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miércoles, 22 de septiembre de 2010

Aquel 22 de Septiembre


http://www.almomento.net:80/news/135/ARTICLE/69353/2010-09-20.html













Mon, 20 Sep 2010 08:48:00


Aquel 22 de Septiembre
Por ElSA PEñA NADAL*

La autora es periodista. Reside en Santo Domingo



Cuando sentí el ruido del carro en la marquesina, me alegré y a la vez me extrañé: Homero no estaba supuesto a regresar a la casa, ya que había partido al atardecer y esa noche se quedaría a dormir, en la que pronto seria nuestro nuevo hogar.
Lo esperé en la puerta, y antes de que la cruzara lo abracé muy fuerte, y sentí una sensación y un sentimiento increíbles de describir, y note que hasta él lo percibió. Siempre me he preguntado si ya en ese momento, mi espíritu o mi alma, ¡qué se yo!, sabía lo que se nos avecinaba y por eso atesoraba cada minuto a su lado.
Aún abrazados me dijo, con tono preocupado, refiriéndose al lugar donde nos mudaríamos, que ese sitio era muy solitario y peligroso, sobretodo por las noches, porque ahí había pocos vecinos y muy alejados y si nos rodeaban nadie se enteraría; que había que desistir de la mudanza a ese sitio.
Acordamos que el día siguiente, él se quedaría con la niña donde una pariente suya que quería conocerla, y yo llevaría a la imprenta los originales de un folleto que Homero había terminado de escribir. Luego, cambiaría por otro el vehiculo alquilado en que nos desplazábamos, y después del almuerzo donde su prima, regresaríamos a nuestra casa, ubicada en un paraje a la altura del kilómetro 12, de la entonces nueva carretera Duarte.
El ritual de Homero con su hijita comenzaba a las cinco de la mañana: le daba un primer biberón, la colocaba en su cochecito y la sacaba al patio; allí, le echaba maíz a las gallinas ajenas para ver a la bebita riendo alborozada, tratando de alcanzarlas desde su sillita. Mientras, él leía, aprovechando el fresco y la quietud de la mañana.
Un día, les armé tremendo alboroto, pues al salir al patio vi que él y la niña, ubicados a distancias diferentes, probaban su puntería lanzando huevos de gallina contra una pared que, chorreante, parecía una alucinante pintura de Salvador Dalí.
Homero se justificó diciéndome, rojo por la risa, que eso era algo que siempre quiso hacer de niño y que nuestra hija lo estaba disfrutando mucho. Y así debió ser, pues cuando traté de interrumpir el jueguito que ya había costado mas de diez huevos, la beba se puso a llorar ruidosamente.
A las nueve de la mañana del miércoles 22 de septiembre, del año 1971, Keskea, nuestra hijita, después de bañada, vestida y desayunada, se quedo dormida. Homero no quiso despertarla, así que le desabotono el vestidito por la espalda y la dejo en su cuna. Cambiamos los planes de la visita a su prima, y esa fue la última vez que vio a su hija que apenas contaba con nueve meses de edad.
Íbamos de Sur a Norte por la avenida Lope de Vega y doblamos a la derecha en la antigua avenida San Cristóbal. Casi frente a la Escuela de Artes y Oficios, noté el repentino silencio de Homero; miré a mí alrededor, y me di cuenta de que estábamos prácticamente rodeados por vehículos de todo tipo, con militares de civil y uniforme, fuertemente armados.
Había hombres apostados detrás de árboles, rejas y marquesinas. Miré hacia el frente y le dije a Homero las últimas palabras que escucharía de mí: ¡dobla allá adelante, a la derecha!; tratando de que escapáramos por la esquina de la avenida Tiradentes, donde estaba en construcción el local del Partido Reformista.
Pero en ese mismo momento, Homero frenó de golpe y nos chocaron por detrás y por el frente, hacia el lado de mi asiento. Tras apretar con su mano mi rodilla, abrió la puerta y salió del auto, diciéndome: ¡No salgas, que te matan!
Con dificultad salí por mi puerta bloqueada, mientras escuchaba ráfagas de fusiles y ametralladoras, y corrí por detrás del auto buscando a Homero, pero ya estaba tirado en el suelo, boca abajo; y vi su espalda agujereada.
Me abalancé en su dirección, gritándole histérica a los policías: ¡asesinos, lo mataron, estaba desarmado, asesinos! Pero no pude tocarlo; me detuvieron con un par de culatazos en las piernas y sujetaron mis brazos a mi espalda. Yo seguía tratando de llegar a su lado, gritando y forcejeando por soltarme.
Y entonces, a medio metro de su cuerpo exánime, se paró un militar -- todavía los otros disparaban al aire como locos--, estiró su brazo derecho, tomó puntería con una pistola “cuarenta y cinco” y disparó el “tiro de gracia” a la cabeza de Homero, al tiempo que decía, con voz fuerte y autoritaria: “Llévenselo!
En ese momento ya mis piernas no me sostenían y gritaba con más fuerza, hincada en el suelo, mientras el policía, agachado también, me sujetaba fuertemente. Entre dos, levantaron su cuerpo, y al voltearlo, vi sus ojos abiertos y sin vida. No comprendí cómo pudieron tirarlo y taparlo en el baúl de ese viejo carro azul, y partir raudos de allí, dejando uno de sus mocasines en el suelo.
Mis ojos captaron el horror y la impotencia reflejados en los rostros de los lugareños y transeúntes que, inmóviles, presenciaron la rápida secuencia de ese crimen.
Mientras me arrastraban hacia nuestro carro, yo miraba atónita a mí alrededor: a los obreros de la construcción del local del partido oficialista, inmóviles frente al block o la varilla; a la friturera, tenedor en mano; al paletero pálido y azorado; a profesores y estudiantes de la escuela de artesanía, como clavados frente a los balcones. Todos me parecían aterradas figuras de piedra. Fueron segundos en los que el mundo se detuvo ante mi.
Solo parecía tener vida, la enorme mancha roja que lentamente se deslizaba hacia la cuneta.
Ya en nuestro auto, percibí un fuerte olor a ron. Me sentaron en medio del sargento que disparó a Homero a la cabeza y del otro que me golpeó en las piernas, conduciéndome en acelerada carrera hacia el Palacio de la Policía, cruzando semáforos en rojo, con la mano pegada a la bocina, y evadiendo con fuertes virajes, los obstáculos que encontraban en el trayecto.
Con mis brazos ya libres, abrazaba mi cabeza que balanceaba sobre mis piernas; ya no gritaba pero repetía con obstinación, una y otra vez, entre sollozos: “¡Oh, Dios mío, qué cobardes, qué asesinos; solo borrachos y entre tantos pudieron matarlo; malditos cobardes! ¿Por qué no lo apresaron si él salio desarmado para que ustedes no me mataran a mi también?”. Nada me respondían; nada les importaba; era como si yo no estuviera ahí con ellos.
Entramos al palacio de la Policía por la parte trasera, aumentando el revuelo y la expectativa que ya había. Pero antes de desmontarme me sequé el rostro a manotazos, no quería darles el gusto de que me vieran llorando.
Cuando era conducida hacia adentro del edificio, tomada por un brazo, el oficial volteó la cabeza y gritó: ¡Registren ese carro!, y se sorprendió cuando también volteé para decir, con igual fuerza en la voz: “! Debajo del asiento del chofer hay una pistola Luger; no hay nada más en ese auto; estos asesinos acaban de matar a sangre fría a un hombre desarmado que andaba acompañado solamente de su esposa”.
(Durante mucho tiempo me reproché por no haber tenido el valor de aprovechar ese momento de confusión, mientras me conducían detenida, para tomar esa arma y dispararles a ambos, pero Dios estuvo allí conmigo y no lo permitió).

******
En el cuartito donde estuve detenida esa mañana, escuché cómo, en la oficina contigua, redactaban y recomponían en una maquinilla, una y otra vez, las declaraciones que del hecho darían a la prensa.
Un policía muy jovencito, con un fusil entre sus dos manos y parado muy firme, como un soldadito, vigilaba la única puerta. Miraba de reojo cómo yo daba vueltas y vueltas recorriendo el pequeño espacio; parándome a observar un cuadro de la Virgen de la Altagracia y otro de Joaquín Balaguer. No me contestaba cuando le decía, como divariando: “Ay mi hijo, salte de aquí (de la Policía); tu eres un muchacho bueno, te convertirán en criminal, mira cómo mataron a mi esposo; son asesinos, delincuentes; el primero es Pérez y Pérez…”. El pobre muchacho estaba visiblemente nervioso.
Ya en la tarde me pasaron a otra dependencia, atravesando el patio; y allí, por rutina tal vez, dos policías, también muy jovencitos, me hicieron la prueba de la parafina. Los chicos me dijeron con mucha profesionalidad, antes de ponerme la cera derretida sobre las manos, que la misma estaba un poco caliente pero que no me quemaría. Y yo recuerdo haber pensado que a mi ya nada que me hicieran, podía dañarme mas.
Y al caer la tarde, parado en un extremo del patio policial, “Macorís”, ex miembro del 1J4, jefe de la “banda colora”, y hoy, ingeniero Pérez Martínez, voceaba a todo pulmón,-- muy emocionado y tal vez hasta muy bebido, con visible interés de que yo y todo el mundo les escucháramos,-- algo como esto:
--!Elsita, Elsa Peña, yo no tuve nada que ver con la muerte de Homerito; yo te lo garantizo; es mas , yo te lo juro por mi madre; por lo mas sagrado que yo no tuve nada que ver con eso; tu sabes que yo quería mucho a Homero Hernández”!
Uno de los dos policías, quienes también me tomaron una foto, al ver que Macorís seguía vociferando y repitiendo, una y otra vez lo mismo, y que yo no parecía estar ni escuchándole, me preguntó tímidamente: “Usted no es Elsa Peña; usted esta oyendo lo que le están diciendo; usted no lo conoce?”. Y yo levante la vista y le conteste, con otra pregunta: “Y tu crees que a mi me importa nada de lo que él esta diciendo?; déjalo que se desgañite, saber eso no le devolverá la vida a mi compañero”.
Finalmente, me llevaron a la que sería mi celda por cuatro días; una habitación con un baño adentro, ubicada en uno de los pisos altos del cuartel policial. Casi al amanecer me quedé dormida y pocas horas después, desperté sobresaltada con la fanfarria con que cada mañana, anunciaban la llegada del jefe policial.
Me asome a la ventana y vi cruzar a Peres y Pérez con su comitiva. Volví a tener conciencia de mi dura realidad y empecé a insultarlo y a maldecirlo a gritos, diciéndole que debían soltarme pues tenia derecho a asistir al entierro. Y oí que alguien, mirando hacia arriba, le dijo a sus espaldas: “Esa es la viuda de Homero Hernández”, y fue en ese momento que tome conciencia de mi nuevo estado civil.
Antes de que pudiera darme cuenta, ya habían abierto la puerta y entró, como un torbellino a la habitación, el coronel Mariñez y me despegó de la ventana con tal fuerza que fui a tropezar con la boca en el borde del lavamos, recordándome con voz frenética que cuando me trajeron a este cuarto, a mi se me había advertido que no debía abrir ni asomarme a esa ventana.
Antes de salir, debió ver mi boca sangrante pues poco rato después, subieron a curarme. Dos de mis dientes superiores frontales se quebraron, dejándome un hueco en forma de V invertida. El medico se fue y su acompañante volvió a ponerme un suero y posiblemente un sedante pues me dormí durante casi todo el día, con una bolsa de hielo sobre la boca.
No respetaron los plazos legales para mantenerme en prisión, ni hicieron caso a los abogados de mi familia pero ese día, jueves al atardecer, me llevaron de nuevo a las instalaciones de la planta baja y me dejaron ver y hablar, a través de una ventana, con el abogado, mi madre y dos hermanitas, las que llegaron llorosas y vestidas de luto, trayéndome alimentos y algunas prendas personales. Tras casi cuarenta y ocho horas, recordé que la gente bebe agua y se alimenta; algo que no solo había olvidado yo, también mis carceleros.
Les escribí, en un pedazo de papel que aún conservo, unas instrucciones relativas al cuidado de la niña y le decía a mi padre, a quien la noticia le afectó su dolencia cardíaca: “Papá, ya todo pasó, estoy bien, cuídese mucho que mi hija y yo les necesitamos ahora mas que nunca.” Y forcé una sonrisa para despedir a mi familia.
A partir de esa noche empezaron a suplirme alimentos; me traían en bandeja la comida “del club de oficiales”, tal como me informaron para que me la comiera, pero solo me apetecía consumir los líquidos; hasta pensaron que hacia huelga de hambre y temían por mi precaria salud, ante la fuerte presión que estaban recibiendo. Una de mis hermanas, que noto mis labios hinchados y mis dietes rotos, hizo llegar esa información a Radio Mil y se aventuraba que tal vez yo había resultado herida en el trágico suceso.

******
El domingo al medio día, fui puesta en libertad; me entregaron a mis padres en presencia de muchos periodistas que nos siguieron hasta mi casa materna. (Mi hogar ya no existía; mi madre había hecho una mudanza apresurada por temor a que los paleros arrasaran con todo. El doctor Luis Ibarra Ríos la ayudo a desmontar nuestra biblioteca y me guardó todos los libros; cuando pude ir por ellos, ofrecí regalarle el que eligiera y se lo dediqué).
Al llegar, cargue a mi niñita y la abracé y besé mucho, y ni la presencia de extraños pudo evitar que volviera a llorar. Nos sentamos en la sala donde tomaron mi versión de los hechos. Por las preguntas que me hacían los periodistas, me enteré de las mentiras que había vertido la Policía en sus declaraciones.
Dijo que íbamos fuertemente armados, y presentaron varias armas largas y cortas y otros pertrechos militares, que según ellos, encontraron en el pequeño Volkswagen y con las cuales atracaríamos el Hipódromo Perla Antillana; siendo los mismos periodistas quienes les recordaron que ese día estaba cerrado pues no abría los miércoles.
Ellos sabían que nadie les creería, pero tampoco les importaba. Hasta se les ocurrió decir que se enteraron de que al que habían matado era Homero Hernández, cuando yo me identifiqué como su esposa; además, que yo había herido de bala, en una rodilla a un policía, al que nunca presentaron.
Quince días después, Balaguer, como era su costumbre, movió fichas en su tablero: destituyo al general Pérez y Pérez de la jefatura policial, y puso en el cargo al también general Neit Nivar Seijas, quien, lo primero que hizo, pese a la supuesta malquerencia entre ambos, fue ascender de rango a José María Arias Sánchez, (el del tiro de gracia); así como también, a otros militares envueltos en el caso.
Ese mismo señor Arias Sánchez, que tenía un prontuario de muertes y abusos, se vio envuelto pocos meses después, en el asesinato del periodista Gregorio García Castro. Fue ascendiendo de rango, hasta que pasados los años, y durante el gobierno de don Antonio Guzmán Fernández, fue puesto en retiro. Formo entonces, con ex policías, una banda de sicarios a sueldo, que cometían asesinatos por encargo de narcotraficantes que operaban, principalmente, en los Estados Unidos. Descubierto, juzgado y encarcelado, murió un año después, en la cárcel de La Victoria.
La antigua calle San Cristóbal, donde cayó Héctor Homero Hernández, a las nueve y cuarenta minutos de aquella mañana, lleva hace varios años su nombre, y exhibe una tarja que describe todas las jornadas de lucha patrióticas, en las cuales participó, desde los catorce hasta los veintiocho años; emulando el ejemplo y honrando así la memoria de su padre y de su abuelo, dos patriotas y profesionales honorables, recordados también con sus nombres en calles y hospitales de la región Este del país.
En este 39 aniversario de aquel 22 de septiembre, puedo decir, por la gracia de Dios, que disfruto de la paz que me otorga una conciencia tranquila; por haber podido perdonar y ser perdonada; y sobretodo, por la satisfacción de ver en nuestros hijos, la preservación de los valores que heredamos de los que nos precedieron.
Aún así, ¡caramba!, quisiéramos que muchos de los “afortunados beneficiarios” del sistema político democrático, a cuya apertura contribuyeron con su noble sacrificio tantos jóvenes valiosos e idealistas de este país, los recordaran con algo mas que palabras, y comenzaran a hacer realidad algunos de los puntos más elementales, urgentes y prioritarios de la agenda reivindicativa que ellos enarbolaron.
Así, sus familiares, amigos y compañeros sobrevivientes, tendríamos una respuesta mínimamente aceptable que dar, ante el invariable y reiterativo cuestionamiento de la gente de nuestro pueblo, cuando nos dice: ¿“Y usted, cree que todo eso valió la pena”?
Elsapenanada@hotmail.com

Notas:
1-Este articulo, con el mismo titulo y sin las ligeras correcciones ni algunos párrafos que les he agregado en esta ocasión, fue publicado en 1981 en El Nuevo Diario, en el décimo aniversario de la partida de H.H.H. Recientemente, pude recuperarlo por la gentileza y cortesía de mi entrañable amigo y colega Juan Bolívar Díaz, ex director-fundador de ese periódico.

2- Este año, como siempre hago, fui al lugar donde esta la tarja en honor a Homero y vi que los dueños del país se robaron la placa de bronce para fundirla y exportar el metal. Le pondremos otra, aunque sea de plástico.

3- Al ing. Pérez Martínez, nunca lo he acusado de haber participado en la muerte de Homero porque no tengo ninguna prueba de ello. A todas las personas que menciono, relacionadas negativamente a este suceso, aún con vida, o fallecidas, las he perdonado desde lo más profundo de mi corazón, con la ayuda de Cristo y poniéndolo a El como testigo. Si vuelvo sobre el tema es para que no haya olvido y evitar así que estos hechos se repitan. (e,p.n)

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