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miércoles, 11 de enero de 2012

Los verdugos asaltan la memoria


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8 Enero 2012, 10:19 PM
Los verdugos asaltan la memoria
El ser humano no puede renunciar nunca a los sueños

Escrito por: HAMLET HERMANN
Heródoto decía que se investiga y escribe el pasado para que la memoria histórica no llegue a desvanecerse con el tiempo. Debemos cuidar como la niña de los ojos el recuerdo de los hechos y de las personas que forjaron lo mejor.

Eso evitaría que se ocultaran las grandes y maravillosas hazañas que extraordinarios personajes labraron con su sangre. El único deber del historiador es narrar los hechos con la verdad y nada más que la verdad. La historia no busca lo fabuloso como si fuera novela. Reúne información y la ofrece para dejar a la posteridad un relato de hechos verídicos. Estarán allí disponibles en el porvenir para que, en el caso de que sobrevengan acontecimientos parecidos, se pueda, viendo los hechos pasados, proceder con acierto en los presentes.

Manipular los hechos y deformar a los protagonistas para proteger al poder corrompido de la política, es aberrante. En Chile presenciamos cómo el Ministerio de Educación cambió en los textos escolares la expresión “dictadura militar” por la de “régimen militar” para referirse a la pasada tiranía de Augusto Pinochet. El cambio fue propuesto por la Presidencia de la República y aprobado por el Consejo Nacional de Educación. Esta actitud nos ayuda a recordar que la derecha chilena, que ahora regresó al poder con el presidente Sebastián Piñera a la cabeza, fue el sostén ideológico de la dictadura más criminal que conoce el continente. Aquel crimen de lesa patria se inició el 11 de septiembre de 1973 tras derrocar al gobierno del presidente mártir Salvador Allende. La dictadura dejaría un saldo de más de tres mil víctimas, entre muertos y desaparecidos que no pueden ser maquillados con juegos de palabras ni siquiera por sus verdugos.

Esta semana, los dominicanos recordaremos el sacrificio de cuatro compañeros asesinados cuarenta años atrás por las fuerzas represivas de Joaquín Balaguer. Hoy, al igual que en Chile, algunos quieren exculpar de esos crímenes a Balaguer, así como a los Generales y demás esbirros, como si no hubiera sido el verdugo de aquellos revolucionarios. Evidentemente, el enemigo hizo mucho desde entonces en la forma de guerra psicológica para tratar de excluirse de responsabilidad por esos asesinatos. Encontraron siempre la colaboración de algunos renegados de la izquierda que optaron cobardemente por llamar enemigo al aliado para confundir al pueblo haciendo uso de la infamia: encubriendo al verdadero enemigo.

La historia no debe falsificarse ni siquiera por patriotismo, menos aún para proteger reputaciones propias o ajenas, ni para ocultar traiciones y cobardías. Los que participamos en hechos trascendentales de nuestra historia tenemos que convertirnos, obligatoriamente, en guardianes de los recuerdos fidedignos de entonces. Cada fuente de datos tiene que ser revisada mediante un examen de la sinceridad del contenido, un análisis crítico de su exactitud, una verificación cuidadosa de los testimonios y una crítica profunda de la interpretación que hace de los hechos quien los cuenta.

La verdad histórica hay que repetirla una vez, diez veces, mil veces, un millón de veces si es que queremos que se difunda, si es que queremos que se conozca, si es que queremos que se comprenda. Por eso no podemos temerle a la verdad. Hay algo esencial en los compañeros que fueron asesinados por el gobierno de Joaquín Balaguer. Algo que puede mucho más que cualquier otro resorte ideológico. Este factor fue la propia vergüenza de esos hombres que nunca se dieron por vencidos. Cuando parecía que nada les quedaba en su arsenal de ideas revolucionarias, siempre les quedó un montón de vergüenza.

Alguien pudo haber pensado que la causa por la que lucharon esos compañeros era un sueño. Y estaban en lo cierto. Su sueño era tan justo que si un día creyeron incluso que era simplemente una utopía, optaron por estar junto a esa utopía hasta el final, por ser la más hermosa y la más justa. Luchar por una utopía es en parte ayudar a construirla. El ser humano no puede renunciar nunca a los sueños. Nunca puede renunciar a las utopías porque eso sería peor que un acto de rendición de los principios.

Y por esa utopía vendieron caras sus vidas Ulises, Chuta, Virgilio y Amaury.

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