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jueves, 1 de diciembre de 2011

Las preguntas que nos toca hacernos hoy

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Las preguntas que nos toca hacernos hoy

En el Centro de los Héroes, en la Avenida Enrique Jiménez Moya, en tan sólo un aproximado de 100 metros se esculpen tres monumentos que no solamente marcan una de las etapas más limpias y más rotundas en nuestra búsqueda por la libertad, por la democracia de nuestro pueblo, sino que también en lo personal, estas estatuas me hacen transitar demasiado vívidamente por MI propia historia.

Primero me encuentro con el abuelo de mis dos hijos, José Horacio Rodríguez, en el monumento a los mártires del 14 de Junio. En seguida me reciben mi madre y mis tías, las Mariposas, y al final de ese pequeño periplo está mi padre.

Manolo quería estar al lado de su Minerva en vida, quería vivir su vida a su lado y pidió como único deseo personal del que tengamos noticia que si lo mataban lo enterraran a su lado. En la historia y para la historia estarán juntos para siempre, como juntos están hoy sus restos en la Casa Museo. Ahora, vuelven a estar muy cerca: en estos escasos metros del Centro de los Héroes seguirán juntos en el bronce.

La paradoja -como decía no hace mucho- es que ese gran amor que los unió, del cual las cartas que se escribieron son testimonio, ese deseo manifiesto por ambos en sus correspondencias y en sus anecdotarios, por lo general ha sido ignorado por todos los que sobre ellos han escrito. Sin intención quizás, o por repetición cómoda de la ausencia casi total de la figura de Manolo en la novela de Julia Álvarez.

Ese es el libro que tengo pendiente publicar. Esa es la película que nadie se ha propuesto todavía filmar. El UNO que ellos fueron se lo merece. Y se lo merece el ardiente amor que encendió sus almas. Las cartas cuentan lo que de grande ese amor tuvo. Un amor que como el del Capitán Neruda tendrá fuerza en el tiempo "para quemar las manos que lo toquen".

En retrospectiva, miro hacia esa historia un poco desprendida de mi ejercicio político, como es natural. Para nosotros los políticos, tan esclavos de los análisis de coyuntura -que son la más reducida limitación temporal del conocer- la historia con frecuencia está a nuestras espaldas.

Pero al develar la estatua de Manolo Tavárez Justo, mi padre, tengo que ir hacia atrás, bien atrás hacia la invasión libertaria del 14 de junio de 1959: cuando nuestro país vivía los tiempos más difíciles y aquellos ciento noventa y ocho dominicanos a quienes nuestro pueblo ha bautizado como la "Raza inmortal", llegaron a nuestras montañas para derrocar al tirano, a luchar por la libertad y a tratar de construir un país mejor para los dominicanos de entonces, para nosotros los de ahora, y para los que aún no han nacido. Fueron apresados, torturados con crueldad y vileza y finalmente fusilados casi todos.

Pocos meses después, desafiando abismos, inspirados en los objetivos, las metas y los programas de aquellos héroes, también juntos en ese UNO que trascendería sus muertes, Manolo y Minerva fueron figuras protagónicas junto a cientos de otros dominicanos y dominicanas que fundaron el movimiento revolucionario que recogió aquella bandera libertaria y democrática.

A sólo unos días de haber develado las estatuas de las muchachas, y en el momento en que hacemos lo mismo con la de Manolo, regreso de ese viaje a la historia de mis padres, que es también el viaje hacia el punto de partida de la democracia dominicana, consciente de que nuestro presente tiene aún pendientes muchas deudas con la democracia por la que seguimos resistiendo y luchando. Muchas preguntas cuyas respuestas son cada vez en más urgentes para el presente, para lo que somos.

Reflexionando sobre el famoso discurso de mi padre, en el que afirmó:

"¡...Óiganlo bien, señores de la reacción, óiganlo enemigos del pueblo, enemigos del progreso: si imposibilitan la lucha pacífica del pueblo, el 14 de Junio sabe muy bien donde están las escarpadas montañas de Quisqueya y a ellas iremos, y en ellas mantendremos encendida la antorcha de la libertad, de la justicia, el espíritu de la revolución, porque no nos quedará entonces otra alternativa que la libertad o muerte".

Permítanme ante los desafíos y retos que tenemos como generación hoy, parafrasearlo y preguntarles, preguntarnos, desde la historia y desde la política: ¿Cuáles son hoy las escarpadas montañas de Quisqueya? ¿Qué significa en pleno siglo XXI ir hacia ellas, alcanzar sus cumbres?

Nos toca hacernos esa pregunta. Y nos corresponde a todos, entre todos, contestarla.

Si queremos encontrar el camino hacia ese futuro que desarrolle nuestras potencialidades como país, debemos beber de las fuentes en las que nacen las utopías que nos han dado origen, redescubrirlas, conocer cuáles fueron los anhelos de nuestros héroes y heroínas. En otras palabras, el presente nos conecta con un pasado que no podrá estar jamás ausente de lo que seremos mañana.

En el pico más alto de nuestra Cordillera Central hoy tenemos una nueva Carta Magna cuyos postulados requieren ser concretados. Para que tengan éxito, deberemos enterrar la vieja y nefasta idea de la Constitución como "un pedazo de papel". Ya en 1962 Manolo Tavárez Justo, señalaba que ese "extremado desdén a la autoridad constitucional" era "la principal amenaza a la estabilidad de un gobierno democrático y ordenado".

Por ello, en este presente que sueña un futuro mejor para todas y todos los que habitamos este país colocado en el mismo trayecto del sol, entiendo urgente que demos el paso definitivo e impostergable hacia el nacimiento de una verdadera cultura constitucional. No es posible el progreso sin la cultura de un único imperio: el del respeto a la Constitución y las leyes.

Vivimos en un país, en una sociedad, en la que no se exigen derechos, se piden favores. Y mientras no tengamos ciudadanos y ciudadanas convencidos de que tienen derechos, mientras no los hagamos valer, no hay libertad, ni Estado de Derecho posible.

Tenemos que confiar en las conquistas que alcanza nuestra democracia, fiscalizarlas, defenderlas y ayudarlas a evolucionar desde cualquier ámbito en que nos encontremos. No hay excusas. Para conseguirlo debemos también trabajar duro en nuestro sentido de la valía personal, en nuestro amor propio y nuestras pericias, en nuestras suficiencias a nivel individual y colectivo, base de la confianza como sociedad, como país.

El reconocimiento de nuestros avances y desafíos, de nuestras lealtades con los mejores intereses de la patria, debe ser la mejor herencia de estos héroes, a través de cuyas estatuas se reivindican nuestras luchas libertarias.

Palabras de Minou Tavárez Mirabal en el desvelamiento de la estatua de Manolo Tavárez Justo en el Centro de los Héroes

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