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domingo, 30 de mayo de 2010

La Iglesia le dio fuerzas a la población

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UNA MIRADA A LA TIRANÍA
La Iglesia le dio fuerzas a la población
LOS CURAS NO PERMITÍAN QUE TRUJILLO DIERA DISCURSOS EN TEMPLOS



Santo Domingo

La Iglesia Católica fue el otro pulso que Rafael Leonidas Trujillo no pudo tumbar. Al pueblo siempre lo mantuvo abajo, en la sumisión de sus órdenes, y a todo aquél que se atrevía a pensar en derrocarlo lo mandaba a una solitaria a encontrarse con el dolor de la carne torturada o con la desesperación de la muerte.

Aquella frase famosa que habría dicho a principios de noviembre de 1960 de que solo le quedaba por vencer la Iglesia y las hermanas Mirabal, lo comprometieron ante un pueblo que aunque callado, juzgaba sus actuaciones y hoy, igual que los familiares de “Las Mariposas”, no acepta la versión de que “no fue el tirano quien las mandó a matar, sino la gente que lo quería matar a él”.

La Iglesia jugó un papel preponderante en la época de Trujillo, pues agarrada de Dios y de la fe en que algún día las cosas cambiarían, muchos sacerdotes se atrevieron a repudiar sus actuaciones sangrientas, prohibiéndole que pronunciara discursos en los templos sagrados, a donde la gente acudía en busca de la paz que no tenía.

La Iglesia hizo oficial su posición a través de la Carta Pastoral del 25 de enero de 1960, donde le dijo claramente la verdad a Trujillo
Nicolás de Js.. López Rodríguez, Arzobispo Metropolitano de Sto. Dgo.

El Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, quien para aquella época era seminarista y formaba parte de una familia sacudida por el régimen –era sobrino nieto de Juancito Rodríguez- recuerda que desde el mismo inicio de los años 30, cuando Trujillo asciende al poder, la Iglesia veía mal sus actuaciones porque violaban los derechos humanos.

También cita a los seminaristas que eran compañeros suyos en el Seminario Santo Tomás de Aquino, que igual que todos los jóvenes de su generación evaluaban como abusos las obligaciones que el gobernante imponía bajo el terror y sin más explicación que la propia glorificación de un presidente.

Dentro de la violación a los derechos humanos estaba la prohibición de pensar o actuar en contra del “Jefe”, así como entender que tenía derecho a espiar todas las conversaciones, disparando espías o calieses, como eran conocidos los chivatos, para que les dijeran quiénes no simpatizaban con su régimen dictatorial.

“En los años 30 y 40 ¡fue fuerte!. Hay que ver lo que él pretendía de la Iglesia y la firme oposición de las autoridades católicas de entonces de servir a la complicidad y resignación de los dominicanos”, comentó al equipo de LISTÍN DIARIO que realiza esta serie sobre la Era de Trujillo y los testimonios de los sobrevivientes.

De acuerdo con lo que su memoria le permite recordar, el padre Rafael Castellanos Martínez, puertoplateño, fue uno de los hombres más fieles a la Iglesia, a pesar de los escarceos, principalmente en la Catedral, cuando se produjo en la capilla de Los Inmortales la inhumación de los restos de Francisco Peynado, y este sacerdote no permitió que aplaudieran a Trujillo. Era el 23 de febrero de 1933.

El aplauso a Trujillo
Peynado había sido el autor del plan de desocupación de las fuerzas de Estados Unidos y en el acto, presidido por el administrador apostólico, Trujillo quiso decir unas palabras y se paró y la gente al terminar aplaudió y Castellanos, vicario foráneo de Puerto Plata desde 1907, los mandó a callar diciendo: “Aquí no se aplaude a ningún hombre”.

También está monseñor Eliseo Pérez Sánchez –“que me perdonen otros que no cite porque fueron muchos los que aportaron”- que fue vicario general de la Arquidiócesis y que fue una figura eminente frente a Trujillo.

Igual mérito –dice- tiene Lino Zanini, el Nuncio de su Santidad que venía y venía desde la Santa Sede con una posición sobre cómo manejar la situación aquí.

Otro hecho coincidente con la llegada del Nuncio fue el nombramiento del padre jesuita Miguel Larrucea, como superior de los Jesuitas de las Antillas.

En ese momento prohibió a los alumnos del politécnico Loyola de San Cristóbal, asistir a un desfile en honor a Trujillo y eso lógicamente molestó a Trujillo, lo que se sumó a la tardanza del Nuncio, que llegó después del 24 de octubre, día en que se celebraría la fi esta San Rafael y Trujillo lo esperaba para su cumpleaños.

Punto crítico
La relación con la Iglesia fue armoniosa desde la fi rma del Concordato con la Santa Sede en el año 1954.

El relato del Cardenal da cuenta de que Trujillo tenía interés en que el país tuviera este acuerdo apostólico, ya que Haití lo tenía, fue el primer país de América en suscribirlo, siglo XIX, y en ese momento habían 40 naciones que lo habían fi rmado también.

Trujillo quería que la República Dominicana suscribiera en el Concordato para tener el aval de “hombre de la Iglesia Católica”, pero su forma de gobernar era totalmente contraria a los principios de este acuerdo, que entre otras cosas procuraba: “La Santa Sede Apostólica y la República Dominicana, animadas del deseo de asegurar una fecunda colaboración para el mayor bien de la vida religiosa y civil de la Nación Dominicana, han determinado estipular un Concordato que constituya la norma que ha de regular las recíprocas relaciones de las Altas Partes contratantes, en conformidad con la Ley de Dios y la tradición católica de la República Dominicana”, dice el Concordato.

Pero no fue sino cinco años después, ya en el 1959, cuando viene la invasión de Constanza, Maimón y Estero Hondo que las relaciones se comienzan a complicar.

Varios sacerdotes fueron perseguidos y molestados, otros encarcelados, como el padre Daniel Cruz, en Moca, que fue sacado del país y mandado a estudiar fuera y aquí lo tenían en la cárcel por defender la dignidad del hombre.

Pérdida de un seminarista
Hubo otros sacerdotes que tuvieron posición muy digna, menciona el Cardenal López Rodríguez, como un seminarista de La Romana, llamado Papilín, que fue muerto en la cárcel de La Vega, posiblemente asfixiado, ya que según le cuenta su papá, quien estuvo preso en una ocasión, lo pusieron en una solitaria y Papilín sacaba la cabeza desesperado, para tomar un poco de aire por una pequeña rendija que había dejado.

Dos obispos que cita el Cardenal como fi rmes opositores al régimen dictatorial fueron monseñor Francisco Panal, en La Vega, y Thomas O’Reilly, en San Juan de la Maguana. Panal era seminarista capuchino y cuando lo nombraron obispo le mandó a decir a su familia, en Andalucía, sur de España, que ellos no tenían a nadie ni nada aquí.

La primera misa
“Monseñor Panal fue siempre un hombre franciscano radical, de pobreza extrema, que vivió en el arzobispado de La Vega en un cuarto modesto porque su estilo de vida era levantarse a las 2:00 de la mañana a orar y a las 4:30 ofi ciar la primera misa de la mañana, la que siempre estaba concurrida.

Cuando Trujillo empezó a visitar las catedrales y llegó a la de La Vega, Monseñor Panal le advirtió que en esa casa religiosa no se puede hablar ni tomar y hasta lo hizo arrodillarse ante el altar, como a todos los demás.

Lo que molestó sobremanera a Trujillo fue cuando el obispo, como un auténtico pastor, dijo en la homilía que en los barrios de La Vega había mucha gente sin comer; o sea que había una situación muy dura y eso encolerizó al “Jefe”, que no permitía que la organización internacional Cáritas trajera al país alimentos paran los pobres.

El padre Luis Federico Henríquez, azuano, tuvo también un confl icto con Trujillo en los años 30 porque cuando propusieron cambiarle el nombre a la ciudad de Santo Domingo por la de la Ciudad Trujillo, él que era diputado en el Congreso Nacional, se opuso tajantemente, tras considerarlo un atropello más a la población.

Por esas palabras Trujillo mandó a quemar su casa, la que no llegaron a quemar, pero le lanzaron piedras a las ventanas y rompieron los cristales. Solo quemaron parte de la escalera de madera.

El padre Henríquez, que fue quien casó a los padres del Cardenal, dijo cuando el Gobierno le mandó un grupo de prostitutas a bailar dentro de la Iglesia: “que siga a misa y el que suba aquí lo mando al cementerio”.

(+)
VALENTÍA DE CURAS ATROPELLADOS EN LA ERA

Sobre el padre O’ Reilly, que era de Boston, comenta el Cardenal que los guardias le dieron un culatazo porque era muy amigo de los dominicanos que se quejaban de la era de Trujillo, y las monjas, que lo querían mucho, sacaron unos perros que tenían para defenderlo de la agresión militar.

Otra postura digna en nombre de la Iglesia la tuvo monseñor Juan Féliz Pepén Solimán, obispo de la Diócesis de Nuestra Sra. señora de la Altagracia y obispo emérito de Santo Domingo, quien en el 1959 era sicario y mantuvo firmes sus convicciones, igual que monseñor Octavio Beras.

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