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sábado, 17 de septiembre de 2011

Santiagueros también hicieron la Guerra de Abril

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Santiagueros también hicieron la Guerra de Abril
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Domingo, 28 de Junio de 2009

Los motivos que me impulsan a escribir esta dilatación de tiempo y espacio son para destacar la significativa participación del Santiago y los santiagueros en lo que fue la gesta histórica del 24 de abril de 1965, luego convertida en guerra patria a partir del 28 de ese mismo mes cuando tropas de los que serían 42 mil marines, apoyados por una entelequia llamada OEA y el entonces presidente de Estados Unidos, Lyndon B. Jonson, osaron pisotear el suelo patrio.

Recrear en esta fecha memorable la participación de hombres y mujeres del pueblo de Santiago en las batallas escenificadas en las calles y callejones del Santo Domingo ese abril heroico y los meses subsiguientes hasta el 3 de septiembre, resulta para mí de valor inconmensurable en mi condición de santiaguero de pura cepa y, además, como militante revolucionario de buena y larga data.

Recuerdo cuando el 24 de abril, pasadas las 2:00 de la tarde escuché la voz vibrante del doctor José Francisco Peña Gómez anunciar a todo el pueblo que un grupo de militares honestos se había levantado con el propósito de deponer el gobierno de facto presidido por el triunviro Donald Reid Cabral, para restablecer el gobierno constitucional del primer ensayo democrático de República Dominicana presidido por Juan Bosch.

Atrapado por la emoción y la alegría, ya llevaba alrededor de 2 años enrolado como militante del P.S.P me lancé de mi casa en la Pedro M. Hungría 65, a las calles y al llegar a la esquina Restauración observé una multitud enardecida que con cantos de victorias se dirigía al centro de la ciudad. Llegamos al parque Duarte en cuyo frente estaba ubicado el local del PRD. y un grupo de jóvenes decidimos tomar la emisora recién fundada por el periodista y comentarista Rafael Rivas Jerez, Radio 1, la cual se encontraba frente al mismo parque, justamente en los altos del Restaurant Antillas, donde fuimos detenidos y conducidos al Cuartel General, durante la noche, debido al gran cúmulo de detenidos por el toque de queda decretado fuimos trasladados a la Fortaleza San Luis, pero al día siguiente, en vista de la desorientación que primada en las filas del ejercito salimos libertados encontrándonos con un Santiago plenamente en la calle, ocupado toda la parte alta de la ciudad.

Todo estaba colmado de un pueblo ansioso por luchar, exigiendo armas para reinstaurar el gobierno del profesor Bosch. Las calles San Luis, El Sol, 30 de Marzo y sus alrededores eran un hormiguero de hombres, mujeres y, hasta niños.

Fue emocionante cuando vimos al doctor Alfredo Conde, dirigente del Partido Socialista Popular, arengar a las masas desde la galería de la Academia Santa Teresita; recuerdo que dijo que debíamos apretarnos las correas ya que no podíamos abandonar las calles para irnos a comer hasta que se lograra la entrega de las armas por los militares. Así lo hicimos.

El lunes 26 llegó desde Santo Domingo Ramón Antonio Veras (Negro), se subió en la capota de una guagua ubicada en la calle San Luis y narró de forma espeluznante el genocidio que estaban cometiendo los militares de San Isidro, ametrallando y bombardeando la ciudad.

Las horas transcurrían, el pueblo no cedía en sus exigencias de armas. Ese día 26 de abril fuimos durante la noche a la Av. Hermanas Mirabal al lado del colmado de don Moisés Luna a esperar los restos de la segunda víctima, mártir de Santiago, el joven abogado Manolo Alvarez (Manolito) diputado del PRD que acudió al llamado de su partido a ocupar su puesto de congresistas constitucional; ya había caído en combates el santiaguero Ledesma Colón.

Los restos de Manolito llegaron aproximadamente a las 9 de la noche en medio de una oscuridad tenebrosa y con intenso patrullaje. El 27, un pueblo henchido de rabia contenida dio sepultura a Manolito Álvarez.

Continuamos en la calle luego del entierro del joven y talentoso abogado. Algo que nos llenó (a mi particularmente), de gozo y orgullo fue participar de un hecho de amor por su pueblo y muestra de dignidad y de coraje:

El compañero David Onelio Espaillat Campo, nos preparó en columnas de fingidos combatientes, nos hizo buscar palos de escobas y empalizadas y nos los terció en los hombros a manera de fusiles conduciéndonos a paso doble, entonando un estribillo que decía: "Subiendo a la loma y nadie se cansa/por eso subimos/siempre felices. Así era ese titán de lealtad y sacrificio, un ejemplo de entereza y coraje fue ye s Onelio un hijo de Santiago.

Una modalidad propia del ingenioso pueblo lo fue la llamada Radio Bembe. Las noticias corrían de boda en boca.... La Revolución estaba ganada, los relatos convertían en leyenda las hazañas de los hombres ranas y su comandante Monte Arache, el arrojo desafiante de Caamaño, la agresividad y decisión de Pichirilo, las proezas de los hombres y mujeres cuyo único nombre era el valor, en medio de todo la llegada del dolor y la tristeza cuando supimos que había caído en combate el más insigne representante de la dignidad, la honestidad y el decoro militar; Rafael Tomás Fernández Domínguez.

Para terminar, en cuanto a mi empecé a sentir la falta de los amigos. Todos o casi todos se fueron a combatir; pero un día yo también me fui y encontré a los amigos en el combate: a Víctor Francisco Cabrera (Nine la Pólvora), manejando un jeep con una ametralladora 30 montada, a Rolando Rodríguez y su hermano Heriberto, cada uno con su respectivo fusil Mausel, a Chiqui Flores, a Horacito Martínez, al sub-comandante René Fernández Almonte, luego periodista de tiempo completo; Gerardo Marmolejos, Juan Persia, Alfredo Conde, Marquito, Franklin Veras y un etc. bien largo para una cantidad enorme de combatientes constitucionalistas de Santiago, de esta hidalga de los 30 Caballeros, sin dejar de resaltar esa luchadora incansable que fuera la gran Altagracia (Piky) Lora (La Pikitina), ejemplo del valor y entereza de la mujer dominicana.

Hoy a pesar del arrojo y coraje de los que enfrentaron la ignominia del verdugo y lavaron con su sangre la traición de los malos dominicanos, nos asalta el recuerdo de una revolución truncada, interrumpidas las ansias e ilusiones de un país, recordando a don Pedro Mir, "colocados en el mismo trayecto del sol y de las guerras"... truncadas, si, sus esperanzas de justicia y libertad, por una horda de 42 mil soldados enviados por el imperio más salvaje y criminal de la humanidad.



Fuente: José A. López/El Nacional
11 Abril 2009

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