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sábado, 20 de noviembre de 2010

¡Rubén, soflama de luz ardida, amigo mío!

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¡Rubén, soflama de luz ardida, amigo mío!



Tony Raful
A nadie admiró más Rubén que a su hermano Vinicio, literalmente sentía por él una veneración afectuosa, por su conducta y su ejemplo de decoro. Vinicio Echavarría, ingeniero civil de profesión, fue uno de los dirigentes principales del Movimiento 14 de Junio, sufrió cárceles y torturas bajo el trujillato, estuvo vinculado desde la Universidad a los grupos de la Juventud Democrática y del Partido Socialista Popular.
Cuando el tirano fue ajusticiado, Vinicio se constituyó en uno de los tres principales dirigentes de la Agrupación Política 14 de Junio, y en esa condición, acompañó a Manolo Tavárez en la proyección de un liderazgo consistente y aglutinador de la juventud revolucionaria, tomó notas para los discursos del líder y estuvo junto a Manolo y el ingeniero Leandro Guzmán, en aquella visita a la Organización de Estados Americanos, con la finalidad de que la OEA no levantara las sanciones impuestas al país como consecuencia de la participación de Trujillo en el atentado al Presidente Rómulo Betanc ourt de Venezuela.
Fue el autor de las letras del himno del 14 de junio. Vinicio era hombre de una pasta humana especial, con gran capacidad política y una sólida cultura general, no estuvo de acuerdo con la tendencia insurreccional, no porque tuviera diferencias en torno a los objetivos estratégicos de la lucha por lo que se denominaba entonces como “Revolución de Liberación Nacional”, sino porque juzgaba que un alzamiento militar del 14 de Junio sería un fracaso y determinaría el sacrifico del líder de la organización, descabezando el movimiento de izquierda por tiempo indefinido.
Vinicio planteaba que solamente a través de la lucha de masas, el 14 de Junio podía y debía crear las condiciones para el desplazamiento de los golpistas septembrinos. Sus puntos de vistas no fueron valorados y se retiró de las actividades políticas partidarias, dedicándose entonces a producir un interesante programa diario de radio junto al abogado y periodista Guido Gil, que denunciaba los atropellos y desmanes del Triunvirato. Tanto Vinicio, como sus hermanos Rubén y Mairení, participaron activamente en los comandos constitucionalistas de la guerra de abril de 1965. Vinicio entró en un aislamiento moral después de la revolución, vivió hasta su muerte en uno de los barrios más pobres de la parte alta de la ciudad, en soledad escogida, dedicándose a dar clases de matemáticas a jóvenes humildes. Nadie imaginaba quién era aquel hombre taciturno, casi santo, que había escogido la pobreza para vivir dignamente.
Cuando trabajaba en la investigación de mi libro sobre el Movimiento 14 de Junio, le pedí a Rubén que me llevara donde Vinicio. No puedo olvidar aquella tarde que conversé con Vinicio sobre la historia dominicana.
Cuando me despedí de él le pregunté, por qué no se integraba de nuevo a la lucha política, ya que entendía que todavía podía aportar mucho a adecentar al país y luchar por sus ideales. Me dijo que había perdido la fe en el proceso, en los seres humanos y en la sociedad.
Me estremecí pero entendí que Vinicio estaba lleno de pureza y transparencia, su evidente depresión era en todo caso, una depresión ética. El día que murió nadie identificó su cadáver por varios días, en aquella pobreza material sombría que había elegido como destino.
Rubén era un anacoreta sublime.
Actor formidable de la escuela de arte escénico de Bellas Artes, escritor brillante dominaba la metáfora y la buena escritura, fue cuentista laureado, fue publicista, pero sobre todo, fue un ser humano íntegro y honesto hasta la médula de sus huesos. Estuvo en las cárceles trujillistas y fue memorable, aquella tarde anochecida del día 14 de junio de 1962, cuando en el acto de celebración del tercer aniversario de la gesta de Constanza, Maimón y Estero Hondo, al presentar al público, a Manolo Tavárez, empezó a llover, y la multitud a dispersarse, lo que lo llevó, elevando su voz de artista, a repetir aquella frase de Bolívar en una memorable ocasión, cuando la tierra tembló en Caracas y muchos combatientes vacilaron: “Aunque la naturaleza se oponga, venceremos”.
Rubén era casi un asceta, un hombre que no necesitó del mercado para vivir y vivió extrañamente feliz, cubriendo sus necesidades con los valores espirituales, culturales y humanos que atesoraba.
Dirigió la extensión cultural y especialmente el Teatro en la Universidad Católica Madre y Maestra, en Santiago, a principio de los años 70, vinculándose a los sectores populares y llevando obras de denuncia y contenido social. Nunca lo vi preocupado por las cosas que enloquecen y desbordan la vida social. Conversar con Rubén era una apuesta de rigor, de alegría, de amor. Lo conocí bien, diría que perfectamente bien. No participó de ninguna actividad política partidaria pero nunca fue ajeno a las luchas y al porvenir democrático del país.
En una de nuestras últimas conversaciones, me dijo que había visto a mi hija Faride en un programa de televisión, que lo había impresionado el conjunto de propuestas y programa de compromiso social, y que votaría por ella, que iría a votar solamente por ella, que él era del 14 de junio histórico, y que no creía en ninguno de los partidos políticos. Hace apenas un mes hablamos por espacio de casi dos horas, me relató algunas experiencias vividas y me leyó algunos cuentos de un libro que preparaba. Ahora que ha muerto, siento su pérdida como la de un ángel terrestre que vivió defendiendo su porción de libertad y de amor por su país, sin pedir nunca, jamás, remuneración, ni pagos ni privilegios, dando una lección de vida que es ofrenda de honor y dignidad de la especie humana.

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