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lunes, 31 de mayo de 2010

¿Mataba o no mujeres Trujillo?



¿Mataba o no mujeres Trujillo?


Las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, heroínas de la libertad que cayeron víctimas del trujillato.


Por Aquiles Julián
12 de May 2010 12:00 AM
Las personas se incriminan por lo que dicen, por lo que no dicen y por cómo dicen lo que dicen. Toda expresión puede y debe evaluarse en sus mensajes literal, implícito e inferencial, para tener una comprensión integral de lo comunicado.




Dicho lo anterior, veamos cómo queda explícito el carácter criminal de Trujillo y su régimen por la anécdota que relata el señor Luis José Domínguez.

Al exponer que el “general Echavarría” (infiero que se refiere al general Pedro Rafael Ramón Rodríguez Echavarría, mismo que autorizó el ataque a la Base Aérea de San Isidro que forzó la salida apresurada de la familia Trujillo y algunos de sus cercanos colaboradores del país en noviembre del 1961), al enterarse de la muerte de las hermanas Mirabal exclamó: “¡Eso no fue el Jefe…! ¡El Jefe no mata mujeres!”

¿Por qué tendría el general Rodríguez Echavarría que decir esa expresión? ¡Porque sabía el carácter criminal del régimen al que servía!: Era un régimen que mataba, era un régimen criminal, que asesinaba a los ciudadanos que se oponían al mismo o, en ocasiones, como el para aquella época alto funcionario de la tiranía y posteriormente presidente constitucional de la República, doctor Joaquín Balaguer expresó en La palabra encadenada, simplemente para infundir terror.

Así que al señor Domínguez, que ha intentado una desquiciada cruzada en defensa de la tiranía, amplificando la fábula difamatoria que su esposa, la hija favorita del tirano escribió en su libelo Trujillo, mi padre le pasa como a Chacumbele: él mismo se mató argumentalmente. Admite implícitamente que el régimen de su suegro era una dictadura criminal, sólo que “no mataba mujeres”. Ahora bien, ¿era eso verdad?

Pensar con eficiencia es una disciplina que se aprende, no una facultad humana innata; tenemos el potencial de pensar, pero el pensar hay que estudiarlo, al igual que tenemos el potencial de aprender un idioma, pero hay que tomarse el tiempo y el esfuerzo de estudiarlo y practicarlo hasta dominarlo.

Si no aprendemos a pensar, entonces desarrollaremos un pensamiento espontáneo, silvestre, ineficiente, empírico y, por ende, defectuoso. Establezco lo anterior porque toda expresión, incluyendo el silencio que es una manera de comunicación, si la pensamos, nos aportará una riqueza de información de gran valor.

Dicho lo anterior, pensemos. ¿Por qué el general Rodríguez Echavarría haría una exclamación semejante? ¡Y pública, es decir expresamente para que otros, sus subalternos, la escucharan y la informaran! ¿Qué motivos tendría para aquel aparente exabrupto? Veamos el contexto: La Era de Trujillo fueron 31 años en que el chisme predominaba (todavía es así en nuestro país: carreras militares se echan a perder por chismes; de ahí que a los agentes de seguridad se les denomine en la jerga militar dominicana “picochatos”, una manera de llamarles “chismosos”), y se vivía en un intento de degradar, comprometer, rebajar, incriminar, inculpar, levantar sospechas al otro para buscar, mediante su destutanamiento, la oportunidad de ascender, de brillar, de sustituir; todo lo cual era la expresión conductual de la degradación y el rastrerismo al que la dictadura nos condujo: vidas sin decoro, sin honor, sin decencia alguna, de sometimiento, de sumisión, de complicidad, de cobardía; un mundo en que todos estaban obligados, por preservar una existencia rastrera. a enaltecer al criminal, a lisonjear al patán, a honrar al violador, a competir en niveles de abyección con los demás.

Esa es la sociedad que el señor Luis José Domínguez nos pinta como “la más fecunda”. Una sociedad en que los padres llevaban a sus hijas con la esperanza de que el sátiro infame se encaprichara con una de ellas por las ventajas que la familia iba a derivar de que una de sus hijas fuese una “querida” de Trujillo; en que la delación era una obligación y todos se espiaban unos a otros; en que prosternarse, aplaudir, lisonjear y empuercarse de mil y una maneras eran prerrequisitos para subsistir, pues el secuestrador de San Cristóbal era el mandamás, el que ponía y quitaba, el amo y señor de haciendas, vidas y honras.

Como en una sociedad tal, parafascista (el modelo fascista fue introducido por aquel infeliz pico de oro, ambicioso sin escrúpulos y corresponsable de la Era de Trujillo y sus funestas consecuencias: el licenciado Rafael Estrella Ureña, un engreído que se creía predestinado a gobernar el país, borracho de su propia baba, y que en su delirio facilitó la conspiración que terminó por entronizar a Trujillo en el poder), las expresiones se piensan y repiensan, pues un resbalón se paga con la vida, y más en las Fuerzas Armadas de Trujillo, es obvio que el aparente exabrupto del general Rodríguez Echavarría respondió a un interés personal del mismo en hacer oír y dejar saber que él se sumaba al esfuerzo de ocultar el origen y la mecánica del crimen. Una manera de no resultar sospechoso de silencio, de declarar estentóreamente su anuencia y respaldo, de evitar que por descuido otro cualquiera le gane la carrera de prosternación y ponga en peligro su posición jerárquica. Rodríguez Echavarría sabía bien que por menos un funcionario caía en desgracia.

Es un interés egoísta, si se quiere, por poner a buen recaudo el propio cuello, mandando un mensaje de obsecuencia y sumisión al capo di tutti capi tropical que ejercía su latrocinio indisputado. ¿A quién cabía suponer que el general Rodríguez Echavarría podría decir otra cosa? ¿Usted se lo imaginaría diciendo algo como : “Sospecho que el Jefe tiene que ver con este crimen”?

Es claro que la expresión del general Rodríguez Echavarría en nada tiene que ver con el crimen de las Mirabal y sí tiene mucho que ver con él, con mandar un mensaje frente a sus subalternos de encubrimiento, complicidad y obsecuencia, de lealtad en el crimen, en una sociedad que daba signos claros de descomposición.

Ahora bien, ¿mataba o no Trujillo mujeres? ¡Claro que sí! De hecho, la Era de Trujillo comenzó asesinando cruelmente a una embarazada. ¿O no sabía eso el consorte de la hija del Jefe? Claro que lo sabe, claro que el señor José Luis Domínguez es 100% consciente del origen espúreo de aquel malhadado régimen. Supongo que hace fantasías sobre qué hubiese ocurrido si hubiese sido marido de Angelita sin que aquel régimen criminal se hubiese desmantelado. La perspectiva tiene que emocionarlo.

El príncipe consorte de Angelita I. Gracias a los héroes del 30 de Mayo esa perspectiva se inhabilitó para siempre y los dominicanos, con las precariedades, insuficiencias, deficiencias, debilidades e inconsecuencias de nuestra democracia, avanzamos hacia niveles superiores de convivencia pacífica, de madurez democrática, de institucionalidad, pese a que los malos políticos criollos, torpes imitadores muchos de ellos del tirano, han torpeado esa legítima aspiración nacional.

La Era de Trujillo comenzó con un crimen horrendo: el asesinato de una mujer embarazada y su esposo, el escritor Virgilio Martínez Reyna. ¿Mataba o no Trujillo mujeres? ¡Mataba incluso fetos, como el de Altagracia Almánzar de Martínez! Un crimen vicioso, porque Martínez Reyna padecía una enfermedad pulmonar crónica.

Como recomiendo soportar en documentos cualquier afirmación, transcribo un párrafo del elocuente libro de Luis F. Mejía De Lilís a Trujillo, Pág. 315: “Silverio era el jefe de la Fortaleza San Luis en mayo y junio del 1930. Cuando José Estrella solicitó presidiarios expertos para la expedición a San José de las Matas contra los Martínez Reyna, él se negó a entregarlos sin consultar a Trujillo, quien le dijo por el teléfono: “obedezca las órdenes del general Estrella”. Ante lo horrible del crimen, le asaltaron después remordimientos”.

Poeta y líder del horacismo santiaguero, Virgilio Martínez Reyna fue sorprendido por los matones dirigidos por aquel sicópata analfabeto y cerril que fue José Estrella (¿no le tendrán una calle dedicada, como a otros? Es muy posible. Total, ¿no hay dedicadas a Panchito Prats, Osvaldo Bazil, Virgilio Díaz Ordóñez y otros esbirros intelectuales de la Era infame?); lo sorprendieron en su cama y lo mataron a tiros y machetazos. Doña Altagracia Almánzar de Martínez, la esposa, embarazada “quiso escudarlo con su propio cuerpo de las balas de los asesinos; pero ellos no tuvieron compasión ni de su juventud, ni de sus gracias, ni de su heroísmo, ni de la criatura que llevaba en sus entrañas. Quedó tendida con heridas graves junto al cadáver del esposo. Murió al día siguiente después de abortar” (De Lilís a Trujillo, Pág. 246).

Como puede constatar el señor Luis José Domínguez, Trujillo sí mataba mujeres, lo hizo desde el comienzo mismo de sus sangrientos 31 años de crímenes.

¿Sabe su hija, la fiscal federal y abogado, que con ese crimen nefando se inauguró la tiranía de su abuelo? ¿Que esa es la impura sangre que le corre por las venas? ¿Lo saben todos sus hijos, señor Domínguez?

Y para que tenga una idea cabal de qué tipo de régimen fue aquel que usted idealiza y promueve, le cito al ex-funcionario y ex-presidente títere de aquella tiranía nefanda, el doctor Joaquín Balaguer, más autorizado que el señor Domínguez para hablar del régimen porque fue uno de sus parteros, redactó el Manifiesto del “Movimiento Cívico”, estuvo con un mosquetón en la Fortaleza San Luis y desde 1930 fue funcionario ininterrumpido de aquella gravosa tiranía hasta facilitar su desmantelamiento, según el plan de los complotados, en 1961. En la página 92 de sus Memorias de un cortesano de la “Era de Trujillo”, Balaguer, ducho en el uso de las palabras, fue lapidario al referir el crimen de los esposos Martínez Reyna: “Con ese acto inicuo se iniciaba el terrorismo político en la “era de Trujillo”.

Demos otro ejemplo. Pantolín de Castro Beras fue militar, asignado al Cuerpo de Ayudantes Militares del tirano. En sus memorias, Trujillo y mis vivencias, narra en la Pág. 65 el siguiente caso: “…la profesora Graciosa Bobadilla Beras fue espectadora en la Universidad de Columbia del secuestro y anestesiamiento del profesor Galíndez y llena de pánico expresó: ¡Ay! ¿Y qué es lo que le están haciendo a ese pobre hombre?

No podía quedar ningún testigo de este caso y de ello se encargó una prominente Embajadora también oriunda de El Seibo, la que hizo una cordial invitación a una recepción en la sede de las Naciones Unidas, de la que formaba parte, y así con una copa de veneno terminó la existencia de mi infortunada profesora”.

El señor Domínguez podría alegar que las acciones de José Estrella o de Minerva Bernardino no son acciones directamente atribuibles a Trujillo. Pero ¿quién las ordenaba? ¿A quién servían? En Derecho, el empleador es el responsable legal de las conductas de sus empleados durante su tiempo de trabajo. Los que mandan tienen la mayor responsabilidad.

Veamos ahora un testimonio del ex-funcionario y testigo privilegiado de la Era de Trujillo: el ex-presidente Joaquín Balaguer que nos informa que sí, que Trujillo mataba mujeres.

En su libro La palabra encadenada, Pág. 414, narrando la espiral de crímenes desatada por el intento de Trujillo de ocultar la autoría del secuestro de Jesús de Galíndez, hecho real que marcó el inicio de la caída del régimen, informa: “Francisco Martínez Jara, alias El Cojo, quien participó materialmente en el secuestro de Galíndez, fue eliminado junto con éste. Le siguió su amanta Gloria Viera, joven puertorriqueña a quien se le señaló como víctima de un accidente en la carretera entre Santiago y Puerto Plata, en agosto de 1956”.

Nótese la predilección que tenía el trujillismo por los accidentes de tránsito, una manera clara de enviar un mensaje implícito a la sociedad de cuál sería la consecuencia de disentir del régimen. Y nótese igualmente que el asesinato de Gloria Viera, mujer, se efectúa según publicaron en el tramo Santiago-Puerto Plata, mismo en que cuatro años más tarde volverían a matar mujeres, esta vez a las Mirabal, lo que muestra un hábito, una conducta repetitiva. Y es que perro huevero, aunque le quemen el hocico, señor Domínguez.

Estos tres no son los únicos casos, hay otros. No quiero hacer una enumeración exhaustiva porque no es el propósito de este artículo. Lo que buscamos es desmontar otra mentira más del conjunto de embustes puestos a rodar por los trujillistas y, en particular, por el esposo de Angelita Trujillo.

La tiranía sanguinaria de Rafael L. Trujillo, al que sus servidores y cómplices han querido vender como “estadista” y otros falsos méritos (¿cómo puede ser estadista un individuo que nombra a sus hijos siendo niños coroneles y generales, los pone a fusilar prisioneros en San Isidro y obliga a los oficiales de su ejército a rendirles homenaje, y que hacía cambiar las leyes ad-hoc según su propia conveniencia, rasgo que han seguido copiando los presidentes dominicanos que improvisan constituciones según sus necesidades?) , simplemente para encubrir su cobardía, servilismo y obsecuencia frente al déspota; esa tiranía infame inició chorreando sangre de mujer, sangre de enfermo, sangre de nonato, con el asesinato de Virgilio Martínez Reyna, su esposa Altagracia Almánzar de Martínez y el bebé de su embarazo.

Y terminó asesinando mujeres como las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal y el chofer que las transportaba, muertos todos a palos, con máxima crueldad.

Evelio Hernández, militar por entonces, en una carta a Diario Libre “explica que fue testigo de excepción de la orden de ejecutar a las Mirabal por ser parte de la XII Compañía del Ejército Nacional, ubicada en San Cristóbal y donde existía un sistema de radio para la comunicación que recibía las instrucciones y órdenes confidenciales que daban los altos mandos de las Fuerzas Armadas.

Hernández narra que el 25 de noviembre de 1960 se encontraba en la unidad de radio junto al sargento mayor Darío Piña cuando "entre las doce y doce y media (del día) llamaban insistentemente al capitán Alicinio Peña Rivera, quien estaba de puesto en Santiago, y se le preguntó: "Cuántos cocos tiene hoy la mata de cocos de Puerto Plata, y éste contestó: cuatro.

Y la orden que siguió a la respuesta fue un tajante: túmbelos los cuatro”.( http://www.diariolibre.com/noticias_det.php?id=236603)

Sí mataba mujeres, señor Domínguez. Y hombres. Y ancianos. Y familias enteras. Y fetos incluso. Como el mismo Balaguer escribió de Trujillo: “Sus simulaciones eran muchas veces cínicas. Cuando las hermanas Mirabal fueron asesinadas y se hizo pública la especie de que habían perecido en un accidente en la carretera Luperón, Trujillo llamó a su residencia de Fundación al mayor Cándido Torres, encargado en esos momentos de los Servicios de Seguridad. “¿Qué hay de nuevo?”, le preguntó con aire despreocupado.

Cuando el interpelado empezaba a informarle sobre las últimas novedades del departamento a su cargo, Trujillo lo interrumpió para decirle: “¿Y no sabe usted que las hermanas Mirabal han sufrido un accidente y que es posible que ese crimen se achaque al Servicio de Inteligencia, como ocurre cada vez que muere alguien señalado por el rumor público como enemigo del Gobierno? Váyase seguido y adopte las medidas que sean de lugar para que ese acontecimiento casual no se tome como pretexto para un escándalo”.

El Mayor Torres salió de allí confundido. La muerte de las hermanas Mirabal había sido largamente elaborada.” (La palabra encadenada, Págs. 316-317).

Usted puede sentirse ufano y orgulloso de haber servido a aquella dictadura terrorista. Pero no puede torcer, ocultar o cambiar la historia.

Ni suplantarla con una fantasía feérica, inventada por su esposa que ni antes, ni ahora ni nunca ha tenido un contacto en lo más mínimo con la realidad.

Vive en un mundo ilusorio, en una mentira acomodaticia para no asumir la dura verdad de tener que aceptar que fue la hija de un monstruo de indecible maldad, un aberrado, un sicópata de egolatría y carencia de escrúpulos excesivos, que con la complicidad de lacayos, serviles, matones y arribistas se enseñoreó como amo de vidas, haciendas y honras por 31 años en este infausto país nuestro, hasta que en un acto de valor supremo un puñado de sus propios colaboradores nos libró de él la noche del 30 de mayo del 1961.

Usted elige seguir defendiendo lo indefendible. Bien, no espere que los que sentimos náuseas por aquel régimen de abyección y crimen, callemos ante sus mentiras. ¿Reproducirá mis artículos en su website de la Fundación Trujillo? Se lo autorizo.

El autor es escritor. Actualmente edita y dirige cinco colecciones de libros digitales que regala sin costo por la Internet. Para recibirlas, escríbale a librosderegalo@gmail.com

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