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martes, 16 de diciembre de 2014

Los gavilleros del Este y el conflicto de la narratividad Areíto sábado 13 de diciembre, 2014 Por MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN 13 diciembre, 2014 2:00 am Sé el primero en comentar gavilleros Los textos que hemos leído sobre la historia de los gavilleros del Este, y en especial el libro “El impacto de la intervención norteamericana” de Bruce J. Calder, nos hacen pensar en la existencia de un conflicto de narratividad. Es decir, que las formas en que se construyen los diversos relatos sobre el acontecimiento resultan ser problemáticas. En consecuencia, es preciso elaborar una serie de preguntas en las que se traben la filosofía de la historia, como indagación del pasado, y la teoría del relato, como explicación de las acciones humanas. A mi manera de ver, las distintas crónicas sobre el movimiento gavillero entran en conflicto porque se centran en una valoración de los hechos como aquello que acaece moralmente y no como acontecimientos de rupturas entre el sistema de la vida, o mundo vivido, como prácticas, y sólo recuperado por los sujetos como discurso. Las relaciones de poder se han enmascarado en la moral de los gavilleros o en los atropellos de las fuerzas de intervención de tal manera que, al narrar los hechos, se ha puesto en un segundo plano la explicación de las causas que dan origen al conflicto. El primer postulado con el que tenemos que luchar es el de la existencia del gavillerismo antes de la intervención americana que trabajan Calder y, de manera frontal, González Canalda. Si existieron luchas civiles en los campos dominicanos y grupos de forajidos es necesario explicarlas dentro de un marco socio-cultural y político. Pero es el último el que, en mayor medida, ha dominado el relato histórico. Pedro San Miguel en “La guerra silenciosa: las luchas sociales en la ruralía dominicana” (1880-1960), publicado en 2012, ha construido un relato que plantea el movimiento como una consecuencia del proceso de modernización que entra en el país con el gobierno de Ulises Heureaux. Mientras que ya Moya Pons y Bosch habían planteado la teoría de la diferencia de la formación económica por regiones en el siglo XIX, lo que me lleva a pensar en la figuración de las ínsulas interiores. Bosch y González Canalda también han mostrado la ausencia entonces de un Estado centralizador. Pero lo cierto es que el proceso de modernización que se podría iniciar con la Restauración de la República y, más específicamente, en la Revolución de 1873, marcó el final de dominio hatero que se inicia con Sánchez Ramírez y continúa con Pedro Santana. La narración histórica nos lleva a pensar en la existencia de la formación económica del hato ganadero, que mantuvo cierta unidad durante el desarrollo de la colonia francesa de Saint-Domingue y que acaparó la resistencia al intento unificador haitiano, como grupo que comandaba el esteño Pedro Santana. La presencia de los lanceros del Este en batallas como la de La Limonade (1691) y en el mismo 27 de febrero de 1844, serían un puntal narrativo para explicar la vida tranquila y bucólica del Este y su participación en las acciones políticas del siglo XIX. No olvidar que fue una tierra en la que se concentraron grupos políticos que actuarían de forma muy determinante en contra de la dominación haitiana. Esto porque muchos habían llegado huyendo a la Revolución que se dio a fines del XVIII y el principio del XIX y no fueron mediadores durante el apogeo de la colonia francesa. El campo dominicano vivió procesos de vida muy novedosos a partir de la implementación de técnicas de producción, transporte y comunicación. Para conocer este asunto es necesario leer a H. Hoetink, (“El pasado dominicano”, 1986) citado por Pedro San Miguel. Pero este es un periodo muy largo hasta llevar a los gavilleros. El problema del relato estriba en que las tropas norteamericanas difundieron una propaganda moralizante sobre los luchadores. Y, como plantea Calder, no pudieron entender hasta el final que los que les hacían oposición eran luchadores por la libertad. Aspecto que las demás narrativas han olvidado y se han concentrado en la existencia de grupos de forajidos o han tomado como más pertinentes los relatos de las fuerzas policiales o los de la marina norteamericana. Entonces han quedado en segundo plano los relatos de los actores y cuando se ha hablado de ellos muchas veces se les ha enjuiciado desde la óptica moralizante. No se escribe la historia desde la moral, porque la moral es un discurso. La historia, desde Tucídides, es la explicación de las acciones humanas. Que estas se encuentren en un rango ético, es otra cosa. A veces nuestros historiadores se olvidan que la historia es mucho más que un relato, que el relato del pasado debe estar basado en huellas, pero que las pistas pasan por el dominio de las ideologías, que actúan como una sombra o como una falsa conciencia, como establecía Marx. Entonces tenemos las reformulaciones de los relatos del otro. Y a causa de ello me queda la impresión de que últimamente se está reformulando la narrativa de los interventores estadounidenses. En el Este ocurrió un cambio significativo que nos puede llevar a explicar el acontecimiento con el uso de elementos económicos y sociales, también de prácticas históricas que muestran las relaciones de poder en la región. Por ejemplo propongo ver la situación del acaparamiento de la tierra por las centrales azucareras, en especial por Central Romana (Humberto García Muñiz, “Sugar and Power in the Caribbean”, 2010); por otra, el cambio en las prácticas de las mediaciones políticas del Concho Primo, el despojo de las tierras comuneras, como prácticas (ejemplo del Tribunal de Tierras, el sistema Torrens y el nuevo ordenamiento legal que posibilitó el despojo y el desalojo). Otros extremos que deben quedar claros son: el aumento de la producción azucarera, la inmigración cocola y, finalmente, el cambio poblacional que resultó en una mudanza en la alimentación en la región. Debe estudiarse, además, la alimentación porque el desbalance poblacional la aumentó de manera considerable. En el marco social, la intervención cambió las formas de relaciones productivas; alteró la vida comercial con las tiendas de raya (que muy bien narra Marrero Aristy en “Over”); perturbó la relación entre los productores mayores, los ingenios alemanes, españoles, puertorriqueños y los domínico-italianos, que vivieron una competencia con otra forma de producir, como la establecida por las corporaciones norteamericanas y sus bancos de inversión. Todo esto hizo que durante el periodo de “La danza de los millones” el Este fuera la belleza de la ciudad de San Pedro de Macorís y el “desalojo” de campesinos que habían vivido cierta apacibilidad durante cuatrocientos años en un proceso productivo precapitalista. Los relatos orales no aportan muchos datos sobre atropellos o sobre despojo de las tierras y es necesario recuperarlos en un marco epistémico para contrastarlos con la narrativa historiográfica. Para ver la violencia con que las tropas intimaron a los gavilleros, el libro de Calder es una fuente importante, pero también lo es el libro “Hato Mayor del Rey”, de Manuel Antonio Sosa Jiménez (1993). En este último, por ejemplo, el despojo de las tierras es un relato oral que nos da una microhistoria que, de alguna manera, nos ayudará a responder los porqués de la resistencia. El tema tiene muchas aristas que deberían ser abordadas desde distintas disciplinas.

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