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sábado, 14 de agosto de 2010

Los generales en el laberinto de Balaguer


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Hoy/ Wilson Morfe
5 Agosto 2010, 11:50 PM
Los generales en el
laberinto de Balaguer

Generales vivieron regímenes JB atrapados en maquinaciones
Escrito por: EDUARDO JORGE PRATS (e.jorge@jorgeprats.com)

Acabo de leer la obra “Balaguer y los militares dominicanos: una dividida jerarquía de oficiales durante las décadas de los años sesenta y setenta”, de la autoría de Brian J. Bosch, quien se desempeñó como agregado militar de la embajada norteamericana en Santo Domingo, entre 1971 y 1974.

Este libro, editado por Bernardo Vega y auspiciado por su Fundación Cultural Dominicana, narra con lujo de detalles la historia de la injerencia de los militares en la política dominicana, desde la perspectiva privilegiada de un observador y actor de primer orden.

Habrá que ver lo que opinan los expertos en temas militares, los historiadores profesionales más familiarizados con el período de los Doce Años de Balaguer y quienes fueron actores de principalía en el régimen reformista. No obstante, a cualquier lector lego en el tema le llama la atención que Balaguer, contrario al lema popular de aquellos años, no era ningún “muñequito de papel” de los norteamericanos ni de los militares y que, en todo momento, incluso en los momentos más difíciles recién terminada la guerra de 1965, durante las pugnas entre los generales Nivar Seijas y Pérez y Pérez, el intento de golpe de Estado de Wessin y Wessin, la llegada de Camaño en 1973 y la renuncia del alto mando militar en 1975, estuvo en (cuasi) total control de la situación. Con razón, el autor señala que “este aparentemente sumiso y erudito poeta probó ser un hábil caudillo político-militar” que, “a través de la manipulación, logró someter las virulentas facciones del Cuerpo de Oficiales y, a mediados de los años setenta, había consolidado exitosamente su control sobre las Fuerzas Armadas”.

Al parecer, según cuenta Bosch, este control de Balaguer sobre los militares se debió no solo a las habilidades del caudillo sino también a la desmoralización que afectó tanto a la Fuerza Aérea Dominicana como a la Marina de Guerra, los dos cuerpos armados más profesionalizados a la muerte de Trujillo, en virtud del deterioro de la flota aérea y naval y la no renovación de sus equipos; y al predominio del Grupo de San Cristóbal, compuesto mayormente por oficiales del Ejército fieles a Balaguer. En todo caso, las rivalidades militares de aquellos años eran entre grupos afines a Balaguer, siendo la única excepción los oficiales del Centro de Enseñanza de las Fuerzas Armadas (CEFA), inaugurado el 9 de junio de 1959 como una organización de la fuerza aérea ubicada en San Isidro, y el cual no debe ser confundido, sin embargo, con lo que se conocería más luego como el Grupo San Isidro, al cual pertenecieron los generales Lluberes Montás y Pérez y Pérez y que estaba compuesto por los pilotos, técnicos y oficiales terrestres de defensa ubicados en la base aérea de San Isidro y claramente diferenciados de los líderes del CEFA ubicados en los cuarteles adyacentes.

Si creemos al autor, habría que concluir que el involucramiento de los militares en la política está directamente vinculado a la creación de cuerpos armados élite alejados de la población civil. Solo esto puede explicar que precisamente el CEFA, en donde se encontraba “el pequeño grupo de oficiales subalternos y de nivel medio (que) constituiría la vanguardia del movimiento hacia el profesionalismo de las Fuerzas Armadas de los años setenta”, fuera el grupo que más incidió de 1961 a 1966 en la política dominicana. Aunque hay que señalar que fueron muchos de estos oficiales del CEFA los que, llegado el Partido Revolucionario Dominicano al poder en 1978, dirigirían los cuerpos armados y tratarían de enrumbarlos por el camino de la profesionalización, quedando relegados a un segundo plano los oficiales constitucionalistas que, según Bosch, es exagerado pensar que “eran los mejor educados y más progresistas profesionales de las Fuerzas Armadas dominicanas”.

Bosch deja claro que la foto de un pequeño Balaguer tras el cual aparecían sus imponentes y arrolladores generales escondía la realidad de que el gobernante fue amo absoluto de unos oficiales enfrentados, pero que nunca dejaron de responderle. Estos generales vivieron el régimen de los Doce Años atrapados en el laberinto de las maquinaciones de un “titiritero”, a quien “le importaba poco el Cuerpo de Oficiales como institución”.

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