Páginas vistas en total

lunes, 12 de septiembre de 2011

Las rifas de mi madre

mostrar detalles 28 jul










POR GIANNELA PERDOMO PEREZ*
*LA AUTORA reside en Santo Domingo.


La solidaridad puede expresarse con gestos, sin el recurso de las palabras, con acciones que demuestran los sentimientos nobles de la humanidad!



Las circunstancias económicas de mi hogar se vieron violentamente afectadas a raíz de la detención de mi padre, Eugenio Perdomo Ramírez, y su posterior traslado a la penitenciaria de La Victoria, por su participación en el Movimiento Clandestino 14 de Junio. Mi madre, Quisqueya, además de velar por el hogar, debía suplir las necesidades de sus tres hijos en edades escolares y las de nuestras dos tías-abuelas, quienes también vivían con nosotros; como tarea impostergable, cubrir sus propios gastos para viajar cada semana al penal, en procura de reunirse con el esposo amado.



Su imagen revolotea en mi memoria. Con gesto pensativo y voluntad inquebrantable ideó la estrategia más rápida para incrementar sus ingresos: organizar rifas semanales, no las de aguante ¡no, no!; tampoco el socorrido ¨san¨; me refiero a aquellas en que conforme al sorteo dominguero de la Lotería Nacional, alguien resultaba ganador. De ahí que cada lunes, luego de entregar el premio, sujetando entre sus manos artículos de apreciado valor, se desplazaba por las calles de Santiago, silente, discreta, a veces sonriente, para distribuir entre los asiduos jugadores y colaboradores, los números de sus rifas. Con los beneficios de las mismas, podía resolver, en parte, la alimentación diaria, el medicamento indispensable, la vestimenta o el calzado que nos faltara.



Me resulta loable recordar, entre los ¨jugadores¨ de las rifas de mi madre, a Don Moisés Franco, anti-trujillista de siempre, detenido en alguna ocasión, privado de libertad y con el hogar de la familia convertido en su propia prisión. Como nota jocosa, recuerdo que Don Moisés, parado en su galería y utilizando el binóculo, se desplazaba de un lugar a otro para ¨localizar¨ a los calieses que le vigilaban continuamente, desde el frente de la casa, haciendo guardia las 24 horas del día.



En alguna ocasión, conversando con mi padre, Don Moisés le comentó: ¨Eugenio, en este medio, donde los hombres no valen un medio, lo mejor es no estar en el medio¨. ¡Cuánta sabiduría en sus palabras! ¡Con cuánto cariño recuerdo a Don Moisés Franco!



Transcurridos los meses, en su interminable peregrinar a La Victoria, mi madre recibía muy a menudo unas anotaciones -escritas en pequeños papelitos- que le entregaba aquel nefasto militar de servicio en el penal, apellidado Bou, tal y como me sonaba cuando ella lo refería. En las notas, quien las escribiera, solicitaba diversidad de alimentos, ropas para la cama, jabones, toalla, lo que se antojara o le viniera en ganas. Aunque no veía ni visitaba a su esposo, entendía que ¡su ¨Euge¨ estaba vivo! Estos pedidos le alegraban el alma, la colmaban de esperanzas para los próximos días.



En días pasados, conversando con el Ing. Adolfo Franco, con quien Eugenio Perdomo intercambió pocas palabras la noche de su ejecución, y escarbando en sus recuerdos, luego de 51 años de estas imborrables y horrendas vivencias, me relataba: ¨Nos obligaban a escribir nuestra declaración, a continuación de la que debíamos hacer oralmente; en ellas explicábamos planes disímiles a la veracidad de los mismos. Estas declaraciones se hacían luego de haber sido sometidos a las acostumbradas sesiones de bárbaras y a veces sangrientas torturas, (golpes, extracción de uñas, descargas eléctricas utilizando el ¨bastón¨, aplicadas en la zona genital, entre otras) razón por la cual no escribíamos de manera muy nítida. También se refirió a ¨ la existencia de excelentes calígrafos dentro del cuerpo militar del recinto penitenciario (La Victoria) y casa de torturas (La 40) ¨. Reconforta saber y ennoblece a quienes formaron el Movimiento Clandestino 14 de Junio, que pese a los martirios que padecieron en la prisión, mantuvieron una conducta digna, muchas veces titánica.



Con el escenario de estos hechos y despejando uno que otro eslabón respecto a la cadena de pedidos que recibía mi mamá, la interrogante surge implacable. ¿Quién escribía las notas que le entregaba Bou, él mismo talvez, en su rol de posible falsificador? ¡Por Dios! De la declaración que debió escribir mi padre, un malvado personaje penitenciario, copió tal cual de sus letras, los rasgos ¨Palmer¨. El ¨mensajero¨ Bou, por varios meses estafó a mi madre, le robó vorazmente y sin escrúpulos. ¡Solo Dios sabe a cuantas madres, hijas, novias y esposas, les quebrantó la paz con sus sádicas notas, y con cuáles desalmados repartía su botín, arrancado a los familiares de los presos incomunicados, o quizás ya muertos!



¡Recordarlo y repetirlo es obligatorio! Eugenio Perdomo Ramírez, fue detenido el 25 y estrangulado el 29, aquel tenebroso enero del 1960. ¡Interminable noche de brujas y festival sangriento; fecha en la que también fueron asesinados y descuartizados los cuerpos jóvenes de los Panfleteros de Santiago!, organización independiente, que entre otras actividades confeccionaba y distribuía volantes contra Trujillo y su régimen dictatorial; además de las pintadas CT (Contra Trujillo), que se veían tanto en las paredes del Liceo, centro estudiantil donde cursábamos el Bachillerato, como en el Estadio Cibao. ¡Por su coraje y acciones llenas de valentía, nuestro respeto y reconocimiento eterno, a Los Panfleteros de Santiago!



No alcanzo a comprender cómo mi mamá podía manejarse ante la situación emocional que atravesaba. Trasladarse semanalmente a la cárcel sin que le permitieran visitar a su marido. La sentía regresar de La Victoria, con el alma destrozada y las manos vacías; como ave fénix levantar el vuelo, la frente, la mirada hacia delante, como dardo rasgador de sus silencios; ¡altiva y retadora! No dejaba en libertad el oleaje de emociones que pudiera combatirla. Por encima de sus incógnitas o desconsuelos, sembraba nuevas esperanzas para su próximo viaje, confiada en ver y conversar con su amado compañero. ¡Siempre lista a distribuir los compromisos para el próximo sorteo! Jamás la vi caer o desplomarse. ¡Dios Santo! ¿De qué material estaba hecha esta mujer, luchadora infatigable?



Mientras mis hermanos, mis tías-abuelas y yo esperábamos impacientes su regreso, para escuchar las buenas noticias que pudiera traernos, esa semana, una cualquiera de nuestro especial calendario, la esperaba contenta, inquieta; me apremiaba comentarle una novedad que confiaba le alegraría, con la que se reducirían sus gastos y aliviaría la pesada carga de sus hombros.



Estudiaba el segundo y último curso en la academia ¨Santiago¨ - donde me graduaría de Secretaria- dirigida por el señor José Ordeix, quien me pidió, aquel día tan especial, pasar a su despacho para comunicarme que: ¨dadas mis buenas calificaciones, la Academia había decidido otorgarme una beca hasta finalizar el año, ¨premio¨ que no debía divulgar a mis compañeras, solamente a mi madre¨. ¡Dios mío, y este milagro! Me zarandearon las emociones y la alegría por lo que económicamente esta acción representaba, pero cuán triste y humillada me sentía. ¡Tan solo mi padre, excelente proveedor, atendía nuestras necesidades! No estaba acostumbrada a recibir obsequios sin justificación alguna. Ahora, en su ausencia, algunas personas, oculta y discretamente, nos brindaban apoyo. Resultaba muy arriesgado ayudarnos públicamente, pues en plena dictadura, el hecho de pertenecer a una familia anti-trujillista, actualmente equivaldría a la afrenta social de estar involucrados en el negocio de narcóticos o estupefacientes.



¡No reaccionaba ante esta sorpresa! Mis calificaciones no resultaban excelentes; de igual modo, el estado anímico no me permitía una buena actitud hacia los estudios, tampoco a otros intereses propios del entorno donde me desenvolvía. En aquel entonces, de búsquedas y esperas interminables, tener alguna noticia de mi papá, mí siempre amigo, ayudante de mis tareas de estudiante y guía en el mágico universo de los libros, era lo único importante. Pero, definitivamente, esta noticia agradaría a mi madre.



Siempre quise conocer la verdadera razón de esta beca. El profesor Antonio Cuello, propietario de la referida academia, padre de José Israel -luchador anti-trujillista, tenaz, de convicción invariable-, nombró Director a don José Ordeix, ciudadano español, por su basta experiencia en el campo de la educación, quien laboró en la Secretaría de Educación, ocupando la posición de Inspector de Escuelas Privadas. Atisbando detrás del velo de este enigma, podría sospecharse que en “acuerdo de aposento¨, los señores Cuello y Ordeix, así lo decidieran. Colaboración discreta y arriesgada, burlando los perjuicios que pudieran ocasionarles los inconvenientes de la época.



Sin sospecharlo, ¡parecería que nuevos rayos de bonanza llegaban a nuestro hogar! Como regalo del cielo, además de los beneficios de la beca, mi Tío Villa, amigo del entonces Director de Telecomunicaciones, logró mi nombramiento para trabajar en la Dirección de Santiago, acción que debía esperar me fuera notificada por telegrama o llamada telefónica.



Días posteriores, el timbre del teléfono obliga atender la llamada. Una voz desconocida se identifica, quiere hablar conmigo para comunicarme: ¨usted ha sido nombrada Operadora de 4ta. Clase, con salario de 90 pesos mensuales, para trabajar en esta Dependencia, efectivo a partir de la fecha en que tome posesión de su cargo¨. ¡Vaya noticia! A trabajar en el segundo piso del edificio de Correos. Me presenté al despacho del Director, acompañada de mi mamá; luego de las presentaciones de lugar, cómodamente sentadas, alegres, relajadas, el 16 de marzo de 1962, decapitado el régimen, tomé posesión de mi cargo. Esta designación, un tanto especial, cuyo texto aun recuerdo, decía lo siguiente: ¨Nombrada en San Cristóbal, para prestar servicios en las oficinas de la ciudad de Santiago de los Caballeros¨. Cuando se quiere, se puede, es cuanto pensé. La gestión familiar había resultado exitosa; el sueldo a devengar me pareció buena suma para engrosarle a mi madre sus bolsillos.



Además de mi corta edad, ¡no había cumplido los 20 años!, yo era la única mujer en esa Dirección. Gran expectativa reinó entre los que serían mis futuros compañeros de trabajo, quienes me brindaron buen trato y gran apoyo. Aquel día, mientras charlábamos, de manera pícara y muy jocosa me comentaron: ¨ venías de San Cristóbal y esperábamos una fémina con las características de otros grupos étnicos que habitan en aquella región ¨. ¡¡Cómo nos reímos!! De ellos conservo divertidas anécdotas al igual que difíciles situaciones vividas.



A veces, desde la radio, nos enterábamos de una que otra detención. Al escuchar los datos del posible prisionero, permanecíamos inquietos, apenados y muy bien calladitos, ¡debíamos cuidar de nuestros cuellos! Algunas tardes, a fin de soltar tensiones, nos asomábamos al balcón situado en la parte trasera del edificio, para contemplar las puestas de sol que madre natura nos regalaba, tal vez para mitigar nuestras congojas. El espacio celeste mostraba un espectáculo majestuoso y sobrecogedor; se vestía con un despliegue de colores y formas infinitas, hermosas, difíciles de olvidar. ¡Cuánto disfrutaba aquellos atardeceres de la región cibaeña!



Las jornadas rotativas del trabajo, en esta Dependencia Estatal, entorpecerían mi horario de estudios en la Academia. Con ello surgía un grave inconveniente. Consideré urgente hablar con el director y explicarle esta problemática. Para mi sorpresa y muy lejos de cuanto sospechara, expuesta la situación, me permitieron asistir a clases un día por la mañana y al siguiente en horas de la tarde. Una jornada incómoda que debía manejar. Ante la posibilidad de ayudar a mi madre, y socorrida de la mano omnipresente y misericordiosa que nunca nos abandonó, ¡no surgirían barreras que no pudiera saltar!



Sobre estas vivencias, reflexioné un noche cualquiera. El paso del tiempo me mostró clara e indudablemente que para el señor Ordeix, callado, distante y solidario, sin jamás nominarnos en sus listas, siempre resultamos agraciados. Agradezco por igual a Don José y al Prof. Cuello por aquella noble y arriesgada complicidad. Por concederme la beca y ayudar a mi madre con aquel horario tan singular, ¡Gracias!



Recordando nuestras calamidades, el legado especial como enseñanza es que la solidaridad puede expresarse con gestos, sin el recurso de las palabras, con acciones que demuestran los sentimientos nobles de la humanidad!



giannellaperdomo@hotmail.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.