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sábado, 24 de julio de 2010

El cincuentenario de la gesta de la raza inmortal

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HISTORIA
El cincuentenario de la gesta de la raza inmortal
EL GRUPO DE COMBATIENTES LEGÓ UN EJEMPLO A NUESTRO PAÍS QUE NO PODRÁ SER BORRADO


*

José Miguel Soto Jiménez
Santo Domingo

Si tan sólo hubiese sido cruzar el breve espacio entre dos islas, tararear entre dientes una canción, mientras se aterriza en la pista aquella entre montañas.

Cantar emocionados el Himno Nacional, silbar un “Guantanamera” fugaz para sacarle el cuerpo al monótono roncar de los motores.

Si la “jodienda” fuera aferrarse con ganas a la mochila y al fusil, abrazarlos como a una novia gorda, sujetarlos entre las piernas, acomodar los sueños apretujados en el morral, mientras se espera con resuellos largos el aproche final y luego el golpe ese que supone seguridad terrenal, comienzo inevitable de jornadas guerrilleras.

Ajustarse la gorra, atrincherando la “mirada indefinible” de los héroes. Recostarle la rabia y la ilusión al compañero. Arreglarse la boina, existir y persistir apeñuscados en el instante sin fin de la estrecha cabina memorable, con el “quisqueyanos valientes alcemos” en la encogida sonrisa rastrillada, sujetando los caballos desbocados de la mente, controlando latidos insurrectos, a medida que el vuelo avanza entre cielos tropicales y crepúsculos atascados en las recámaras del alma. Cada uno imaginándose su Trujillo virtual, personal, plural, grupal, brutal, grotesco; descojonado, abofeteado y suplicante, un caudillo que huye con bicornio desplumado.

Y piensas entonces sin remedio en el viejo y la vieja, en el hermano pequeño, la muchacha, el tío soñador o la abuela apoyadora, la esposa primorosa, la amiga, la amante y los muchachos.

El último acorde de guitarra, el bandoneón, el abrazo, el beso, el pellizco insinuante, el guiño picarón, el adiós, la despedida. La broma de los camaradas, el café recurrente, el cigarrillo sin filtro consumiéndose entre los dedos de la ira, la ceniza de ayer en el tazón que resume el olvido.

El soñarse orgullosos dando libertad, repartirla entre consignas suprimiendo desmanes, cortando para siempre los abusos.

Bajar iluminados de la loma con las tablas de la ley, irrumpir barbados en las ciudades oprimidas, derribar las estatuas del tirano, renombrar las calles, ajusticiar a los sicarios, figurarse la victoria total al doblar de la esquina, mientras la patria abajo, vista desde el C- 46, pasa veloz entre fogones y enramadas.

La nave que parece suspendida en la incertidumbre banal del horizonte, el campo verde entre mosaicos de parcelas llamándolos con el vocerío de las galleras. El ronquido ensordecedor del bimotor que avanza entre las nubes, su silueta de pájaro grande proyectándose en lascumbres más altas a despecho del sol.

Si tan sólo fuera mantener la ansiedad a soga corta, percibir los músculos contraídos, refrenar la emoción, el frío estomacal que antecede la gesta, el ánimo tenso esperando el estrellón y el carretear veloz sobre la pista para saltar a tiempo, para que el aparato pueda de nuevo despegar y escapar cómplice de la heroicidad impostergable.

La mecánica consulta colectiva al reloj de pulsera para atrapar entre suspiros la tremenda hora de la verdad. La hora suprema del combate.

La hora del ejemplo. La inconsulta y penúltima hora del dictador.

El humo de los hornos para hacer el carbón quemando la esperanza, sobre la geografía de la ilusión en todo el territorio. La angustia del grupo que lo atisba desde arriba, mientras el adiós lejano de los anafes lo saluda con la tristeza del hambre que le da la bienvenida.

Si tan sólo fuera bajarse raudo del avión con las siglas de la AMD para el engaño, comenzar de inmediato a remontar la montaña dura del ejemplo, respirar de sopetón los olores sutiles del valle inverosímil.

Presentir entre sofocos la conjura rural de las tisanas, el fantasma del jengibre en el ambiente del primer anochecer entre pinares. Descansar la esperanza del último “repecho” conjurado a “cojones”, entre respiros sofocantes.

Excretar el sudor de la jornada que comienza, auscultar, una vez más, el eco de los disparos que la guardia le hace al aeroplano cimarrón que se pierde lento entre el cerco de la enhiesta cordillera.

Si tan sólo fuera bregar con las madrugadas brumosas de los picos de Constanza.

Celebrar un día más de permanencia con un suspiro interminable. Desperezando la inquietud, con el pellejo cabal de la templanza.

Archivar con el sueño intermitente, un otro día de la constancia. Echar de refilón una “pavita” custodiada.

Sacarse el frío de los huesos descifrando trillos camineros, distancias imprecisas.

Bregar con campesinos “culebros” que enderezan los ganchos con la maña. Navegar entre la niebla de los Mañanguises con la guardia atrás. Bordear pesarosos el valle del Tireo entre las nubes bajas. Esquivar “guajacas” tenebrosas, domando los duros caminos de la sierra.

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