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lunes, 2 de enero de 2012

¡El Estado debe pedir perdón al 14 de Junio...!

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¡El Estado debe pedir perdón al 14 de Junio...!

Tony Raful

“Arrancadles las pestañas a los héroes/y colocadlas en el mismo trayecto de la luz/ para que el mundo entero se fije en ellas/ y no le haga caso al Sol”.

Shakespeare

Era el atardecer mortecino del 21 de diciembre de 1963. Por la estrecha carretera inconclusa San José de las Matas-San Juan de la Maguana, una columna de combatientes constitucionalistas, verde y negra, descendía cabizbaja, con banderas blancas de rendición, desarmada, acogida a las garantías que horas antes había ofrecido el Triunviro, Manuel Tavárez Espaillat, de que se entregaran y de que “sus vidas serían religiosamente respetadas”. Desde el 28 de noviembre, estos hombres se habían alzado en demanda del retorno a la constitucionalidad violada por el golpe artero del 25 de septiembre que descabezó nuestra naciente democracia. Durante 23 días, las tropas militares enviadas en su persecución no pudieron abatirlos.

Se desplazaron en la montería con destreza y dignidad, sobreviviendo cada día, conscientes de lo que significaba sostener en lo más alto de la cordillera, la protesta pública contra la violentación del orden constitucional.

En esos 23 días, el país moral lo encarnaron los jóvenes del 14 de junio. Mientras el Partido Revolucionario Dominicano, era perseguido, apaleado, sus locales asaltados y sus principales líderes deportados, la Agrupación Política 14 de Junio, asumió su papel de vanguardia, como lo hizo en enero de 1960 frente a la satrapía trujillista, y como le correspondió hacerlo en las calles contra los remanentes trujillistas en la transición a la democracia. Fue una promesa como un destello frente a la ceniza veneranda de los padres fundadores de la nación. Si se alteraba la paz y el orden democrático, ellos irían a las escarpadas montañas de Quisqueya, a luchar por la libertad y los derechos democráticos del pueblo dominicano.

Era el atardecer del 21 de diciembre de 1963. Todos los frentes guerrilleros habían caído y solamente permanecía el frente que operaba en el parque J. Armando Bermúdez. Era el más vistoso, el más grueso, y el que comandaba el doctor Manuel Aurelio Tavárez Justo.

La decisión de la entrega fue un acto doloroso. No había perspectivas inmediatas. Habían fallado todos los dispositivos, todos los aliados, todos los frentes. Lejos de producirse un gran respaldo al alzamiento, se materializó un gran reflujo. Militares que se habían comprometido en respaldar el movimiento no lo hicieron, alegando haber sido detectados y cambiadas las tropas que comandaban. El contragolpe constitucionalista esperado, para el cual serviría como acicate el alzamiento no se produjo.

El Triunvirato logró, luego del develamiento de la conspiración del 30 de octubre, donde fue apresado casi un centenar de oficiales y clases, “limpiar los cuarteles”, así como desmantelar la “fórmula Casasnovas Garrido”, que involucraba la reposición constitucional a través del Presidente del Senado y del PRD, de un sector balaguerista y del patrocinio de funcionarios de la Embajada norteamericana en el país. El magnicidio de Dallas, ocurrido días antes del alzamiento, cambió la correlación de fuerzas, variando la política norteamericana en relación con el gobierno ilegítimo de facto del Triunvirato, a quien el presidente Kennedy se había negado a reconocer (en abierta contradicción con el sector pentagonista).

Las advertencias del doctor Benjamín Ramos en el sentido de detener el alzamiento ante el asesinato de Kennedy, llegaron muy tarde para ser analizadas. Polo Rodríguez, había comunicado a sus compañeros en las lomas de Ocoa, que bajaría pronto, a negociar en nombre del 14 de Junio, con otras fuerzas las conquistas democráticas resultantes del derrocamiento del Triunvirato.

No fue un foco guerrillero, no fue una repetición de las guerrillas latinoamericanas, ni una reedición de Constanza, Maimón y Estero Hondo. Se trató de un alzamiento nacional, distribuido en todas las regiones de la geografía nacional, por un partido con locales abiertos en todas las provincias y municipios, con líderes locales representativos, con mística, convocante de las más grandes manifestaciones populares, por encima del PRD y la Unión Cívica Nacional, y con un líder inmaculado políticamente.

Era 21 de diciembre de 1963. En un recodo de la angosta carretera, una patrulla los asesinó sin piedad. El presidente del Triunvirato, Emilio de los Santos, renunció de inmediato (había amenazado con pegarse con un tiro si mataban a Tavárez Justo). Los que detentaban un poder ilegal, los que usurpaban una autoridad impropia y delincuencial, aplicaron la pena capital a quienes defendieron la constitucionalidad, a quienes no mataron ni siquiera a un soldado, a quienes simbolizaron lo más granado y puro de los ideales patrióticos de la nación.

El Estado dominicano, en nombre de todos los gobiernos constitucionales que hemos tenido (que debieron hacerlo y no lo hicieron), debe pedir perdón a los familiares de los guerrilleros del 14 de junio y al país, promoviendo una indagatoria histórica sobre las oscuras circunstancias de la tragedia, así como sus responsabilidades civiles y militares, porque se trató de un crimen de lesa humanidad, cometido en su nombre y en supuesta defensa de su existencia bastarda. Mientras tanto, los versos de Shakespeare, avizoran el destino de los héroes y mártires, pastando en la luz, navegando en solícita ofrenda y evocando en el recuerdo su memoria inmortal.

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