestido de materias salinas. ¨No veo nada, apenas te escucho¨, me repetía. Dios, ¿qué hacer en esas circunstancias? Para que recibiera aire fresco le recosté de la pared más próxima y allí lo dejé, apoyado sobre el muro colindante con la familia Hungría.

Aquel panorama representaba un peso superior a la tolerancia de mis espaldas. Los sucesos no me permitían ejecutar las acciones correctas. Presa del desconcierto entré a la casa, desde la sala provenían quejidos y lamentos. Quién se quejaba? ¡Dios del Cielo! Allí estaba, acostado sobre el sofá, la sangre incansable manaba del brazo de aquel joven. Jamás vi una hemorragia similar. Pensé que podía morir desangrándose. Impulsada por el deseo de salvarle, auxiliarle era mi acción correcta e inmediata.

La Policía Nacional tenía un Destacamento en línea paralela a nuestro domicilio. Consideré que si el herido resultaba detenido, sin recibir atención médica urgente, posiblemente moriría y creí que su muerte, inminente, podría producirse por una hemorragia incontrolada.

Sin pérdida de tiempo, salí corriendo a la calle para gestionar un carro y transportarlo al hospital más cercano. No recuerdo las manos solidarias que me ayudaron a introducirlo en el auto, apenas podía sostenerlo. Veloz, entré por Emergencias, donde llevé aquel muchacho para que recibiera las atenciones y cuidados médicos de lugar.

Regresé nerviosa y consternada. Al entrar a la galería de mi casa, el área parecía un cuartel militar. El estruendo producido por aquella fallida bomba, provocó resultados poco halagüeños: aquel joven mal herido, desconocer el destino y estado físico de mi hermano, prisión a mi madre al igual que para mí por supuesta complicidad y fabricación de bombas; mi hermanita ¡al cuidado de los vecinos!


Acusadas de terroristas, nos recluyeron los últimos días de ese inolvidable diciembre. Concluidos los trámites del juicio y descargadas por inocencia, recuperamos nuestra libertad con la obligatoriedad de abandonar Santiago y evitar posibles apresamientos.

Escapando de las garras uniformadas, viajamos a Santo Domingo. Por largos e interminables meses nos refugiaron nuestros parientes. En este nuevo hogar transcurrió lo que siempre entendí como nuestro involuntario y obligado exilio.

A partir de aquella noche, me inquietaba conocer las razones que provocaron la explosión de aquella fatídica bomba; quién era aquel joven herido? Los episodios de la Guerra de Abril enriquecían las páginas de nuestra historia contemporánea y despejaban muchas interrogantes.

Transitando por los jardines de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, en el área frontal de la Facultad de Ingeniería y Arquitectura, volví a verle. Sentado junto a otros estudiantes se encontraba aquel joven que respondía al nombre de Gregorio Hiciano –al fin su nombre!- víctima de la bomba que intentó “armar” en mi casa, por la cual perdió su brazo derecho. Su imagen mutilada me impactó de forma tal que jamás podría describirla.

Los episodios vividos pasados 48 años y valiéndonos del mundo cibernético, mi buen amigo Darío Nicodemo escribe: “Mi encuentro con Hiciano fue muy particular, no nos conocíamos. Él no emitió juicio de valor sobre el hecho. Lo narró con algunos detalles y sí al final me dijo: “Ese error pudo costarme o costarnos la vida”. Darío concluye: “se refería al error de tocar la hebilla de su correa con los materiales. Esta conversación vino como preámbulo para contarme sobre su prótesis”.

En torno a estas ocurrencias, Darío recuerda: "El encuentro con Hiciano se produce el día que retornaba a Santo Domingo, a eso de las 4:30 ó 5:00 a.m., justo antes de salir para el aeropuerto a tomar su vuelo de la Pan American, pautado para las 7:00 de la mañana.

"Gregorio Hiciano, al término de su viaje por varios países del Campo Socialista, regresó desde Viet Nam, sobrevolando algunos de ellos, con escala final en New York, ciudad donde nos encontramos en un apartamento del Alto Manhattan.

Nicodemo finaliza su relato, evocando: "conversamos un rato y como te decía, al final y muy orgulloso me mostró el trabajo de prótesis que le habían hecho. No recuerdo en que país la habían confeccionado. Salí de la habitación mientras comenzaba a "prepararse" para su vuelo de regreso al país.

Develados los inolvidables accidentes que cambiaron la cotidianidad de nuestras actividades, solo me resta elevar una plegaria por el alma de Gregorio Hiciano. ¡Paz a su alma! al igual que para todos aquellos luchadores por las libertades de nuestro país, a quienes un desliz o quizás un error práctico les trastornó o arrebató la existencia.

giannellaperdomo@hotmail.com

sábado, 5 de noviembre de 2011

Carta a Consuelo Despradel de Rosa Haydée Arvelo de Messina

Santo Domingo, D. N.

1 de junio de 2011



Señora

Consuelo Despradel

Presente

Estimada Consuelo:

En la tarde del martes te oí en el programa del Gobierno de la Tarde defendiendo el derecho de los Trujillos. Respeto el derecho que tienes de hacerlo, pero quiero decirte lo que me fue imposible decir a través del indicado programa porque no pude comunicarme.

Oí que le dijiste a alguien que llamó que no tenía derecho a opinar porque no había vivido, padecido, ni conocido la época de la tiranía. Pues te puedo opinar porque yo sí viví esa época, yo sí fui una de las que padeció, yo sí fui una de las que conocí la tiranía. Tenía 10 años cuando mi papá vino en la Expedición de Luperón (no como invasor, como dijo el nieto de Trujillo) como expedicionario, como un dominicano, con todo el derecho de venir a su país a tratar de liberarlo de la férrea tiranía a que lo tenía sometido el tirano- dictador más sanguinario, abusador, ladrón y todos los epítetos que se puedan ocurrir y que seguramente no los retratarían completamente, que nos tuvo sometidos por 31 años y que gracias a un grupo de valientes que se decidieron a salir de él, sin temer a las consecuencias a que se exponían y que todos sabemos cuáles fueron, se liberó el país y a partir de noviembre de 1961, luego que se fue la crápula asesina que quedaba, pudimos tener algo de libertad y relativa democracia.

Te decía más arriba que yo sí puedo hablar de esa época porque viví en carne propia lo que significaba ser hija de un antitrujillista, de un enemigo del tirano. Luego de casarme y estando embarazada de nuestra primera hija, en Enero de 1960 mi esposo fue hecho preso por pertenecer al Movimiento 14 de Junio, después de 7 meses de prisión y tortura fue indultado y luego de las sanciones que puso la OEA al país, logramos, en el mes de noviembre de 1960, viajar hacia Nueva York donde obtuvimos asilo político, regresando en diciembre de 1961.

Como podrás ver yo sí puedo hablar de la tiranía y tengo toda la razón del mundo y todo el derecho del mundo a NO QUERER y HACER TODO LO POSIBLE PORQUE NO REGRESEN LOS TRUJILLOS, NI SUS DECENDIENTES,

¡¡NI DE VISITA!! ¡¡¡¡ NUNCA MÁS!!!!

Yo conocí a ese nieto que ahora viene a hablar y a defender a su asesino abuelo, a presentar sus virtudes y a tratar de volver a dañar de nuevo a nuestro país. ¡PUES NO! No estoy de acuerdo con que hagan museos, con que hablen, con que quieran alegar derechos que ellos nunca nos dieron, con que quieran contar los logros que dicen legó Trujillo al país, logros que hay que conocer a profundidad para poder valorarlos y conocer los beneficios que de cada uno obtuvo el tirano. Eso se demuestra en el Museo de la Resistencia Dominicana.

Trujillo lo único que hizo fue beneficiarse y beneficiar a su familia exprimiendo la sangre y la vida de los dominicanos. Y si él lo duda, que le pregunte a su mamá, que disfrutó en grande.

Oí que criticaban a muchos que según ustedes se quedaron con los dineros de los Trujillos. ¡Denúncienlos!, es muy fácil decir sin probar o insinuar sin hablar.

Lo que yo les aseguro es que yo sí puedo hablar y ni mi papá ni mi esposo pasaron factura nunca.

Oí también que dijiste que el Museo de la Resistencia Dominicana recién inaugurado es antibalaguerista. No es verdad, en ese museo sólo se dice la VERDAD. ¿O es que no quieres que se diga la verdad de lo que ocurrió durante los 12 años? ¿Qué dirían las madres, los padres, los hijos e hijas, los familiares, los amigos, de todos los que mataron durante esos 12 años? ¿No crees que sea suficiente dolor el que Balaguer haya quedado impune de todos esos crímenes? ¿No crees que sea más que suficiente que Balaguer haya muerto en su cama y no como merecía? Ese es un museo Memorial y como tal TIENE que decir lo que ocurrió, esa es nuestra responsabilidad.

Lamento no haber podido comunicarme con ustedes, sobre todo con el pichón de dictador que ustedes con tanta alegría entrevistaron y defendieron. Te escribo porque no he podido quedarme callada, mi tranquilidad no me lo permitió.

Saludos,



Rosa Haydée Arvelo de Messina

Hija del Dr. Tulio H. Arvelo Delgado, Miembro sobreviviente de la Expedición de Luperón del 19 de Junio de 1949

Esposa de Frixo Messina Rodríguez, Miembro del Movimiento 14 de Junio y Torturado en la Cárcel de la 40.

Miembro de la Federación de Fundaciones Patrióticas, propietaria del Museo de la Resistencia Dominicana.

Virgilio Perdomo Pérez trató de crear las condiciones para un desembarco de Caamaño por Azua



Virgilio Perdomo Pérez trató de crear las condiciones para un desembarco de Caamaño por Azua




Hoy | Calles Y Avenidas De Santo Domingo | Domingo 22 de abril del 2007



POR ÁNGELA PEÑA



En 1970, Virgilio Perdomo Pérez localizó a su amigo de adolescencia Héctor Miguel Genao, en Azua, para proponerle la organización del desembarco del coronel Caamaño. No le veía desde que terminó la revolución de abril de 1965 porque ambos tomaron rumbos diferentes. Pero entonces ya se encontraban los dos en el país y Genao, ahora director de uno de los proyectos de producción de plátanos en Ansonia, era la persona indicada para preparar la resistencia urbana de la guerrilla porque esa zona, consideraba Perdomo, era perfecta para el arribo y la movilización de los viajeros procedentes de Cuba.



“Me propuse rentar una parcela de la costa, cerca de Monte Río, donde se pudiera desarrollar un proyecto agrícola, pero con la intención de que las personas que trabajaran en él, sirvieran como cabeza de playa, como soporte al movimiento que iba a llegar”, explica Genao, quien compartió con Perdomo la fundación de la Asociación Nacional de Estudiantes Secundarios y de la Unión de Estudiantes Revolucionarios, en Santiago, tres bachilleratos para incorporar jóvenes a actividades políticas y la participación en el 14 de Junio. Vinieron juntos a estudiar a la Universidad y retornaron a la “Ciudad Corazón” cuando la casa de estudios fue cerrada para expulsar del Alma Mater a académicos tenidos por trujillistas.



Héctor Miguel Genao, que nació en Monción el 23 de agosto de 1946, se trasladó a “La Hidalga” en edad de cursar los estudios intermedios y secundarios en los liceos “México” y “Ulises Francisco Espaillat”, respectivamente, donde también estuvo Virgilio. Por las tardes se reunían en la casa de éste último, en la General Cabrera, y fabricaban bombas caseras, acompañaban a los adultos del 1J4 que se alzarían junto a Manolo Tavárez Justo y respaldaban en el pueblo la acción de las montañas. Genao era conocido principalmente como locutor de “Radio Libertad” y “Radio Norte”, donde su voz se hizo familiar en las arengas constitucionalistas de la guerra. Virgilio, refiere el compañero inseparable, vivía más clandestino pues su familia estuvo marcada por su oposición al régimen de Trujillo, en el que desaparecieron a su padre después de torturarlo y ahorcarlo.



Mientras Virgilio se entrenaba militar y políticamente en Cuba y Asia, Genao, que es también piloto comercial, estudiaba ciencias agronómicas en la “Escuela Agrícola Panamericana Zamorano”, de Honduras. “A todos los agrónomos que estudiaban allí le ofrecían trabajo desde antes de llegar al país. Es uno de los institutos más prestigiosos, acuden estudiantes de 21 países de América”. El joven egresado era un ejecutivo de la secretaría de Estado de Agricultura, el proyecto a su cargo dependía de la Presidencia de la República y lo dirigía personalmente Fernando Álvarez Bogaert.



“Más que un amigo, Virgilio era como mi hermano y su mamá, doña Quisqueya, como mi segunda madre. Tenía una confianza en él como en nadie. Cuando regresó de Cuba me informó que se había formado un movimiento diferente que se llamaba “Comando de la Resistencia”, y me explicó la razón de ser del movimiento, en interés de que yo participara. Le manifesté que cómo no, pero que estaba enterado de que en ese tiempo había muchas delaciones, deserciones de la izquierda, muchos traidores y que en la única persona que confiaba, de manera absoluta, era en él, que participaban pero con ninguna otra. Al recibir esta respuesta me dijo que yo estaba colocado justamente en el sitio apropiado para sus planes”.



De Estebanía a Las Charcas



Varias veces visitó Virgilio Perdomo a Héctor Miguel Genao, armado, camuflado con gorra. Se reunían tanto en Ansonia como en restaurantes del pueblo de Azua. “En ese tiempo ya él era perseguido, mi vehículo era privado y a veces también nos movíamos en la camioneta oficial, yo también portaba arma por trabajar en un proyecto del Estado. Virgilio tenía una sangre fría extraordinaria, me planteaba de manera clara lo que teníamos que hacer si la policía nos detenía de manera casual: no dejarnos sorprender”.



Héctor Miguel Genao no sabía que el comandante de la expedición sería Francisco Alberto Caamaño. “Virgilio tenía todos esos detalles, yo no tenía acceso, pero, como era lógico, él, conjuntamente con Amaury Germán, eran quienes dirigían la parte militar. Yo no le preguntaba pormenores ni él me los daba, recuerde que yo no era un militante, sino un colaborador”.



En una “cincha” de terreno entre los poblados de Las Charcas y Estebanía, se habilitaría la finca que serviría de punto de apoyo a los revolucionarios, agrega. “Se utilizarían fertilizantes como componentes para la fabricación de bombas, en el aspecto agrícola, que él conocía más que yo pues tenía un entrenamiento, una base militar y una conciencia política desarrollada, sobre todo al regresar de Cuba”.



“Yo tenía también como tarea cuantificar las fuerzas militares que había en la provincia de Azua, por ejemplo, los puestos de policía, la fortaleza, el tipo y la cantidad de armas con que contaban porque la idea, me manifestaba él, era, cuando se presentara el momento, aislar el Sur, tomar de manera sorpresiva a esta zona, que nada más quedaría bajo el control de la fuerza guerrillera”.



Comenzó las investigaciones, los diseños de área, la localización de un lugar “que podía ser un terreno baldío que no llamara la atención porque no se puede, por ejemplo, sembrar en una playa, no todo sitio podía ser el indicado, no podía tener vecinos que fueran a delatar que ahí había gente sin fachada de agricultores, esa era la parte que estábamos planificando inicialmente”, narra.



-¿Si el plan se hubiese materializado, el desembarco de Caamaño hubiese sido por Monte Río en vez de por Caracoles?- se le pregunta. “No, es que Monte Río y Caracoles están pegadas, Caracoles es una continuación de Monte Río, que es la playa que usa el pueblo de Azua porque tiene más condiciones para baño. Caracoles es sólo para pescadores. No era Monte Río, estamos hablando entre las cercanías de esas dos playas, eso es lo que queda frente a un poblado que se llama Estebanía, un poquito después de Las Charcas, todo eso ahí, esas costas. No se puede pretender que se hiciera un desembarco por Monte Río, ya ahí había casas de turistas, de gente que veraneaba. Monte Río es el sitio más conocido. Caracoles se vino a conocer después del desembarco”, responde.



Héctor Miguel relata que ya tenía cuantificadas muchas informaciones, sobre todo de las fuerzas militares. “Entablé amistad con gente que tenía conocimiento dentro de los cuarteles, esa era la labor: inventariar ese sector para saber lo que podía ser oposición en el momento del desembarco”. Afirma que su posición oficial le permitía esas relaciones.



Un cambio en Virgilio



En 1963, en Santiago. Desde la derecha, Octavio César Martínez, Manuel Bueno Pérez, Virgilio Perdomo Pérez, Frank Pérez Saleta, Nelson Rodríguez, Miguelina Contreras. Debajo: una persona no identificada, Carmen y Rosa María Jorge, Héctor Genao y Milito Jorge.Héctor Miguel, hijo de Juan Genao y Celia Peralta de Genao, conserva cartas y fotos de Virgilio. En una misiva, el integrante del grupo “Los Palmeros” le describía lo que debía ser un revolucionario consagrado. “hablaba de política, de economía, de su formación militar, hubo una gran transformación en él, así como en el aspecto personal. Recuerdo que era apuesto, atlético, y siempre tenía muchas novias, pero ya hasta en ese sentido era más recatado y me hacía críticas en ese orden. Ya estaba casado y hablaba como lo que debía ser un revolucionario, no sólo en su vida pública sino en lo personal”.



Ahí, concluye, se produce el desenlace del 12 de enero de 1972. “Oí por radio, estando en la Finca 6, todo el desenvolvimiento de ese hecho y lamentaba estar tan ausente y no poder tender la mano a quien era mi hermano, mi mejor amigo. Fui inmediatamente a Santo Domingo y acompañé a doña Quisqueya en la funeraria. Recuerdo que cuando llegué, algunos decían que ese no era su cadáver, dije que podía identificarlo, busqué sus pies, que tenían algunos detalles notorios, como las uñas encarnadas, y recuerdo que doña Quisqueya dijo: “¡Ese es mi hijo!”. Virgilio cayó en combate junto a Amaury Germán Aristy, Ulises Arquímedes Cerón Polanco y Bienvenido Leal Prandy.



“Punto de peregrinación”



Héctor Miguel fue quien propuso los nombres de las calles de los cuatro integrantes de los “Comandos de la Resistencia” ubicadas en el barrio Los Pinos, del kilómetro 11 de la carretera Duarte, y las del Residencial Ureña.



“Este sector lo construyó justamente una persona que estuvo en el 14 de Junio de 1960, José Ramón Ureña, los nombres que tenían las calles eran apodos de sus hijos, vi que era un sitio apropiado, ideal, para rendirles un homenaje merecido a esos compañeros. Lo propuse a la Junta de Vecinos, aceptaron, enviamos comunicación al Ayuntamiento de Santo Domingo Oeste y lo aprobaron hace cinco años”, revela.



Envió a cada casa del sector una biografía de los revolucionarios “diciendo quienes eran: un ejemplo a seguir por la juventud de éste y todos los barrios donde haya jóvenes. Este residencial debería ser punto de peregrinación cada 12 de enero, un sitio de homenaje al igual que los alrededores donde cayeron, para que se mantenga siempre viva su memoria”.

viernes, 4 de noviembre de 2011

ATENTADO DE TRUJILLO CONTRA RÓMULO BETANCOURT




ATENTADO DE TRUJILLO CONTRA RÓMULO BETANCOURT
Los dos vuelos del “Cabrito”
EL ATENTADO CONTRA EL PRESIDENTE VENEZOLANO RÓMULO BETANCOURT PROVOCÓ UN ESCÁNDALO INTERNACIONAL QUE DEBILITÓ EL RÉGIMEN DE RAFAEL L. TRUJILLO, AL QUE LA OEA TAMBIÉN LE IMPUSO SANCIONES PARA AISLARLO


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Santo Domingo

Los primeros rayos del sol iluminaron tenuemente el pavimento de la rampa que a paso firme, pero sin apariencia de prisa, cruzaba el grupo de seis hombres. Era todo, menos un grupo uniforme.

Sus diferencias no eran solamente de edad. A lo largo de sus vidas estos hombres, algunos de los cuales apenas se conocían, habían sostenido ideas disímiles y militado en causas opuestas. Los juntaban ahora motivaciones distintas. Resultaba incomprensible determinar qué podía haberlos reunido para una misión tan peligrosa. A pesar de sus diferencias, estaban unidos por lazos que se entrecruzaban: el poder, la aventura y el dinero.

Los más jóvenes, el capitán de aviación civil Jesús García, y su copiloto, Juvenal Zavala Chávez, estaban allí, como lo hubieran estado en cualquier otra misión que se les hubiere encomendado por paga. Si bien compartían la finalidad que inspiraba al resto, no eran los mayores entusiastas de la causa. La razón que justificaba la presencia de los otros cuatro, era por supuesto muy distinta.

Juan Manuel Sanoja, el más viejo, era un impenitente revolucionario con una interminable lista de aventuras en su haber. De mediana estatura y complexión fuerte, a sus setenta años, era el líder del grupo. El respeto que inspiraba en sus compañeros de aquel vuelo obedecía no sólo a su edad, sino a su carácter y don de mando.

Solo él conocía realmente en toda su dimensión la complejidad de la misión que empezaba con aquel vuelo misterioso.

Sólo él tenía pleno conocimiento del dictador Rafael Leonidas Trujillo Molina, el hombre a quien recurrirían en busca de ayuda. Y probablemente era el único que también percibiera todos los peligros y dificultades que entrañaba la aventura que estaban a punto de emprender.

No había mucho que decir del resto. Sin embargo, dos de ellos, Vicente Yáñez Bustamante y Luis Cabrera Sifontes, constituían figuras claves del plan. El segundo era un ingeniero hidráulico también experto en radio.

Ambos hombres serían las piezas operativas fundamentales sin los cuales nada funcionaría.

La presencia del sexto elemento, José Morales Hernández, tenía más bien una razón política. Su amigo, Eduardo Morales Luengo, ex capitán de navío exiliado, a quien se proponían visitar, era un feroz adversario del presidente Rómulo Betancourt y un aspirante a sucederle en el poder, por cualquier medio. La operación a punto de empezar a aquella temprana hora de la mañana, bajo un cielo despejado y prematuramente azul, podía llegar a hacer realidad sus ambiciones.

Nadie que los hubiera visto caminar en dirección al C-46 que le esperaba en la pista, podía imaginar que allí, en la mañana del viernes 17 de junio de 1960, en el aeropuerto de Maiquetía, de la Guaira, Venezuela, estos seis hombres estaban a punto de iniciar una de las más fantásticas y arriesgadas aventuras políticas del siglo.

Los motores del C-46, con las siglas YV-C-ARI de la empresa venezolana Rutas Aéreas Nacionales Sociedad Anónima (RANSA), rompieron el silencio matinal y el piloto se dirigió lentamente hacia la cabecera de la pista. García verificó los controles y reexaminó con los operadores su plan de vuelo. A las 5:22 a.m., la torre de control le comunicó que todo estaba libre y el C-46 tomó a toda velocidad la larga pista de concreto y rápidamente ganó altura. Durante los primeros minutos de vuelo, la nave siguió en dirección hacia el punto previamente fijado, un pequeño aeropuerto privado de un hato propiedad de Carlos Chávez, presidente de RANSA, en El Piñal, situado entre el río Arauca y el río Cunaviche, en el Estado de Apure.

El piloto del avión cerró contacto con la torre de control de Maiquetía y en el sitio de navegación aérea denominado “Whisky 1 (uno)” cambió repentinamente de rumbo y se dirigió a Ciudad Trujillo. Sanoja sonrió y preguntó al piloto si había alguna novedad.

Todo marchaba como estaba planeado. De los ocupantes del aparato, solo aquel viejo general, conocía a sus próximos anfitriones en el punto de destino. Su conocimiento de aquel lugar no era superficial. Sanoja había llegado a la República Dominicana más de veinte años atrás, habiéndose establecido en Moca, una pequeña y próspera ciudad del noreste central, donde, entre otras actividades, se había dedicado a la odontología. Allí nacieron varios de sus catorce hijos y dos de ellos, Gilberto y Juan Manuel, eran dentistas profesionales y oficiales de las Fuerzas Armadas del dictador Generalísimo Rafael Leonidas Trujillo Molina, de quien era amigo.

Para los residentes de la lejana localidad de Moca, donde había vivido por largos años, Sanoja no era el intrépido y temerario general de luchas revolucionarias, que había pasado de las cárceles del tirano Juan Vicente Gómez, en su natal Venezuela, a las filas de la revolución mexicana, sino un tranquilo y amable ciudadano que dedicaba horas enteras para tratar problemas dentales a todo aquel que los tuviera en Moca y a sus alrededores.

Pero esa imagen de pacífico profesional pueblerino constituía solo una faceta de su compleja y diversa personalidad.

En realidad, era un hombre acostumbrado al peligro y la misión a la que iba en este vuelo secreto lo devolvía a su ambiente verdadero; al de las luchas clandestinas, al centro de la aventura y el peligro.

Sanoja se estableció en Moca a comienzos de los años treinta como exiliado de la dictadura de Juan Vicente Gómez.

Su aversión a Betancourt provenía, probablemente, ya de aquella lejana época. Este era entonces un fogoso líder estudiantil de ideas marxistas.

Esta faceta en la vida del presidente venezolano había bastado para marcarlo para siempre como enemigo en el pensar sicorígido del viejo general, un hombre de ideas profundamente conservadoras.

Unos años antes de la llegada de Sanoja a la República Dominicana, Betancourt había ya recorrido, curiosamente, muchos de los pueblos por donde aquel estableciera después vínculos de afectos con familias dominicanas.

Sin embargo, eran muy contados, sí existían, los que podían dar en el país testimonio de alguna expresión contraria del viejo luchador contra el joven estudiante. Aquellos que tuvieron la oportunidad de tratar a ambos, no podían explicarse los sentimientos que Betancourt inspiraba en este aventurero, rodeado de leyendas. Algunos de estos mitos se habían forjado en la propia ciudad de Moca, donde se comentaba en secreto que el curtido general ejercía la odontología sin título universitario, cosa nada rara en aquella época.

En buena medida, gran parte de la simpatía que Sanoja inspiraba entre los mocanos emanaba de su esposa, una joven mejicana de agradable apariencia y sencillos modales. Por lo menos uno de sus hijos, Pedro Pablo Sanoja Aguilar, un brillante estudiante que luego se establecería en Venezuela como abogado, nació en aquellas tranquilas tierras dominicanas.

A despecho de su carácter medio tosco, el general tenía un fácil trato, no obstante su personalidad contradictoria.

Por ejemplo, los que llegaron a conocerle entonces recuerdan que su aversión a Juan Vicente Gómez no se refleja- ba, por lo menos con la misma intensidad, hacia Trujillo, en esos lejanos días de apacible existencia en Moca.

Era, sobre todo, muy apegado a la familia, aunque le rodeaba una fama, no se sabe si bien ganada, de conquistador, reputación probablemente conseguida con los laureles del generalato alcanzado, no se sabía cómo en México.

Nadie, empero, en la pequeña localidad dominicana podría dar constancia de aquella fama, cimentada tal vez en el hecho de que se le atribuyera una pronunciada inclinación por las fiestas, a las que usualmente iba acompañado de sus hijos.

Una de sus grandes pasiones era, según testigos de la época, la figura del libertador Simón Bolívar, nombre con que bautizó una escuela normal particular que fundara en Moca en los años siguientes a su llegada. Esta escuela, que llegaría a alcanzar prestigio en toda la comarca, funcionaba en un pequeño local en la calle independencia, próximo a la 26 de Julio, colindante casi con la casa de Pichilín Michel, un patriarca del lugar. Allí estudiaron muchos hombres y mujeres que más tarde serían prominentes en la vida política y social dominicana.

Con el tiempo, en torno a su persona llegarían a tejerse toda clase de historias, como aquellas de que solía cobrar por sus servicios como dentista de acuerdo con una personal apreciación del paciente que nadie podía descifrar.

Frente a su consultorio de la calle Colón solían formarse diariamente largas colas. El hecho de que un hombre de su experiencia mundana escogiera la bucólica tranquilidad de Moca en vez de la más colorida y relativamente agitada vida de la capital o Santiago, la segunda ciudad del país, se explicaba, tal vez, en la prometedora prosperidad que allí se observaba.

A sus casi cincuenta años, a mediados de la década de 1930, Sanoja podía ser confundido con el típico personaje que, cansado de inútiles luchas revolucionarias, decide emprender un nuevo sueño. El vuelo que lo traía de vuelta a Ciudad Trujillo en misión secreta parecía la mejor explicación de que aquella vena aventurera estaba aún latente en él.

Costaba imaginarse a un hombre de su historial de resistencia a la tiranía de Gómez, aliado con Trujillo en un plan contra el gobierno democrático de Betancourt.

No era la Presidencia, como símbolo primario del poder, lo que le guiaba. A su edad, ésta se le mostraba más distante que la muerte. Tampoco lo sería el dinero, que una vez aparentemente estuviera cerca de obtenerlo en México. Sanoja conservó por mucho tiempo pruebas de esa riqueza, sin valor material alguno. A sus amigos en Ciudad Trujillo les había mostrado una vez un viejo y gigantesco baúl repleto de billetes mexicanos antiguos, ya fuera de circulación. Removiéndolos con sus gruesas y callosas manos, había dicho: “Vean, podría ser rico, ¿de qué sirven?” Sanoja estaba sumido en sus pensamientos cuando el piloto de la aeronave le comunicó que había entrado en contacto por radio con Ciudad Trujillo.

A una hora exacta de vuelo de su destino, el C-46 hizo contacto por primera vez con el “Control Radhamés”, en la base aérea de San Isidro, en la frecuencia de 3023.5. El viejo general se levantó de su asiento y se dirigió a la cabina del piloto, al que entregó un papel escrito apresuradamente a mano. El capitán García leyó por radio el breve mensaje: “Avisar al Generalísimo que el general Sanoja va a bordo del avión. También avisar al coronel (Johnny) Abbes García”.

Cabrera Sifontes añadió otro mensaje cifrado que el piloto se apresuró en transmitir: “Avisar Carrasco que Carrasco va a bordo”. En el punto lejano de recepción, el operador se limitó a contestar que estaba “informando”.

Dentro del avión se hizo un silencio pesado, mientras la espera se tornaba angustiante.

Al cabo de pocos minutos, les llegó la respuesta autorizándole a aterrizar en la base militar, ubicada entre el aeropuerto y Ciudad Trujillo.

Como estaba previamente acordado, la comunicación prosiguió sin identificar al avión. Desde la base se escuchó la señal: “Control Radhamés 2, llamando, cambio”, cuando el C-46 se aproximaba a unas 25 millas de distancia.

El piloto confirmó la recepción del mensaje y la torre de control proporcionó información sobre la dirección e intensidad del viento, con una orden final: “Libre aterrizar a la pista 12”.

El avión se deslizó suavemente sobre el pavimento y durante el carreteo sus seis ocupantes pudieron percatarse de que estaban siendo escoltados por vehículos de guerra.

Siguiendo las instrucciones que ahora se les daban por señas desde un vehículo militar, el piloto condujo despacio la nave al punto más lejano del aeropuerto.

Las medidas de seguridad eran extremas. Lógicas, sin embargo, tratándose de un avión de matrícula de un país con el cual se han roto las relaciones diplomáticas.

Varios aviones del tipo Vampiro, a reacción, y P-51 “Mustang” permanecían a un lado de la pista con los motores encendidos, prestos a despegar, mientras tanques apuntando sus largos cañones hacia la nave recién llegada se veían a ambos lados del aeropuerto.

Tropas en trajes de zafarrancho estaban colocadas en sitios estratégicos, próximos a donde podían verse varios “Mercedes Benz” y jeeps militares. El capitán García apuntó bien la hora de aterrizaje en su hoja de vuelo: 07:47 (7:47 a.m.), hora local.

Un grupo de altos oficiales dominicanos les recibió al pie del avión, saludando al general Sanoja, quien fue el primero en descender.

Pero tenían órdenes de esperar allí. Al cabo de 45 minutos llegó en un vehículo militar el capitán de navío retirado de la Marina venezolana Eduardo Morales Luengo.

Sanoja hizo la debida presentación y el grupo se dirigió a una residencia en las afueras de Ciudad Trujillo, donde residía temporalmente Morales Luengo.

La trinitaria: por Felipe Lora

¡Dios,Patria y Libertad!

Con Dios Patria y Libertad
Comprometió el juramento
Que inició el movimiento
En la clandestinidad.
Se invocó la trinidad
Evitando la traición
Y se dieron a la acción
Los nueve que prometieron
Luchar, como así lo hicieron,
Por nuestra separación.

Con su honor y su conciencia
En mano del presidente
Pasaron de nueve a veinte
Buscando la independencia.
Ignoraron la advertencia
De la autoridad haitiana
Y llamaron soberana,
Libre e independiente
Aquella nación naciente;
Hoy, patria Dominicana.

Su lema identificó
Al que era partidario
Al que era trinitario
Al que antes Dios Juró.
Su gran valor nos legó
Nuestra nacionalidad,
Y para mostrarle lealtad
Sin llegar a encumbrarnos,
Sugiero hoy saludarnos
Con Dios, Patria y Libertad

Felipe Lora