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miércoles, 2 de septiembre de 2009

-¿Cómo surge en Salcedo el Movimiento 14 de Junio? Parte I

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Cuaderno de apuntes

Dedicada a la cultura dominicana

-¿Cómo surge en Salcedo el Movimiento 14 de Junio?

-El movimiento comenzó como una organización clero-cultural. Eso de “clero-cultural” era sólo una pantalla. La primera reunión para su formación fue en Ojo de Agua, aquí en Salcedo, y la ideóloga fue Minerva Mirabal. Ella preparó a Manolo. Estaban los hermanos Disla, seminaristas, y el padre Daniel Cruz, entre otros. Yo recuerdo que un día fuimos donde nació el Cardenal, en Barranca, pero como eran células de tres, yo no pude entrar a la reunión. Entró Fafa Taveras, que era el coordinador, y Francisco Aníbal González (Pachico). En honor a los héroes y mártires de la invasión del 14 de Junio fue que se le puso ese nombre. Yo pertenecía al grupo de Francisco Aníbal.

“¡Viva Trujillo!, exclamó el propio Trujillo con su voz atiplada, mientras daba un ridículo saltito…”.
Pedro Camilo


-¿Cómo surge en Salcedo el Movimiento 14 de Junio?

-El movimiento comenzó como una organización clero-cultural. Eso de “clero-cultural” era sólo una pantalla. La primera reunión para su formación fue en Ojo de Agua, aquí en Salcedo, y la ideóloga fue Minerva Mirabal. Ella preparó a Manolo. Estaban los hermanos Disla, seminaristas, y el padre Daniel Cruz, entre otros. Yo recuerdo que un día fuimos donde nació el Cardenal, en Barranca, pero como eran células de tres, yo no pude entrar a la reunión. Entró Fafa Taveras, que era el coordinador, y Francisco Aníbal González (Pachico). En honor a los héroes y mártires de la invasión del 14 de Junio fue que se le puso ese nombre. Yo pertenecía al grupo de Francisco Aníbal.

- ¿Qué actividades políticas realizaban ustedes?

-Cuando nace en Macorís el último niño de Patria Mirabal, Raúl Ernesto, bajo la asistencia médica de Fucho Alba, Abel Fernández, que era uno de los miembros del movimiento, le regaló a Patria una caja grande llena de los famosos tiritos chinos. Entonces, en la casa de Patria, y en presencia de Minerva, que estaba embarazada de Manolito, nos reuníamos Pachico, Nelson González, y yo, y nos sentábamos en el suelo y empezábamos a abrir con hojas de gillette cada uno de esos gallitos para sacarle la pólvora y juntarla con la intención de hacer bombas. Había otro personal para fabricar esas bombas. Los relojes para las bombas se los compraban a Pedrito Manzur, un comerciante de Salcedo.

También, venían personas enviadas por los exiliados, y aquí se les entregaban mapas para ubicar los sitios donde debían tirar las armas. Nosotros no estábamos entrenados militarmente, pero así son las cosas… Era una lucha romántica, idealista… Se supone que, para derrocar al régimen trujillista, nosotros teníamos que llevar a cabo una guerra de guerrilla… Nuestro líder, en ese momento, era un Fidel Castro que había bajado de la montaña con un rosario… ¿Qué sabíamos nosotros de comunismo? Nosotros oíamos a Radio Rebelde desde que Fidel estaba peleando. Él decía en sus discursos que el próximo país en ser liberado sería Santo Domingo, para que Chapita dejara de gobernar.

-¿Cómo se produce su apresamiento?

-En enero del año 1960, cuando regresamos a la universidad después de Reyes, supimos que habían apresado a Pachico. Entonces, Nelson González y yo fuimos a Conuco a avisarle a la familia. Luego, yo estaba preparado para tomar un examen con el doctor Rafael González Massenet; estaba pasando lista un bedel –todos eran calieses-, cuando mencionaron mi nombre yo dije: –Presente-, y cuando iban a empezar a regar los test, me llamó otro bedel: -Renato González, le buscan unos familiares-. Apenas salí, me dijo que era del servicio secreto.

De inmediato me condujeron a un carro público, donde había un chofer y a mí me pusieron en el medio. Salimos del recinto universitario hacia un lugar desconocido. Uno de ellos me preguntó si tenía a algún familiar detenido, y yo dije que sí, y entonces él dijo: -¡Caramba! ¡Tan joven!-. Luego, uno de ellos me dijo que pusiera las manos detrás, porque “tenemos que ponerle esposa, porque si no, al llegar, tenemos nosotros problemas.”

Llegamos a una casa de campo, por la cementera; nos desmontamos en una galería. Entramos, y en la primera habitación estaba una persona que después se portó muy bien conmigo. Era Dante Minervino, un capitán de la marina, cuya familia era de Tenares. Entonces él me recibió y me dijo que me quitara la ropa. Enseguida me desnudé, pero a mí se me olvidó quitarme la cadena. Luego pasamos por un pasillo, y furtivamente yo veo hacia un lado y observo una habitación llena de ropas y zapatos. ¡Es increíble la cantidad de gente que ya estaba presa!

Después bajamos unos escalones, y en el medio había un edificio así, algunas matas, y otro edificio, donde me metieron. Ahí estaba lo que yo pensé que era una silla de barbero. También había un escritorio y un hombre muy pequeño con una mancha negra por aquí –se señala una de las mejillas-, un hombre que después supe que era Clodoveo Ortiz González, de los lados de Azua, y de inmediato dice: -¡Ah, González! ¡Suerte que usted no es familia mía!-. Ahí veo que traen un señor y lo ponen en la silla eléctrica; lo amarraron con correas en los pies y las manos; quien daba los corrientazos era Clodoveo con un toque debajo del escritorio, doscientos cincuenta voltios, ¿tú ves?, y ese señor se desmayó y después que le echaron agua y despertó, lo tienen acostado ahí; era un hombre con barba y ojos azules; no sé si estará vivo, luego supe que era el ingeniero Manzano, que llegó a ser decano de la Facultad de Ingeniería de la UASD, posiblemente Alfredo Manzano, algo así sería; y sucedió que Clodoveo quería, a golpes limpios, que el señor Manzano me arreglara la cadena que se rompió cuando yo me estaba quitando la ropa.

Luego me pasaron a donde estaba Fafa, y Fafa me dice: -Puedes declarar todo, que ya nosotros dijimos…-. Después me llevaron a un sitio que tenía la altura de una cisterna, ahí había una puerta, y entonces bajamos a una cárcel subterránea; era una casa bastante estrecha, con una puerta de metal y otra de madera. Nos metieron ahí… Antes de los diez minutos vino un gorila y nos disparó con una escopeta; lo que salió fue humo, y de una vez dijo: -Yo vuelvo dentro de media hora para ver cuántos muertos hay.

Y así siguieron causando terror psicológico durante toda la noche.

- ¿Cómo era la cotidianidad en la cárcel de La 40?

-Los interrogatorios eran desde las tres de la mañana hasta las cinco o las seis; supongo que el vecindario, que era muy poco en esa época, no oía los gritos, porque ahí estaba la cementera y siempre estaban moliendo piedras… Ahí, en La 40, daban mejor comida que en La Victoria, tal vez para que soportáramos más las torturas. El problema eran las torturas. Nadie, todavía, ha podido valorar el coraje de Manolo Tavárez y de Minerva Mirabal. Después de una paliza, Manolo seguía hablando contra el gobierno… Lo metían en una barrica llena de agua y lo sacaban cuando ya se estaba asfixiando. Y a pesar de esto, continuaba hablando del gobierno…

En la celda estábamos Leandro Guzmán, Manolo, Francisco Aníbal, Pedrito González, Cayeyo Crisanty y Jaime Ricardo Socías. Recuerdo que una noche nos sacaron para que viéramos la tortura a dos hermanos de Montecristi… A una mata de naranjas le cortaron las ramas y levantaron a uno de los hombres y le engancharon la esposa para que declarara; tenían un vaivén: bajaban uno y subían al otro, hasta que declararon… También recuerdo otra noche, que nos sacaron y pusieron a Pedrito, el esposo de Patria Mirabal, en la silla eléctrica. El impacto fue tan grande que él rompió las correas.

-¿A usted lo llegaron a poner en esa silla?

-No, pero sí me torturaron. Sé lo que se siente cuando te meten una cuña debajo de las uñas; duele mucho que te den una corriente eléctrica en los ojos, en la lengua, o en los testículos…

-¿Cómo logra salir de La 40?

-Un día nos sacaron para recoger basura, desnudos. Pero ¿qué pasa? Dante Minervino tenía unos perros muy peligrosos, usted comprenderá uno desnudo, sin bañarse, lo que puede heder, y los perros venían a olernos a nosotros, nosotros aplastados recogiendo basura y esos perros por mordernos a nosotros… Llegó un momento en que Minervino amarró los perros y vino y me hizo así con las botas, por detrás, y lo que me dice es: -No te voltees, ¿tú eres hijo de quién?-, y yo le digo: -De Francisco González-, y él me dice: -Yo lo conozco, ¿por qué te metiste en esto?-, pero yo no me atreví a responderle porque no sabía cuáles eran sus intenciones, y de inmediato me pregunta: -¿Tú quieres quedarte aquí o irte a La Victoria?-, y entonces yo le dije: -Yo quiero irme a La Victoria-, porque yo pensé que si estaba en La Victoria en mi casa se enterarían más pronto… Y una noche cualquiera, de madrugada, me trasladaron en una perrera.

- ¿Cuáles fueron sus vivencias en La Victoria?

-De La Victoria recuerdo que en un pasillo, en la celda principal, había una escalera, donde empezaba un subterráneo, eran calabozos o celdas para cuatro o cinco personas, pero metían diecisiete, veinte, y hasta veintisiete… Muchas celdas subterráneas… Yo caí en una celda donde no conocía a nadie. A esa celda le decían la celda de El Serrucho, que era un dirigente de la Agrupación 14 de Junio. Pasamos varios días sin comer, pero después traían como una harina salcochada… En una lata de aceite de maní, evacuábamos y orinábamos, y uno de la celda salía, echaba su contenido en un sanitario, la lavaba, y ahí era que nos echaban la comida.

Después, un día, yo le dije a Serrucho: -Por favor, llama a ver cómo está Mario Ruiz-. Este era el nombre clandestino de Manolo Tavárez. Entonces, Serrucho se pegó a la puerta, por debajo de los barrotes, y dijo: -Atención a todas las celdas; atención Mario Ruiz, ¿estás en Versalles o estás aquí?-. Versalles era La 40. Al momento, él mismo contestó, y dijo que estaba bien.

Recuerdo que otro día me emocioné tanto, cuando, posiblemente a las seis de la mañana, se escuchó una voz de mujer que dijo: -Atención a todas las celdas… Perdón… (Renato cierra los ojos, baja la cabeza, y durante unos segundos se mantiene sin hablar). -Atención a todas las celdas, aquí la celda de Las Mariposas, atención a todos: Quisqueyanos valientes… Era Minerva cantando el himno nacional. Y luego exclamó: -¡Muy buenos días! ¡Mario! ¿Cómo estás?-. Y él le contestó desde su celda, supuestamente lejísimos… Porque nosotros no sabíamos dónde estábamos. Sabíamos la hora por el cambio de los guardias que estaban arriba, por los pasos; a las cinco de la mañana, seis de la tarde, nueve de la noche…

Tuve la suerte de que un día vino un guardia y dijo: ¡Renato González! Entonces me sacaron, y yo pensé: “Ya me perdí”. El militar decía: -Venga por aquí, venga por aquí… Luego abrió una puerta y yo recibí tremenda sorpresa: ahí estaba Manolo, Nelson, Pedrito, Ezequiel, Pachico, Pedro Ramón… ¡Toda la familia! Después descubrimos qué había pasado. La esposa del coronel Frías, que era quien dirigía La Victoria, había tenido un hijo de mi papá, cuando ambos eran muy jóvenes. Entonces él me sacó de la celda para juntarme con los demás…

Después nos llevaron a una sala común. A mí me condenaron a treinta años de prisión, dizque por cometer un crimen contra el Estado. Luego apelamos, y nos metieron la misma cantidad. Más tarde, sucedió algo sorpresivo, que tiempo después me contaron mis familiares. Trujillo va en mayo a Santiago, al Centro de Recreo, y la prensa lo entrevista y él dijo que seguían los mismos problemas en el país, y citó entre ellos, a las familias Mirabal y González. Después vino a un Tedeum aquí, en Salcedo, pero ya no menciona a mi familia, sino a las Mirabal y a la Iglesia. Ahí fue que empezó a atacar a Panal, en La Vega, y a los obispos, y las muchachas caían presas a cada rato…

Posteriormente, Trujillo manda a Manuel de Moya Alonso, y éste se reúne con mi familia en la casa de Esperanza Saba, en la entrada de Conuco. El mensaje que trajo el señor Alonso fue un mensaje abrumador: “Que dice su Excelencia, el Generalísimo Dr. Rafael Leónidas Trujillo Molina, Benefactor y Padre de la Patria Nueva, que él quiere que ustedes se organicen para que compitan en las próximas elecciones con él”. Eso era una muerte segura, ¿oíste? Entonces, todo el mundo se quedó perplejo. Y un señor de apellido Gastón, de Tenares, Gallito le decían, al ver que la familia se quedó atónita, se levantó y empezó a hablar, a decir que la familia González era una familia laboriosa, que no se metía en política…

Después, Hernani González, que ya estaba terminando Derecho, tiró un señor discurso, de loas al régimen. De inmediato, Moya Alonso le ordena al chofer: -Mira, tráeme la grabadora-, y luego le dice a mi primo hermano, a Hernani, repita lo que usted dijo… Lo que estaban ahí recuerdan que dijo el discurso mejor que antes. Enseguida, Moya Alonso le llevó esa grabación a Trujillo. Según le dijo Moya Alonso a Hernani, Trujillo oyó esa grabación siete veces. Sentirse halagado era lo primordial para Trujillo. Una de esas megalomanías… Después de esa reunión, a los tres o cuatro días, llegó un telegrama a Conuco, adonde mis parientes, diciendo que Trujillo los esperaba en el Palacio Nacional.

Mi familia fue al Palacio –nosotros no sabíamos nada de eso, ni siquiera de la reunión-. Trujillo recibió a mis parientes en uno de esos famosos salones, creo que en Las Cariátides, en la segunda planta, y entonces se dirige a mi mamá: -Doña, ¿qué le pasa que usted está llorando?-, y mi madre le dice: -Ay, que mi hijo está preso-, y Trujillo le responde: -No se preocupe, que yo lo voy a soltar-; y es por eso que no duramos tanto preso…

-¿Cómo evoluciona ese proceso de liberación?

-Nos dieron libertad a Pedro Ramón, a Pachico, a Nelson González Mirabal y a mí… Nos sacaron en perrera de La Victoria, bien custodiados, sin nosotros saber a dónde íbamos, acuérdate del peligro de que te maten en la calle, pasamos por Villa Mella, por la cementera, por el puente que había ahí, y seguimos, y vemos el Palacio, ¡Dios mío!, ¿para el Palacio?

Entramos por detrás, por donde está la guardia presidencial; nos desmontaron y subimos a la segunda planta; ahí, el coronel Marcos Jorge, que era el ayudante del presidente Trujillo, nos dijo que nos sentáramos en una salita que había… ¡No sabemos lo que está sucediendo! Más tarde, cuando viene un cabo y dice que pasemos, yo que estoy en el primer asiento, pienso: “Aquí sí yo me voy a salvar”; y dejé que salieran todos, y me quedé en la cola, con un presentimiento que yo tenía… Pero cuando entramos al salón y nos pusieron así, el primero que quedó en la fila fui yo; se abrió una cortina, y entra Trujillo vestido con un traje inglés, aquel hombre imponente, con un cutis rosadito; también salen Elby Viñas Román y Johnny Abbes García. Entonces yo miré de reojo a mi familia. ¡Increíble! De inmediato, Trujillo me preguntó: -¿Por qué usted estaba preso?-; y yo le contesté: -Porque participé en una reunión con el padre Daniel Cruz Inoa-. Y Trujillo exclamó: -¡Oigan eso! Pero lo que yo respondí era una combinación del Movimiento 14 de Junio: había que acusar a la Iglesia… Ya la Iglesia había ayudado a derrocar a Perón en Argentina…

Después que Trujillo me hace esa pregunta, el que sigue interrogando es Abbes García, y ahí mismo Trujillo le pregunta a mamá: -Doña, ¿cuál es su hijo?-, y mi madre responde: -Ése que está ahí-, y Trujillo dice: -Pues venga y abrácelo-, y mientras nos abrazábamos nos retrataron… Luego Trujillo, que todavía estaba ahí, les pidió a mi mamá y a la mamá de Juan Ramón y de Pachico González que se retrataran con él… Era así que estaba él, feliz… Y mi mamá quedó ahí, y la otra señora aquí… (Renato comienza a enseñar las fotos, incluidas en un libro).

Cuando íbamos bajando las escaleras del palacio, vino uno del Servicio Secreto y le dijo a mi papá: -Mire, el Jefe es bueno y le dio la libertad a su hijo; no lo deje salir de su casa-. Entonces del palacio fuimos a la casa de Silvestre Alba de Moya. Ahí nos afeitamos y llamamos a San Francisco y avisamos que nos habían dado libertad. En un momento, suena el teléfono: era uno de la oficina de Trujillo para decirnos que Chucho González tenía que regresar al palacio. Chucho era uno de mis tíos, un hombre sin estudio pero con una conversación muy amena. Tuvimos que esperar a Chucho. Más tarde, cuando él regresó supimos que Trujillo quería que mi tío fuera senador por Salcedo, ¿qué te parece? Ante esa encrucijada, Chucho, con una inteligencia propia de la gente de campo, le dice: -Presidente, pero si yo soy senador, ¿quién le hará la política en el campo?-. Enseguida, Trujillo le respondió: -Pues entonces, recomiéndeme uno-. Y Chucho le recomendó a Luís Nelson Pantaleón, mi primo hermano. Por eso Luís Nelson cae como presidente del Partido Dominicano. Lo que Trujillo quería era envolver a mi familia. Después regresamos a Conuco…

-¿Qué sucede después que usted consiguió su libertad?

-Apenas yo iba a visitar a las muchachas… Nos visitábamos bajo mucha vigilancia. En mi casa amanecía el patio lleno de colillas; los calieses fumando ahí… Un día abrieron la llave del tanque de agua y yo le dije a mi papá: -No abra, que son ellos-. En esa época nosotros teníamos una crianza, y en una sola noche se robaron un gallo y dieciocho gallinas… ¡Todo se lo llevaron!

Debo recordarle a usted que después de mi casa estaba la de Patria, y esa casa la desmantelaron y pusieron un cuartel del SIM. ¡Imagínense, en un campo! Pero era sólo para vigilarnos a nosotros… Ése que acusaron como uno de los asesinos de las Mirabal, Silvio, pasaba frente a mi casa clavando con una espuela un mulo que tenía, y voceaba: -Ay, yo sí tengo deseo de ver sangre, hoy-, para que yo lo oyera. Luego, en Salcedo, a mí me pasaron cosas muy desagradables… Por ejemplo, yo vine un día donde un barbero, mi papá se paró a mucha distancia de la barbería, y yo iba caminando por la acera, y venían dos personas muy amigas mías, y esas personas cruzaron la calle y se fueron a la otra acera… ¡Era el miedo que había!

Dos días antes de matar a las Mirabal yo fui a saludar a Minerva. Entonces, ella me dijo: -Renato, aquí vienen a decirme que me van a matar, cuando yo vaya a visitar a mi esposo… Dicen eso… Pero Iré a juntarme en el precipicio con Donato Bencosme-. Supuestamente vino un general a avisarles a las muchachas de que las iban a matar. Por ese motivo nadie quería salir con ellas. El chofer de Tenares que salía con las Mirabal se hizo enfermo… Solo mi primo Rufino de la Cruz Disla asumió ese compromiso. Y hay una versión, no confirmada, de que él, le dio un golpe con una hoja de muelle, a uno de los calieses en el escenario del crimen, y a ese calié hubo que internarlo en el Marion, con tres costillas rotas.

¡Pero señores! ¡La estrategia para matar a las Mirabal era muy clara! Si trasladan a Manolo y a Leandro a Puerto Plata, y a Pedrito a La Victoria, ¿qué es lo que está pasando? Están apartando al González para sólo matar a las dos que fueran a Puerto Plata, a Minerva y a María Teresa, las más involucradas en la lucha antitrujillista… Sin embargo, Patria fue a visitar el jueves a su esposo, y le dijo: -Papi –como le decía a él-, yo quiero ir a Puerto Plata a visitar a Manolo y a Leandro-, y él le responde: -Sí, sí, ve, cómo no-; y entonces regresa por Macorís, con unos amigos, ellos le dicen que se quede en Macorís, pero ella no quiso, y la trajeron, y al día siguiente ella se levantó temprano y fue al viaje…

Ustedes recordarán que René Bournigal, dueño del jeep, había ido con ellas, antes, pero entonces iba la mamá de Manolo, Minerva, Maria Teresa, y doña Pura, la esposa de René. Ahí no pasó nada, porque los calieses tenían la orden de que no podían matar a más de cuatro personas. La orden del asesinato se la dio Trujillo a Candito García, y éste se la pasó a Víctor Alicinio Peña Rivera, que era el jefe del SIM en Santiago. El mismo Candito le mandó a Peña Rivera ese equipo de calieses. Dentro de ellos estaba Manota, que era Estrada Malleta, uno de los asesinos que vinieron con Batista.

Recuerdo que cuando mataron a las Mirabal, mi papá y yo salimos desde temprano, a una finca en Castillo, y regresamos a las seis de la tarde. Por allá nos dijeron que ellas habían tenido un accidente, y cuando pasamos frente a la casa de doña Chea, yo dije: -Papá, eso no puede ser verdad; Trujillo no se va a atrever a matar a las muchachas-. Además, la casa estaba solitaria… Llegamos al campo, a mi casa, nos metimos en un patio grandísimo, donde había un secadero de cacao, y salió Luís Francisco, mi hermano, y me dijo: -Ay, Renato, las muchachas murieron-. Yo me puse loco… Tuvieron que amarrarme con una soga a la cama. Yo no visité nunca la tumba de las Mirabal, hasta que las trasladamos de ahí a donde está el museo.

Posteriormente, Trujillo visitó a Conuco. Yo estaba en mi casa cuando él llegó… Algunos tuvieron la suerte de no estar presentes, como Antonio Ezequiel y Nelson González, que no se encontraban en Salcedo… Trujillo llegó y con quien habló fue con mi papá, saluda a la abuela de la casa, y le toman una fotografía de espalda, y la prensa dijo al otro día que era la mamá de las Mirabal. Dicen que ese viaje lo hizo Trujillo para ver la casa de Patria, que estaba enfrente.

Recuerdo que Trujillo se desmontó del carro, saludó a papá, y el primer gancho que le tiró fue que si estaba de acuerdo con el precio del cacao, y mi papá le dijo que sí… Luego, entró a la casa… Había una habitación así, y ahí pusieron la mesa y la silla para él. Cerraron la puerta de atrás, y de una vez empezó a tomar agua Poland con Carlos I; estaba vestido de civil… Se hallaban presentes Paíno Pichardo, Chu Camilo, Álvarez Pina, Fortunato Canaán, Juan Rojas, que era el senador por Salcedo, Francisco Prats Ramírez, y sentado detrás de Trujillo, se hallaba su psiquiatra, un hombre ya canoso, quien estaba aplicándole una terapia… Por supuesto, también estaban los policías y los guardias…

Llevaron una orquesta para hacer una fiesta frente a la casa de Patria Mirabal. Ahí estaba Primitivo Santos tocando en la galería, “que va gallo que va, no lo tumban, este gallito de Quisqueya…” ¡Increíble! La comida que hicieron en Salcedo para Trujillo la llevaron allá, pero en la casa cocinaron para esa multitud que había ahí. Cuando iban a comer, Trujillo baja un escaloncito, y ahí mismo hace una cosa con la que me di cuenta de que ya estaba loco. “¡Viva Trujillo!”, exclamó el propio Trujillo con su voz atiplada, mientras daba un ridículo saltito… Luego, se sentó a la mesa, lo protegieron por detrás, y comió no de la comida que hicieron en Salcedo, sino de la que prepararon en la casa, un moro de guandules.

Cuando él se iba, yo estaba cerca. Él venía caminando y traía un bastón, no porque él no pudiera caminar, sino un bastón de lujo, de mando, diría yo, y al lado venía el señor Paíno Pichardo diciéndole una poesía: “Trujillo, las estrellas palidecen ante tu paso…”, y Trujillo se reía, mientras el psiquiatra continuaba dándole su terapia.

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