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lunes, 3 de mayo de 2010

Abril… en primera persona Escrito por: FERNANDO CASADO Parte I

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24 Abril 2010, 6:41
TESTIMONIO
Abril… en primera persona
Escrito por: FERNANDO CASADO

Las plantas de transmisión y antenas fueron bombardeadas. Eventualmente silenciadas. Simultáneamente es ametrallado y estremecido el Palacio Radio-Televisor desde el aire. Las tropas norteamericanas establecieron puntos estratégicos de ubicación al oeste e inician un rápido desplazamiento nocturno con apertura del “Cordón” y así conexionar con San Isidro, partiendo en dos la ciudad y acorralando nuestras tropas en la parte baja.

Esto provoca una primera estampida. El edificio de RSDTV fue abandonado y los locutores oficiales buscaron ocultarse y protegerse. Este mutis desconcertante no debía prolongarse; es lo que llevó a Franklin Domínguez y al grupo “Recurrente” a aquel callejón suicida del María Auxiliadora. Los locutores de RSDTV escapan y no reaparecen en escena hasta que disminuye la crisis y la lucha resurge en el Edificio Copello, en los estudios de la legendaria HIZ en el interior de la Zona Constitucionalista.

Uno de aquellos colaboradores iniciales no tuvo la suerte suficiente y fue capturado. Su nombre queda flotando entre los mártires de aquella Radio de Abril. Estuvo solo unos días con nosotros en las transmisiones fogosas y desafiantes del inicio: Pablo Rossó Pérez. Amarrado a una soga maldita a la cola de un jeep, fue arrastrado sin misericordia y brutalmente despedazado hasta la muerte.

El vacío no se produjo, el “Grupo Recurrente” de que hablo más arriba, aquellos que desafiaron los riesgos junto a Domínguez en la voladura de las plantas de HIZ y luego en aquel sanitario ratonero, siempre estuvo activo, siempre presente, siempre los mismos nombres. Ignorantes del movimiento de Domínguez, habíamos extendido a lo largo del patio de RSDTV los cables de la Emisora de Frecuencia Modulada y los habíamos llevado hasta la pared contigua a la vieja residencia de Petan Trujillo, remontando la pared hacia una marquesina en una casa de dos plantas, cuyo frente da a la 30 de Marzo; hogar del compañero Lora Medrano. Manolo Quiroz y su hermano el “Pollito” posibilitaron el complicado ensamblaje. El instante no aparece recogido en ninguno de los libros que analizan la Guerra de Abril en los archivos norteamericanos.

Transmitíamos desde un tosco sanitario situado al fondo del zaguán, a la izquierda, visto desde la “30 de Marzo”, con un pequeño transmisor portátil, teniendo como asiento, el desgarbado inodoro. Una mañana Milán Lora recibió llamada de advertencia inminente del G2: los americanos, con sus localizadores, se estaban acercando. Aquello era “tierra de nadie”, sin protección. Tumbamos la trasmisión y sentados en el piso del segundo nivel, esperamos, sin tensiones, el destino. Los americanos estuvieron, sin imaginarlo, apenas a 20 pasos de donde estábamos. Se detuvieron justamente en la esquina, frente a la vieja casa de Petan Trujillo y luego retrocedieron.

La Radio Constitucionalista nunca pudo ser sacada del aire, no obstante la destructiva obsesión de la CIA y su agresividad patológica a muerte por silenciarnos. Hay una continuidad coincidente, lúcida, terca y efectiva, que dejó desconcertado al enemigo; de ahí sus obsesivos argumentos de que nuestra Radio era controlada por la metodología comunista. Nada más lejos de la verdad. Allí estábamos: Ercilio Veloz Burgos, Plinio Vargas Matos, Rafael Moya Valdez (Moyita), Fabio Valenzuela, Luis Acosta Tejeda, Franklin Domínguez, Lora Medrano, y un señor mayor de apellido Milán Lora. Como es notorio, algunos de los nombres corresponden a los escapados milagrosamente en la explosión de la planta del María Auxiliadora.

Las Izquierdas parecen haber tenido, brevemente, un trasmisor en el aire en aquellos inicios, simultáneo con las transmisiones de RSDTV. Según Fiume Gómez, fue facilitado por Euclides Gutiérrez Félix. De hecho recibí en algún momento, una llamada de Miñín Soto, pidiéndome que me integrara a aquel grupo, insisto, ya cuando transmitíamos desde RSDTV y teniendo los americanos en las narices. Recuerdo sus palabras:

--“Fernando ven pa`ca, Piki está aquí con nosotros”--. Respondí: --“¿Están locos? sálganse del aire, ustedes van a justificar lo que están diciendo los americanos”--.

Las historias brutales que desbordaron un rastro de sangre en aquella “Operación Limpieza”, se fueron acentuando en la Zona Norte y nos vimos forzados a cruzar el “cordón” cuando se instala en El Conde la Radio Constitucionalista, en los estudios de HIZ del edificio Copello. Manolo Quiroz asegura que, antes de ello, al parecer un primer propósito, llegaron a colocarse unos transmisores en el Hotel Presidente, frente al parque Independencia, citando el nombre de Rafael Sánchez entre los técnicos; sin embargo, no hay referencias de que desde allí se realizaran transmisiones en ningún momento.

La segunda estampida ocurre antes del 14 y 15 de junio. Era ya un secreto a voces que en cualquier momento los norteamericanos intentarían barrernos. El ataque a la Zona por las tropas de los EE.UU rompe violento desde el área que abarca la planta del Timbeque y delata con ello su verdadero propósito. El general Palmer, en su libro, manoseando una excusa, trata de atribuir a “provocaciones” nuestras la reacción norteamericana.

Los nombres que aparecen en la voladura de las plantas de HIZ, que luego reaparecen transmitiendo desde aquel sanitario heroico, son los mismos “Recurrentes” que están en pie el 14 y 15 de junio en el Copello; el resto de aquellos locutores oficiales de RSDTV, escapó de la zona. Algunos nombres se suman y asumen el instante de aquel infierno: Mario Báez Asunción y Martha Janes, norteamericana, versátil artista, quien en aquel riesgoso momento, sin ninguna prudencia ni recato, exhibía meses avanzados de gestación.

Días antes del ataque, el Maestro Solano me había llamado por teléfono para advertirme lúgubremente. Horacio Pichardo, quien se movía en aquellos ambientes de frivolidades y contemporizaciones al margen de la guerra, le había confiado que pudo escuchar el comentario sobre la inminencia del ataque, en una de las fiestas en el Country Club:

--“Fernando, van a entrar, sal de ahí, tu no compones nada; me lo dijo Horacio”--. Le respondo, sin aspavientos: --“Fello, yo estoy aquí por principios, no por más nada. Nosotros no vamos a poder con los americanos, pero nos vamos a llevar a muchos de ellos por delante”--.

Las verdaderas razones que explican el despiadado ataque, se argumentan desde mucho antes. Previo al 14 de junio, recibí una llamada de Luis Acosta Tejeda:

--“Fernando, Caamaño quiere hablar contigo. Te espero mañana a las nueve en la emisora”--. Le contesto: --“¿qué pasa?”--. Sin alterarse me responde cortante: --“A las nueve, en la emisora”-- y me cuelga.

Antes de las 9, estoy en el Copello. Próximo a la hora, Luis se aproxima discreto y escuetamente, casi en secreto, susurra: --“Vamos”--. Le sigo, algo desconcertado. Daba por sentado que la entrevista sería en el Copello, donde Caamaño tenía oficinas. Bajamos ala calle El Conde y tomamos la primera cuadra hacia el norte de la Sánchez. A media cuadra, a nuestra derecha, subiendo hacia las Mercedes, nos detuvimos y subimos sin prisa unos escalones hacia un segundo piso. La puerta estaba abierta, es obvio que nos aguardaban. Sin cuidar ningún protocolo, Luis se mueve prudentemente a mi derecha y quedo al centro de la escena. Frente a mi está Caamaño. Su camisa militar, como siempre, empapada en sudor; su rostro heroico; su figura compacta y recia, iluminando el centro de aquel Estado Mayor en fila y pendientes de mí. Desde “Vejé” hasta “Chivú”. Armas en mano, todos de pie, en un frente sin huecos, que abarca el espacio a lo ancho de aquel improvisado escenario. No hay saludos ni pérdidas de tiempo. Percibo la urgencia de la información. No hay preámbulos.

Caamaño me mira a los ojos. Solo un instante. Le escucho. Es presumible que, independiente de una adulta carrera artística, habría sido informado, exhaustiva y nutridamente, sobre mis antecedentes profesionales: empleado de The Bank of Nova Scotia durante 10 largos años, habiendo renunciado al mismo siendo todo un glamoroso Pro-Manager apenas hacía dos años. Va directo:

“--¿Casado, qué usted cree de permitir abrir las cajas de seguridad de los bancos a los clientes para que puedan retirar sus propiedades?--”.

Respondo tranquilo, midiendo la dimensión comprometida de cada palabra:

“—Bueno… el dinero que manejan los cajeros es determinado por el nivel de operaciones diarias; el excedente que se acumula por los depósitos se guarda en las bóvedas y periódicamente son depositados en el Banco Central. Nunca hay una acumulación exagerada de efectivo. Ahora, la verdadera riqueza esta en esas Cajas de Seguridad: Títulos de propiedades, Hipotecas, Contratos de préstamos y de todo tipo, Papeles de Depósitos a Plazo Fijo, Dólares, Oro, Joyas, Acciones de Empresas, inversiones y Negocios, Papeles de Valores e Inversiones aquí o en el extranjero, Garantías de Préstamos, etc. etc. Sería astronómico calcular el valor en efectivo de toda esa riqueza--”. Hago un breve silencio y concluyo: “--Podría ser una imprudencia permitirlo--”.

Caamaño da la impresión de no haber perdido una sola de mis palabras. No bien había pronunciado la última frase, con respetuosa autoridad de rango de quien maneja una discreta Operación Militar, dijo: --“Gracias”--. Di media vuelta, baje los escalones sin premura y regresé hacia mi “trinchera”, sin esperar siquiera por Luis Acosta Tejeda. Continuaré la próxima semana.

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